Provocarle una risita no tiene precio.
No me importaría tener que hacer la mueca mas extraña en frente de todos
con tal de verlo reír.
Su frente fruncida, como si no entendiera la razón de mi mueca graciosa.
Una sonrisa en la comisura de sus labios.
Eso es todo.
El brillo que cruza sus dientes al abrir los labios
sabe llenar el núcleo de esta descorazonada persona
adicta a el.
El mar azul de sus ojos contiene los peces grises
lo peces que nadan hasta mi estomago y me hacen sentir... rara.
El lo sabe y es travieso. Obliga a sus ojos.
Y sus ojos obligan a los peces a nadar a través de la conexion,
la conexion que emana de mi a el y de el a mi
todo para llegar a mi estomago y hacerme explotar internamente.
Algún día colapsare por tener tantos visitantes grises dentro,
pero no temo, porque se que el lo sabrá y estará ahí...
Aunque sea para cantarme.
13 dic 2012
Sin titulo.
Sunshine son los ojos azules que me encuentro cuando menos lo espero. Sunshine es la delgada comisura que me sonríe si me reconoce. Sunshine es el cabello oscuro que le cubre el rostro, Sunshine es ese rostro. Sunshine es el azul del cielo y de mi Yo interno. Sunshine es la media sonrisa que esboza cuando me ve haciendo gestos sin sentido. Sunshine es la voz suave y grave que me saluda en las mañanas. Es el pensamiento esperanzado, es el abrazo acogedor que necesito. Sunshine es el par de labios que no he probado. Es el anhelo nocturno en mi cabeza.
Sunshine es el abrazo que me hace querer llorar. Es el grupo de sentimientos que jamas creí albergar dentro mio. Es el sonido de los latidos que me hacen dormir. Sunshine es 'el. Sunshine es mi hogar.
Sunshine es el abrazo que me hace querer llorar. Es el grupo de sentimientos que jamas creí albergar dentro mio. Es el sonido de los latidos que me hacen dormir. Sunshine es 'el. Sunshine es mi hogar.
15 ago 2012
Cuídame.
No podía creerlo. Al fin la familia se reunía. Al fin se daban abrazos sinceros, o al menos así es como se veían. ¡Por Dios santo! Esto no podía estar pasando.
Se encontraba observándolos a todos detenidamente desde la ventana, afuera de la enorme casa. Con la ropa sucia de ayer igual de empapada que el cabello castaño, por la fresca lluvia suave que se deslizaba sobre el aire delicado del condado. Con los ojos bien abiertos y un nudo en el estómago, con el ramo de tulipanes que le hubiera dado en su cumpleaños.
-No, no, no.-Intentó convencerse. Miró hacia abajo cerrando los ojos, dejándose empapar aún más. Sus párpados se volvieron a abrir y sostuvo la mirada en sus botas negras llenas del lodo del jardín.
Volvió la vista hacia adentro. Alguien había corrido las cortinas color crema, no tuvo más remedio que hacerse a la idea. Sólo le quedaba entrar y enfrentarlo todo.
Después de soltar un largo suspiro, decidió caminar hacia la entrada y golpear la puerta de la mansión. Una anciana que usaba una mascada en la cabeza, sustituyendo al cabello inexistente, le abrió. Tenía los ojos cansados de tanto llorar. Dicha señora lo estrechó entre sus débiles brazos.
-Lo lamento, abuela-dijo en forma de consuelo.
-No te preocupes, hijo-contestó la anciana soltándolo. Lo dejó caminar delante de ella y cerró la puerta tras él.-Qué bueno que ya estás aquí. ¡Mirate! Estás todo mojado, te va a hacer daño.
-En un momento atiendo eso, abuela-le contestó cortés.
El cuerpo descansaba arriba, en la última habitación del lado izquierdo. Pasó la sala donde los demás se encontraban, subió las escaleras con el ramo de tulipanes apretados en la mano derecha, sin saludar a nadie. Los demás parientes lo ignoraron, como siempre habían hecho.
Otras cuatro personas más seguían estorbando en el pasillo del piso de arriba. Él los esquivó para quedarse petrificado muy erguido en frente de la puerta. Respiró hondo, sintiendo sus pulmones llenarse el aire contaminado de nostalgias falsas.
-Necesito un momento-sentenció llamando la atención de todos los presentes. -...a solas. -Terminó con voz áspera.
Los demás comenzaron a murmurar cosas que para él eran lo de menos y se alejaron para dirigirse escaleras abajo.
Su cabello, que ya le llegaba a las orejas, comenzaba a gotear, al igual que las orillas del suéter y los pantalones que usaba, formando un charco en el sitio donde se quedó estático. Pero no le importó.
Finalmente, giró el pomo de la puerta y entró sigilosamente. La puerta no hizo el chirrido que esperaba, sólo se abrió de manera silenciosa. La habitación irradiaba calma y paz. no había más que el tocador intacto y una cama grande en medio. Dicho mueble tenía encima postrado un cuerpo. Más bien, un cadáver. Las gotas del suéter retumbaron sobre el suelo mientras caminaba hacia la persona fallecida.
Se quedó muy cerca de su rostro.
-Pudiste haberte quedado-susurró con voz solemne. Puso los tulipanes sobre el pecho del cadáver. Mojó su cara.- Te dije que no era bueno...-su voz se quebró sin dejarle terminar. Recobró el aliento y continuó.-No sabes lo mucho que te extrañé el verano pasado. Pude haberme quedado contigo. Pude... pude...-pero las lágrimas que contenía dentro de sí, salieron sin pedirle permiso.
Las dejó salir un rato. Su pecho se agitaba de manera agresiva al sacar todo lo que sentía, sus ojos se cerraban y dejaban todo afuera, mientras que su ceño se fruncía de manera automática a causa de la frustración que le calaba todo el torso. Minutos después, sólo gemía sin siquiera decir algo inteligible.
Y luego todo se detuvo.
-Tendré que quedarme con él,-le dijo al difunto. Fue entonces cuando notó que su saliva se había vuelto ácida. Un espasmo cruzó su estómago y siguió-pero supongo que eso ya lo sabías. Y es obvio que él también lo sabe.
Sorbió por la nariz y decidió recostarse a lado de él, abrazó su torso con cariño, empapando aquél cuerpo inerte. Suspiró de nuevo. La nostalgia salió desde lo más hondo de su pecho y se transformó en palabras que duraron más de una hora.Le contó todo lo que se perdió cuando iba a trabajar, le contó que no quería quedarse solo. A ratos pausaba para mirar a la ventana que cada vez mostraba menos luz.
-Es culpa de él ¿verdad?-le preguntó. Luego imaginó que le respondía "¿El qué?"-Es culpa de él que estés así. Es culpa de tu novio. Él te hizo esto ¿no es cierto?
"No es culpa de nadie", su cabeza volvía a hacerle creer que enserio hablaba con alguien vivo. "Todo va a estar bien", fue lo último que escuchó.
-Él te golpeó. Veo los moretones. No me mientas.
Un largo silencio pasivo reinó la habitación. Puso su oreja izquierda sobre el pecho del cuerpo. Ni señal de una esperanza convertida en pálpito. Ni siquiera escuchaba la respiración de sus pulmones. Ya nada funcionaba físicamente en el muerto. Ya no iba a regresar.
Cerró los ojos, olvidando la tristeza y sonrió al recordar su infancia. Tarareó una canción, pensando que mañana sería un día mejor.
Y se durmió ahí. Junto a su padre fallecido. Junto al hombre que le enseñó lo que pudo, cuando pudo. El hombre que, en su propio cunpleaños, lo dejó atado alado de un hombre (su novio) que realmente no conocía, pero que le repugnaba.
**********************************************
Se encontraba observándolos a todos detenidamente desde la ventana, afuera de la enorme casa. Con la ropa sucia de ayer igual de empapada que el cabello castaño, por la fresca lluvia suave que se deslizaba sobre el aire delicado del condado. Con los ojos bien abiertos y un nudo en el estómago, con el ramo de tulipanes que le hubiera dado en su cumpleaños.
-No, no, no.-Intentó convencerse. Miró hacia abajo cerrando los ojos, dejándose empapar aún más. Sus párpados se volvieron a abrir y sostuvo la mirada en sus botas negras llenas del lodo del jardín.
Volvió la vista hacia adentro. Alguien había corrido las cortinas color crema, no tuvo más remedio que hacerse a la idea. Sólo le quedaba entrar y enfrentarlo todo.
Después de soltar un largo suspiro, decidió caminar hacia la entrada y golpear la puerta de la mansión. Una anciana que usaba una mascada en la cabeza, sustituyendo al cabello inexistente, le abrió. Tenía los ojos cansados de tanto llorar. Dicha señora lo estrechó entre sus débiles brazos.
-Lo lamento, abuela-dijo en forma de consuelo.
-No te preocupes, hijo-contestó la anciana soltándolo. Lo dejó caminar delante de ella y cerró la puerta tras él.-Qué bueno que ya estás aquí. ¡Mirate! Estás todo mojado, te va a hacer daño.
-En un momento atiendo eso, abuela-le contestó cortés.
El cuerpo descansaba arriba, en la última habitación del lado izquierdo. Pasó la sala donde los demás se encontraban, subió las escaleras con el ramo de tulipanes apretados en la mano derecha, sin saludar a nadie. Los demás parientes lo ignoraron, como siempre habían hecho.
Otras cuatro personas más seguían estorbando en el pasillo del piso de arriba. Él los esquivó para quedarse petrificado muy erguido en frente de la puerta. Respiró hondo, sintiendo sus pulmones llenarse el aire contaminado de nostalgias falsas.
-Necesito un momento-sentenció llamando la atención de todos los presentes. -...a solas. -Terminó con voz áspera.
Los demás comenzaron a murmurar cosas que para él eran lo de menos y se alejaron para dirigirse escaleras abajo.
Su cabello, que ya le llegaba a las orejas, comenzaba a gotear, al igual que las orillas del suéter y los pantalones que usaba, formando un charco en el sitio donde se quedó estático. Pero no le importó.
Finalmente, giró el pomo de la puerta y entró sigilosamente. La puerta no hizo el chirrido que esperaba, sólo se abrió de manera silenciosa. La habitación irradiaba calma y paz. no había más que el tocador intacto y una cama grande en medio. Dicho mueble tenía encima postrado un cuerpo. Más bien, un cadáver. Las gotas del suéter retumbaron sobre el suelo mientras caminaba hacia la persona fallecida.
Se quedó muy cerca de su rostro.
-Pudiste haberte quedado-susurró con voz solemne. Puso los tulipanes sobre el pecho del cadáver. Mojó su cara.- Te dije que no era bueno...-su voz se quebró sin dejarle terminar. Recobró el aliento y continuó.-No sabes lo mucho que te extrañé el verano pasado. Pude haberme quedado contigo. Pude... pude...-pero las lágrimas que contenía dentro de sí, salieron sin pedirle permiso.
Las dejó salir un rato. Su pecho se agitaba de manera agresiva al sacar todo lo que sentía, sus ojos se cerraban y dejaban todo afuera, mientras que su ceño se fruncía de manera automática a causa de la frustración que le calaba todo el torso. Minutos después, sólo gemía sin siquiera decir algo inteligible.
Y luego todo se detuvo.
-Tendré que quedarme con él,-le dijo al difunto. Fue entonces cuando notó que su saliva se había vuelto ácida. Un espasmo cruzó su estómago y siguió-pero supongo que eso ya lo sabías. Y es obvio que él también lo sabe.
Sorbió por la nariz y decidió recostarse a lado de él, abrazó su torso con cariño, empapando aquél cuerpo inerte. Suspiró de nuevo. La nostalgia salió desde lo más hondo de su pecho y se transformó en palabras que duraron más de una hora.Le contó todo lo que se perdió cuando iba a trabajar, le contó que no quería quedarse solo. A ratos pausaba para mirar a la ventana que cada vez mostraba menos luz.
-Es culpa de él ¿verdad?-le preguntó. Luego imaginó que le respondía "¿El qué?"-Es culpa de él que estés así. Es culpa de tu novio. Él te hizo esto ¿no es cierto?
"No es culpa de nadie", su cabeza volvía a hacerle creer que enserio hablaba con alguien vivo. "Todo va a estar bien", fue lo último que escuchó.
-Él te golpeó. Veo los moretones. No me mientas.
Un largo silencio pasivo reinó la habitación. Puso su oreja izquierda sobre el pecho del cuerpo. Ni señal de una esperanza convertida en pálpito. Ni siquiera escuchaba la respiración de sus pulmones. Ya nada funcionaba físicamente en el muerto. Ya no iba a regresar.
Cerró los ojos, olvidando la tristeza y sonrió al recordar su infancia. Tarareó una canción, pensando que mañana sería un día mejor.
Y se durmió ahí. Junto a su padre fallecido. Junto al hombre que le enseñó lo que pudo, cuando pudo. El hombre que, en su propio cunpleaños, lo dejó atado alado de un hombre (su novio) que realmente no conocía, pero que le repugnaba.
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"Cae, cae la lluvia"La pluie"-Zaz
en este domingo de diciembre.
A la sombra de los paraguas
los transeúntes se dan prisa, sin esperar..."
3 jul 2012
Somos milagros.
No creía en los milagros. La magia se fue de mi cabeza hace tiempo, dejé de creer en lo divino hace años, simplemente dejé de creer. Comencé a buscarme explicaciones físicas y coherentes ante todo, ni siquiera me atrevía a abrir la mente ante la Biblia o lo que dictaba la iglesia. Y sigo sin hacerlo, no me gusta que me impogan ideas y eso es lo que la sociedad hace, así que automáticamente lo rechazo de inmediato, como si me dieran un jarabe para la tos y yo lo escupiera al suelo.
No creía en los milagros tampoco. Y la verdad, los milagros no tienen que ver solamente con un Dios, o con cuentos del Antiguo testamento o el Nuevo. Sólo no creía en los milagros.
En esos sucesos de los que todos se asombran al ser logrados cuando todos saben que son imposibles siempre.
Pero entonces me puse a pensar; ¿de dónde vengo?
¿DE DONDE VENGO?
Los conocimientos que he adquirido a lo largo de mi vida, me dicen que vengo de una serie de células que se reproducieron durante nueve meses en el vientre de una hembra de mi especie, que dichas células al inicio eran sólo una llamada cigoto, que el cigoto se formó de la fusión entre otra célula antes de él llamado óvulo y un espermatozoide (éste venía el macho de mi especie), que el espermatozoide que le ayudó al óvulo luchó, celularmente, contra otros muchos espermatozoides y que al final éste fue quien obtuvo el reconocimiento de ganador. Pero a mí me gusta reconocerlo como un milagro.
Un milagro porque, de alguna manera, ¿cuáles eran las probabilidades de que aquella célula con un flagelo al final ganara? Porque aquella célula mocroscópica contenía parte de mi ADN, o sea de lo que soy el día de hoy. ¿Y si aquella célula hubiera perdido la batalla y otra con otro tipo de ADN ganaba? ¿Y si todos perdían y yo no era concebida como lo que soy? ¿Y se se concebía otro ser y yo no existía?
Aunque esto me ha tomado poco tiempo de escribir, siendo honesta, me tomó más tiempo reflexionarlo; soy un milagro. Y no porque un Dios en un paraíso que nadie vivo ha visto hubiera querido, fue simple magia, simple biología.
Así que antes de querer quitarnos la vida a mitad de camino (o antes), pensemos que somos el procesos arduo de cientos de células trabajando, que somos el milagro del que nuestros padres están orgullosos. Somos milagros porque, a pesar de las ideas tristes que tenemos de nosotros mismos, logramos salir adelante sin siquiera poseer un cerebro.
No creía en los milagros tampoco. Y la verdad, los milagros no tienen que ver solamente con un Dios, o con cuentos del Antiguo testamento o el Nuevo. Sólo no creía en los milagros.
En esos sucesos de los que todos se asombran al ser logrados cuando todos saben que son imposibles siempre.
Pero entonces me puse a pensar; ¿de dónde vengo?
¿DE DONDE VENGO?
Los conocimientos que he adquirido a lo largo de mi vida, me dicen que vengo de una serie de células que se reproducieron durante nueve meses en el vientre de una hembra de mi especie, que dichas células al inicio eran sólo una llamada cigoto, que el cigoto se formó de la fusión entre otra célula antes de él llamado óvulo y un espermatozoide (éste venía el macho de mi especie), que el espermatozoide que le ayudó al óvulo luchó, celularmente, contra otros muchos espermatozoides y que al final éste fue quien obtuvo el reconocimiento de ganador. Pero a mí me gusta reconocerlo como un milagro.
Un milagro porque, de alguna manera, ¿cuáles eran las probabilidades de que aquella célula con un flagelo al final ganara? Porque aquella célula mocroscópica contenía parte de mi ADN, o sea de lo que soy el día de hoy. ¿Y si aquella célula hubiera perdido la batalla y otra con otro tipo de ADN ganaba? ¿Y si todos perdían y yo no era concebida como lo que soy? ¿Y se se concebía otro ser y yo no existía?
Aunque esto me ha tomado poco tiempo de escribir, siendo honesta, me tomó más tiempo reflexionarlo; soy un milagro. Y no porque un Dios en un paraíso que nadie vivo ha visto hubiera querido, fue simple magia, simple biología.
Así que antes de querer quitarnos la vida a mitad de camino (o antes), pensemos que somos el procesos arduo de cientos de células trabajando, que somos el milagro del que nuestros padres están orgullosos. Somos milagros porque, a pesar de las ideas tristes que tenemos de nosotros mismos, logramos salir adelante sin siquiera poseer un cerebro.
2 jul 2012
...
Los sonidos de la noche me acompañan, no es un día especial, o quizá sí. Depende de cómo me sienta conmigo misma, siempre depende de ello.
Las ojeras en el espejo del baño me revelan el mal estado al que he sentenciado a mi cuerpo las últimas semanas, pero las pesadillas no me dejan descansar, no es culpa mía, o quizá sí.
Enjuago mi cara con agua fría del lavabo y vuelvo a mirarme al espejo, me veo mejor que hace unos segundos. La incertidumbre sobre lo que pasará mañana llena mi mente de pensamientos inútiles y complejos. No entiendo al mundo, me repito y cierro los ojos.
Ahí parada, inmóvil en medio del cuarto de baño me encuentro imaginando que no asesino a nadie, que el monstruo que crea mi mente es sólo imaginación acumulada. Que mi energía para luchar contra mí misma algún día regresará.
Pero los días pasan y el café ya no me sabe bien, las sandalias no saben ser usadas por mis pies y estos se dedican a vagar por la casa descalzos.
No importa que todo se desmorone, no importa ya que me haya convertido en algo que no era, no importa la pestilencia en el baúl de la racámara, ni la ropa sucia regada en el suelo desde la sala al cuarto de baño, tampoco importa que haya usado el arma, o que me sangre el labio, o que lleguen cartas de un extraño que quiso asesinarme. No importa nada. Tampoco importa si me duermo temprano o si lo que estoy diciendo es verdadero, no importa si esto es el recuerdo de un recuerdo.
No importa que mis demonios me persigan cuando menos lo necesito, o que sus ojos me miren fijamente con desconcierto, o que sus amables labios hayan dejado de besarme para fruncirse duramente, no importa.
Las ojeras en el espejo del baño me revelan el mal estado al que he sentenciado a mi cuerpo las últimas semanas, pero las pesadillas no me dejan descansar, no es culpa mía, o quizá sí.
Enjuago mi cara con agua fría del lavabo y vuelvo a mirarme al espejo, me veo mejor que hace unos segundos. La incertidumbre sobre lo que pasará mañana llena mi mente de pensamientos inútiles y complejos. No entiendo al mundo, me repito y cierro los ojos.
Ahí parada, inmóvil en medio del cuarto de baño me encuentro imaginando que no asesino a nadie, que el monstruo que crea mi mente es sólo imaginación acumulada. Que mi energía para luchar contra mí misma algún día regresará.
Pero los días pasan y el café ya no me sabe bien, las sandalias no saben ser usadas por mis pies y estos se dedican a vagar por la casa descalzos.
No importa que todo se desmorone, no importa ya que me haya convertido en algo que no era, no importa la pestilencia en el baúl de la racámara, ni la ropa sucia regada en el suelo desde la sala al cuarto de baño, tampoco importa que haya usado el arma, o que me sangre el labio, o que lleguen cartas de un extraño que quiso asesinarme. No importa nada. Tampoco importa si me duermo temprano o si lo que estoy diciendo es verdadero, no importa si esto es el recuerdo de un recuerdo.
No importa que mis demonios me persigan cuando menos lo necesito, o que sus ojos me miren fijamente con desconcierto, o que sus amables labios hayan dejado de besarme para fruncirse duramente, no importa.
23 jun 2012
¡Héctor!
Sí. Belascoarán Shayne también se había sentido perdido y enamorado al mismo tiempo. En el libro anterior se enamoró de la chica de la cola de caballo y hasta el segundo, siguen enviándose cartas desde lejos mientras él se hunde en búsquedas exhaustivas.
¿El bajista o Belascoarán Shayne?
Se sentía cansada. Al cruzar la puerta que daba a la sala, se recostó de inmediato en el sofá pequeño, pero su descanso duró poco al recordar las ganas tremendas que tenía de ir al baño.
Un día largo había sido desde que se levantó. Cuando prendió el boiler en la mañana, notó el piso del patio aún húmedo por las lluvias de anoche. Desayunó nada más que un café caliente, sólo dos cucharadas pequeñas de azúcar y salió disparada hacia la esquina para tomar un microbús hacia el metro Potrero. La línea verde la esperaba para ser recorrida por ella hasta Balderas y abandonarla para transbordar en la rosa, donde bajaría del andén en Pino Suárez y recorrería tan familiar pasaje lleno de editoriales con libros de diferentes títulos y autores.
Claro, como siempre, los audífonos la acompañaron hasta encontrarse con un muchacho de melenas largas cerca de la plancha del Zócalo. Nadie importante, si hablábamos enserio. Sólo un tipejo de aproximadamente 21 años de edad; cinco más que ella.
Nadie importante, porque para ella sólo era un muchacho de vida tan revuelta igual que los chinos de su cabello. "El chico del toquín", le llamaba ella sin que él lo supiera. Porque lo conoció en una de esas fiestas en las que bandas que nadie conoce tocan covers de canciones excelentes. Ni siquiera sabe por qué accedió a darle su teléfono aquella noche... Dicha noche en la que ella se encontraba con una sola amiga. Noche en la que le volvió loca la manera en que él tocaba el bajo. Noche en la que él se perdió entre el cabello enmarañado de ella mientras agidaba su cabeza disfrutando el compás de cada canción.
Después de eso, aún así, él sigue siendo nadie importante.
Él le regaló esos lentes de sol, con marco casi cuadrado que tanto usa la gente hoy día. "No quiero que esos pómulos se quemen", le dijo y ella sonrió usando lo ajeno.
Caminar alrededor de la plancha el Zócalo mexicano no era una idea que ella albergaba cuando salió de su casa sin decir una palabra a los adultos de la familia sobre sus planes. Pero aún así ella disfrutó las horas que pasó platicando con él...
Entonces, después de esas charlas, pasando ya las tres de la tarde, él dejó de ser "nadie importante" y se convirtió en "El bajista solitario". Porque lo conoció más y llegó a simpatizarle tanto, que dejó que los dibujara juntos uno de esos caricaturistas ambulantes.
Aunque ella ya se sentía en confianza, le pidió a él que guardara dicho dibujo. No quería lamentarse después por una relación pasajera mientras veía la caricatura.
Terminó el tiempo de estar juntos. Volvieron a meterse al metro, aún platicando. Un buen día era todavía, a pesar de las nubes gordas que ya se juntaban avisando tormenta. Ella, siguiendo su caminito de migas "línearosa-líneaverde", se despidió de él en Balderas y suspiró al subir en el otro andén.
Y llegó a su casa. Lo único que quería después de caminar tanto, era sentarse y leer algo bonito, algo que le hiciera olvidar los ojos oscuros del bajista solitario.
Nada más que él, su bajo y la música ruidosa ocuparon su mente hasta que durmió... Las seis de la tarde y ella ya veía las gotas comerse una a otra atravesando el vidrio de su ventana, mientras leía esas historias de su detectivo mexicano favorito.
Y se preguntó entonces: ¿Héctor Belascoarán Shayne también se sintió enamorado y perdido al mismo tiempo?
Un día largo había sido desde que se levantó. Cuando prendió el boiler en la mañana, notó el piso del patio aún húmedo por las lluvias de anoche. Desayunó nada más que un café caliente, sólo dos cucharadas pequeñas de azúcar y salió disparada hacia la esquina para tomar un microbús hacia el metro Potrero. La línea verde la esperaba para ser recorrida por ella hasta Balderas y abandonarla para transbordar en la rosa, donde bajaría del andén en Pino Suárez y recorrería tan familiar pasaje lleno de editoriales con libros de diferentes títulos y autores.
Claro, como siempre, los audífonos la acompañaron hasta encontrarse con un muchacho de melenas largas cerca de la plancha del Zócalo. Nadie importante, si hablábamos enserio. Sólo un tipejo de aproximadamente 21 años de edad; cinco más que ella.
Nadie importante, porque para ella sólo era un muchacho de vida tan revuelta igual que los chinos de su cabello. "El chico del toquín", le llamaba ella sin que él lo supiera. Porque lo conoció en una de esas fiestas en las que bandas que nadie conoce tocan covers de canciones excelentes. Ni siquiera sabe por qué accedió a darle su teléfono aquella noche... Dicha noche en la que ella se encontraba con una sola amiga. Noche en la que le volvió loca la manera en que él tocaba el bajo. Noche en la que él se perdió entre el cabello enmarañado de ella mientras agidaba su cabeza disfrutando el compás de cada canción.
Después de eso, aún así, él sigue siendo nadie importante.
Él le regaló esos lentes de sol, con marco casi cuadrado que tanto usa la gente hoy día. "No quiero que esos pómulos se quemen", le dijo y ella sonrió usando lo ajeno.
Caminar alrededor de la plancha el Zócalo mexicano no era una idea que ella albergaba cuando salió de su casa sin decir una palabra a los adultos de la familia sobre sus planes. Pero aún así ella disfrutó las horas que pasó platicando con él...
Entonces, después de esas charlas, pasando ya las tres de la tarde, él dejó de ser "nadie importante" y se convirtió en "El bajista solitario". Porque lo conoció más y llegó a simpatizarle tanto, que dejó que los dibujara juntos uno de esos caricaturistas ambulantes.
Aunque ella ya se sentía en confianza, le pidió a él que guardara dicho dibujo. No quería lamentarse después por una relación pasajera mientras veía la caricatura.
Terminó el tiempo de estar juntos. Volvieron a meterse al metro, aún platicando. Un buen día era todavía, a pesar de las nubes gordas que ya se juntaban avisando tormenta. Ella, siguiendo su caminito de migas "línearosa-líneaverde", se despidió de él en Balderas y suspiró al subir en el otro andén.
Y llegó a su casa. Lo único que quería después de caminar tanto, era sentarse y leer algo bonito, algo que le hiciera olvidar los ojos oscuros del bajista solitario.
Nada más que él, su bajo y la música ruidosa ocuparon su mente hasta que durmió... Las seis de la tarde y ella ya veía las gotas comerse una a otra atravesando el vidrio de su ventana, mientras leía esas historias de su detectivo mexicano favorito.
Y se preguntó entonces: ¿Héctor Belascoarán Shayne también se sintió enamorado y perdido al mismo tiempo?
12 jun 2012
Sólo duerme.
Caída la noche, la mujer llevó a Arthur a su dormitorio y lo arropó con las cobijas calientes de su camita. El niño sonrió a su madre desde la cama y ella se sentó sobre la silla, a un costado de él. Comenzó a contarle una historia sobre su padre, sobre cómo lo conoció, el día en que iniciaron su relación, el día en el que mismo Arthur nació, etc. Todo eso con una voz cálida, intentando hacerlo todo muy colorido para su hijo. Incluso ella se creyó las mentiras que añadió a la historia.
-¿Dónde está papá?- preguntó Arthur, con la cara iluminada por la luz de las estrellas.
-Trabaja. Ya lo sabes, Arthur--la mujer suspiró entristecida al recordar que su marido ya no la veía. Pero aún así prosiguió haciendo feliz al niño -Pero sabes que lo hace para salir a buscar nuevas aventuras para contártelas todas las mañanas antes de regresar al trabajo.--culminó la madre. El pequeño Arthur suspiró y cerró los ojos, mamá comenzaba a respirar profundo, fingiendo cansancio. Se tomó las sienes entre las manos y las sobó con cuidado, no sabía cómo pero la cabeza le dolía, se secó la única lágrima que cayó y rodó por la mejilla.
-Cuéntame otro cuento, mami--pidió el niño sentándose sobre la cama y poniendo las manitas sobre su regazo.
-No, hijo. Es hora de dormir-contestó solemne ella aún sobre la silla.
El niño insistió tres veces más, pero mamá se limitó a levantarse y darle un beso en la frente antes de salir del dormitorio. Apagó la luz del corredor y así en penumbras se dirigió a la sala, donde el sofá le regaló comodidad.
La mujer no podía descansar sabiendo que su marido no cuidaba al hijo de noche, ella era la nana y ángel guardián de Arthur. Consideraba absurdo que un hombre como su marido dejara tan solo a su hijo de tan sólo cuatro años, ni siquiera una niñera del gobierno había contratado para cuidarle en las mañanas y tardes cuando la casa se encontraba completamente desolada. ¿Qué es lo que el pequeño Arthur haría todos los días durante tanto tiempo? La mujer temió que algún día alguien robara la casa y le hicieran daño al niño, o que él por accidente encontrara venenos en la cocina o el cuarto de baño... "Ni el Cielo lo quiera" pensó.
La incertidumbre lleno su alma y comenzó a llorar en silencio, recargando su cara sobre la mano derecha. Cerró los ojos y dejó que las lágrimas cayeran y que su pecho se moviera descontroladamente por los convunsionales suspiros que daba en ratitos. Sólo la luz del cielo estrellado iluminaba el suelo de la sala y la mujer deseó que sus pensamientos también fueran iluminados, así podría pensar mejor para reestablecer la vida de su hijo.
Cerró los ojos unos segundos y al volver a abrirlos notó que había una silueta pequeña sentada en el sillón invididual que estaba enfrente de donde ella se encontraba.
-¿Por qué lloras, mami?-preguntó Arthur mirando a su madre entre la obscuridad.
-Regresa a la cama, pequeño Arthur-pidió mamá con voz solemne. Se secó las lágrimas y sus hipótesis se esfumaron.
-No quiero ir solo, ven conmigo.
-Regresa a la cama, Arthur-repitió, pero esta vez lo dijo con voz dura.
-Es que... Tengo miedo, mami-explicó temblando.
-Ven aquí-la madre se levantó y cargó al pequeño, quien le abrazó el cuello y comenzó llorar. Al parecer el niño había tenido pesadillas, o quizá sólo su imaginación le hizo recordar que le temía al ropero.
La madre llevó a Arthur de regreso a su dormitorio y ahí volvió a arroparlo con las acojedoras cobijas, no quería que se resfriara. Ya él recostado, su madre le acarició la frente y volvió a plantarle un beso ahí, el pequeño intentó tomarle la mano para obligarla a quedarse pero no lo logró.
-¡Quédate!-suplicó asustado-Mamí, quedate, por favor.
-No puedo-contestó ella indiferente mirando hacia la ventana y luego caminó hacia ella,--Sólo un ratito-- comenzó a tararear la canción de cuna que, antaño, su marido había compuesto con el piano para Arthur. El niño comenzó a quedarse dormido, sus párpados frágiles se cerraron a mitad de la canción y antes de caer completamente a los brazos de Morfeo soltó un largo y hondo suspiro, quedandose quieto toda la noche con una media sonrisa trazada debajo de la naricita puntiaguda; mientras, la madre ya salía ligera como una pluma de la casa por la ventana de la habitación para llegar al jardín y encontrar su lugar de descanso. Se dejó caer sobre el pasto húmedo, entre el barro, para regresar a su lápida.
-¿Dónde está papá?- preguntó Arthur, con la cara iluminada por la luz de las estrellas.
-Trabaja. Ya lo sabes, Arthur--la mujer suspiró entristecida al recordar que su marido ya no la veía. Pero aún así prosiguió haciendo feliz al niño -Pero sabes que lo hace para salir a buscar nuevas aventuras para contártelas todas las mañanas antes de regresar al trabajo.--culminó la madre. El pequeño Arthur suspiró y cerró los ojos, mamá comenzaba a respirar profundo, fingiendo cansancio. Se tomó las sienes entre las manos y las sobó con cuidado, no sabía cómo pero la cabeza le dolía, se secó la única lágrima que cayó y rodó por la mejilla.
-Cuéntame otro cuento, mami--pidió el niño sentándose sobre la cama y poniendo las manitas sobre su regazo.
-No, hijo. Es hora de dormir-contestó solemne ella aún sobre la silla.
El niño insistió tres veces más, pero mamá se limitó a levantarse y darle un beso en la frente antes de salir del dormitorio. Apagó la luz del corredor y así en penumbras se dirigió a la sala, donde el sofá le regaló comodidad.
La mujer no podía descansar sabiendo que su marido no cuidaba al hijo de noche, ella era la nana y ángel guardián de Arthur. Consideraba absurdo que un hombre como su marido dejara tan solo a su hijo de tan sólo cuatro años, ni siquiera una niñera del gobierno había contratado para cuidarle en las mañanas y tardes cuando la casa se encontraba completamente desolada. ¿Qué es lo que el pequeño Arthur haría todos los días durante tanto tiempo? La mujer temió que algún día alguien robara la casa y le hicieran daño al niño, o que él por accidente encontrara venenos en la cocina o el cuarto de baño... "Ni el Cielo lo quiera" pensó.
La incertidumbre lleno su alma y comenzó a llorar en silencio, recargando su cara sobre la mano derecha. Cerró los ojos y dejó que las lágrimas cayeran y que su pecho se moviera descontroladamente por los convunsionales suspiros que daba en ratitos. Sólo la luz del cielo estrellado iluminaba el suelo de la sala y la mujer deseó que sus pensamientos también fueran iluminados, así podría pensar mejor para reestablecer la vida de su hijo.
Cerró los ojos unos segundos y al volver a abrirlos notó que había una silueta pequeña sentada en el sillón invididual que estaba enfrente de donde ella se encontraba.
-¿Por qué lloras, mami?-preguntó Arthur mirando a su madre entre la obscuridad.
-Regresa a la cama, pequeño Arthur-pidió mamá con voz solemne. Se secó las lágrimas y sus hipótesis se esfumaron.
-No quiero ir solo, ven conmigo.
-Regresa a la cama, Arthur-repitió, pero esta vez lo dijo con voz dura.
-Es que... Tengo miedo, mami-explicó temblando.
-Ven aquí-la madre se levantó y cargó al pequeño, quien le abrazó el cuello y comenzó llorar. Al parecer el niño había tenido pesadillas, o quizá sólo su imaginación le hizo recordar que le temía al ropero.
La madre llevó a Arthur de regreso a su dormitorio y ahí volvió a arroparlo con las acojedoras cobijas, no quería que se resfriara. Ya él recostado, su madre le acarició la frente y volvió a plantarle un beso ahí, el pequeño intentó tomarle la mano para obligarla a quedarse pero no lo logró.
-¡Quédate!-suplicó asustado-Mamí, quedate, por favor.
-No puedo-contestó ella indiferente mirando hacia la ventana y luego caminó hacia ella,--Sólo un ratito-- comenzó a tararear la canción de cuna que, antaño, su marido había compuesto con el piano para Arthur. El niño comenzó a quedarse dormido, sus párpados frágiles se cerraron a mitad de la canción y antes de caer completamente a los brazos de Morfeo soltó un largo y hondo suspiro, quedandose quieto toda la noche con una media sonrisa trazada debajo de la naricita puntiaguda; mientras, la madre ya salía ligera como una pluma de la casa por la ventana de la habitación para llegar al jardín y encontrar su lugar de descanso. Se dejó caer sobre el pasto húmedo, entre el barro, para regresar a su lápida.
-------------------------------------------------------------------------------------------------------------------
Así que cierra tus ojos. Bésame, di adiós.
Y duerme. Sólo duérmete.
La parte más difícil es dejar ir tus sueños
Y duerme. Sólo duérmete.
La parte más difícil es dejar ir tus sueños
So shut your eyes, kiss me, goodbye.
And sleep.Just sleep.
The hardest part is letting go off your dreams.
The hardest part is letting go off your dreams.
"Sleep"-My Chemical Romance
1 jun 2012
Accidente
Ni siquiera sabes cómo empezar, ¿cierto? Te dices que quieres contarlo para que se te olvide, como cuando le contabas tus pesadillas a tu abuela y entonces olvidabas lo que habías soñado anoche. Pero sabes que de todos modos esa trágica escena no va a irse de tu mente en quizá algunos días, seguirás con el trauma. Sabes que es normal estar traumado por cosas así, pero temes que te vuelvas un ser humano paranoico.
La sangre era algo que lograbas aguantar por el hospital en el que trabajas. Eres una buena enfermera, sabes atender urgencias; desde un rodilla abierta hasta un hombro dislocado, ahora te dedicas a abrirles el vientre a las mujeres entusiasmadas y al mismo tiempo asustadas por la nueva vida que están pariendo.
Pero esta mañana la sangre fue tu enemiga por completo. La cara destrozada de aquella dama entre las vías del tren...
Pero cuéntamelo desde el inicio:
Bien, sí. Sí sé que habías salido de trabajar de la jornada nocturna y que por ello, en la mañana... ¿A qué hora? Ah, sí, a las nueve y media, ya te encontrabas bajando las escaleras hacia el metro.
Ajá, ibas maquilando los planes del día entero. Imaginabas las cosas que harías de comer para tu familia. Cómo tus hijos te ayudarían a poner la mesa para que todos pudieran alimentarse con tus platillos deliciosos. Cómo luego de eso y de lavarse los dientes, todos se sentarían en la tarde a pensar qué película verían en la noche, porque la cartelera del cine estaba muy interesante ese día. Sí, sí...
Todo eso lo imaginaste mientras pasabas los torniquetes, subías de nuevo escaleras y caminabas para el lado de las mujeres en el andén del metro... Perdón ¿Qué estación era?, ¿No lo recuerdas o no quieres recordarlo?... Já. Bueno, da igual. De todos modos la historia no cambiaría ahora que comencé a escribirla para que tu mente no te juegue bromas después. De acuerdo.
Entonces... Decidiste marcar a tu casa. Por suerte todavía tenía recepción el celular. Hablaste un rato con tu hijo y le comentaste tus planes. Él estuvo de acuerdo contigo y te comentó de la película que él quería ver en el cine. Te contó que trataba de asesinatos y cosas sin resolver, como los libros de detectives que les leías a todos cuando eran más chicos. Te alegraste un poco porque él recordó eso y tú sólo comentaste que tenían qué hablar de eso después de la comida. Él volvió a estar de acuerdo y después de una cálida despedida colgaron.
Pensabas sentarte en uno de esos lugares individuales dentro del vagón para poder ir calmada. El trabajo había estado pesado anoche; tres cesáreas y dos partos naturales. Qué friega, pensaste entonces. Dos gritos agresivos captaron tu atención: un hombre y su mujer discutían entre la muchedumbre, que por cierto, no era mucha. "Mucha muchedumbre", já.
Decidiste entonces ignorar los gritos, las ofensas, incluso había promesas entre líneas. Porque la histeria urbana te estaba volando el cerebro desde el primer momento en el que naciste ahí.
Te alejaste un poco para que el sonido de aquellos, pareja nerviosa, se disipara sólo un poco.
Seguías en tu mundo, cuando de repente viste a aquél gran monstruo anaranjado acercarse al andén. El metro llegaba al fin. La salvación a tus pies y cansancio había llegado. Suspiraste aliviada, por fin te sentarías hasta llegar la estación cercana a tu casa. Esperabas con ansias entrar y dirigirte, incesante, a tu habitación y recostarte unos cinco minutos.
Entonces, todo se tensó cuando la esposa gritó cual mujer horrorizada en una película thriller, cuando al tiempo que volteabas ya no veías más que gente asustada y el metro se había parado con tal enfrenón que los pasajeros también se mostraron curiosos. Más gritos de mujeres acompañaron el eco de la voz aterrorizada de aquella señora. Aquella dama que yacía deshecha entre las vías del tren.
No supiste qué hacer. Tu labor como enfermera lo olvidaste en esos minutos. Los minutos que te hicieron querer desaparecer de la faz de la tierra. Si fueras tan valiente como la señora también te habrías aventado a un segundo metro, quizá en otra estación, quizá en otra línea. Porque de nuevo el estrés te llenaba la cabeza y tus ojos salieron de sus órbitas por la presión que sentías.
Te enojaste mucho al saber que no pudiste salvar una vida, siendo que eras especialista en esas cosas. Al menos lograbas hacerlo dentro de un hospital. Al menos tenías manos que sanaban ahí, en tu trabajo. Pero ¿de qué servía eso si no pudiste evitar ese accidente?
La sangre era algo que lograbas aguantar por el hospital en el que trabajas. Eres una buena enfermera, sabes atender urgencias; desde un rodilla abierta hasta un hombro dislocado, ahora te dedicas a abrirles el vientre a las mujeres entusiasmadas y al mismo tiempo asustadas por la nueva vida que están pariendo.
Pero esta mañana la sangre fue tu enemiga por completo. La cara destrozada de aquella dama entre las vías del tren...
Pero cuéntamelo desde el inicio:
Bien, sí. Sí sé que habías salido de trabajar de la jornada nocturna y que por ello, en la mañana... ¿A qué hora? Ah, sí, a las nueve y media, ya te encontrabas bajando las escaleras hacia el metro.
Ajá, ibas maquilando los planes del día entero. Imaginabas las cosas que harías de comer para tu familia. Cómo tus hijos te ayudarían a poner la mesa para que todos pudieran alimentarse con tus platillos deliciosos. Cómo luego de eso y de lavarse los dientes, todos se sentarían en la tarde a pensar qué película verían en la noche, porque la cartelera del cine estaba muy interesante ese día. Sí, sí...
Todo eso lo imaginaste mientras pasabas los torniquetes, subías de nuevo escaleras y caminabas para el lado de las mujeres en el andén del metro... Perdón ¿Qué estación era?, ¿No lo recuerdas o no quieres recordarlo?... Já. Bueno, da igual. De todos modos la historia no cambiaría ahora que comencé a escribirla para que tu mente no te juegue bromas después. De acuerdo.
Entonces... Decidiste marcar a tu casa. Por suerte todavía tenía recepción el celular. Hablaste un rato con tu hijo y le comentaste tus planes. Él estuvo de acuerdo contigo y te comentó de la película que él quería ver en el cine. Te contó que trataba de asesinatos y cosas sin resolver, como los libros de detectives que les leías a todos cuando eran más chicos. Te alegraste un poco porque él recordó eso y tú sólo comentaste que tenían qué hablar de eso después de la comida. Él volvió a estar de acuerdo y después de una cálida despedida colgaron.
Pensabas sentarte en uno de esos lugares individuales dentro del vagón para poder ir calmada. El trabajo había estado pesado anoche; tres cesáreas y dos partos naturales. Qué friega, pensaste entonces. Dos gritos agresivos captaron tu atención: un hombre y su mujer discutían entre la muchedumbre, que por cierto, no era mucha. "Mucha muchedumbre", já.
Decidiste entonces ignorar los gritos, las ofensas, incluso había promesas entre líneas. Porque la histeria urbana te estaba volando el cerebro desde el primer momento en el que naciste ahí.
Te alejaste un poco para que el sonido de aquellos, pareja nerviosa, se disipara sólo un poco.
Seguías en tu mundo, cuando de repente viste a aquél gran monstruo anaranjado acercarse al andén. El metro llegaba al fin. La salvación a tus pies y cansancio había llegado. Suspiraste aliviada, por fin te sentarías hasta llegar la estación cercana a tu casa. Esperabas con ansias entrar y dirigirte, incesante, a tu habitación y recostarte unos cinco minutos.
Entonces, todo se tensó cuando la esposa gritó cual mujer horrorizada en una película thriller, cuando al tiempo que volteabas ya no veías más que gente asustada y el metro se había parado con tal enfrenón que los pasajeros también se mostraron curiosos. Más gritos de mujeres acompañaron el eco de la voz aterrorizada de aquella señora. Aquella dama que yacía deshecha entre las vías del tren.
No supiste qué hacer. Tu labor como enfermera lo olvidaste en esos minutos. Los minutos que te hicieron querer desaparecer de la faz de la tierra. Si fueras tan valiente como la señora también te habrías aventado a un segundo metro, quizá en otra estación, quizá en otra línea. Porque de nuevo el estrés te llenaba la cabeza y tus ojos salieron de sus órbitas por la presión que sentías.
Te enojaste mucho al saber que no pudiste salvar una vida, siendo que eras especialista en esas cosas. Al menos lograbas hacerlo dentro de un hospital. Al menos tenías manos que sanaban ahí, en tu trabajo. Pero ¿de qué servía eso si no pudiste evitar ese accidente?
29 may 2012
Seguir siendo
Te das cuenta que el mundo está equivocado cuando miras un programa de televisión en donde el villano todo lo toma como "el gran juego".
Te das cuenta que el mundo es aburrido cuando entiendes al villano. Cuando entiendes por qué dicho personaje decide jugar el juego y arriesgarlo todo, incluso su reputación. Incluso su vida.
Te das cuenta que incluso tu podrías hacer lo mismo. Que también te sientes aburrido, que lo harías si...
Si tuvieras las agallas suficientes de olvidarlo todo y poner todas las cartas sobre la mesa. Tu vida entera.
¿Qué haríamos entonces para no arriesgarnos tanto como los protagonistas? Al menos no físicamente.
Escribiríamos cuentos. "Pero, ¡bah! Son puras tonterías. Puras fantasías"
MORIRIA FELIZ, AL MENOS.
Te das cuenta que el mundo es aburrido cuando entiendes al villano. Cuando entiendes por qué dicho personaje decide jugar el juego y arriesgarlo todo, incluso su reputación. Incluso su vida.
Te das cuenta que incluso tu podrías hacer lo mismo. Que también te sientes aburrido, que lo harías si...
Si tuvieras las agallas suficientes de olvidarlo todo y poner todas las cartas sobre la mesa. Tu vida entera.
¿Qué haríamos entonces para no arriesgarnos tanto como los protagonistas? Al menos no físicamente.
Escribiríamos cuentos. "Pero, ¡bah! Son puras tonterías. Puras fantasías"
MORIRIA FELIZ, AL MENOS.
Somos los pies que caminan.
Somos humanos y usamos los pies para andar.
Lamentablemente hay gente que no se da cuenta de lo importantes que son... Hasta que los pierden. Son parte de nuestro equilibrio, la base de nuestro ser.
Pueden ser de cualquier color, lo importante es que sepan trabajar, que amen hacerlo, que disfruten las diferentes texturas de los suelos en el mundo. No podemos dejarlos todo el tiempo guardados en los zapatos que usamos, es como comer con guantes todo el tiempo.
Lamentablemente hay gente que no se da cuenta de lo importantes que son... Hasta que los pierden. Son parte de nuestro equilibrio, la base de nuestro ser.
Pueden ser de cualquier color, lo importante es que sepan trabajar, que amen hacerlo, que disfruten las diferentes texturas de los suelos en el mundo. No podemos dejarlos todo el tiempo guardados en los zapatos que usamos, es como comer con guantes todo el tiempo.
Cielo Urbano
Ni siquiera entiendo la razón. Sólo lo hago. Pierdo la cabeza y subo a la azotea a mirar quién sabe qué. A admirar lo que muchos no notan nunca. Admiro el cielo urbano por ustedes.
27 may 2012
La aventura
¿Qué pasa cuando la vela ya se ha calcinado completamente? Cuando el violinista termina la sonata completa, cuando el cazador ya encontró al asesino, cuando éste ya logró asesinar a centnenares de personas, cuando todo logró su cometido.
Cuando terminaste el examen antes de que dieran las doce, cuando Cenicienta logró casarse con el príncipe... Cuando te das cuenta que el matrimonio no siempre es un final feliz. Cuando termina la pelea en el divorcio y los bienes compartidos logran ser bien repartidos.
¿Qué pasa después? Después. Cuando terminas de leer la novela completa, cuando el detective encontró el acertijo, cuando el policía mal pagado asesinó al ladrón. Cuando ella encontró el vestido favorito, cuando él encontró a la víctima perfecta para sus colmillos, cuando el ángel decide ya no perseguir a su amor prohibido; una humana, cuando dicha humana decide suicidarse.
¿Qué haces después de la aventura? Cuando llega el final. El final de esa aventura. La aventura emocionante, la aventura que inició como algo imposible, que después se tornó solo difícil, que siguió con sentimientos encontrados y que incluso te ayudó a ser un mejor humano. ¿Qué pasa después del final de la aventura de tu vida o la aventura de la vida de alguien más? Con los acontecimientos inexplicables pero añorables, los sucesos por los que jamás imaginaste que pasarías.
Cuando la última página del libro termina con una frase que esperabas leer desde el principio pero por la que tuviste que esperar quizá días, o semanas, o simples horas.
¿Qué haces después? Después de que termina todo eso tan excitante y te das cuenta que sientes que ya no hay razón por la cual vivir, o creer en hadas o en detectives londinenses.
¿Qué?
Cuando terminaste el examen antes de que dieran las doce, cuando Cenicienta logró casarse con el príncipe... Cuando te das cuenta que el matrimonio no siempre es un final feliz. Cuando termina la pelea en el divorcio y los bienes compartidos logran ser bien repartidos.
¿Qué pasa después? Después. Cuando terminas de leer la novela completa, cuando el detective encontró el acertijo, cuando el policía mal pagado asesinó al ladrón. Cuando ella encontró el vestido favorito, cuando él encontró a la víctima perfecta para sus colmillos, cuando el ángel decide ya no perseguir a su amor prohibido; una humana, cuando dicha humana decide suicidarse.
¿Qué haces después de la aventura? Cuando llega el final. El final de esa aventura. La aventura emocionante, la aventura que inició como algo imposible, que después se tornó solo difícil, que siguió con sentimientos encontrados y que incluso te ayudó a ser un mejor humano. ¿Qué pasa después del final de la aventura de tu vida o la aventura de la vida de alguien más? Con los acontecimientos inexplicables pero añorables, los sucesos por los que jamás imaginaste que pasarías.
Cuando la última página del libro termina con una frase que esperabas leer desde el principio pero por la que tuviste que esperar quizá días, o semanas, o simples horas.
¿Qué haces después? Después de que termina todo eso tan excitante y te das cuenta que sientes que ya no hay razón por la cual vivir, o creer en hadas o en detectives londinenses.
¿Qué?
21 may 2012
Salvación divina
Rézale a Dios, me dijo la nana juntando sus manitas cansadas y sus ojos preocupados. Sólo asentí con la cabeza intentando entender aquellas palabras. "Rézale a Dios" ¿Qué clase de petición era esa? ¿De qué me servía rezar si todavía no era domingo?
Realmente no comprendí, así que me limité a juntar mis manos igual que ella y miré al techo, imitándola.
Mi habitación tenía las luces apagadas, incluso la cortina estaba cerrada para que no entraran los brillos de la luna y las estrellas. Estábamos entre penumbras, menos mal que yo ya era una niña grande y podría cuidar a la nana de cualquier cosa que saliera de las sombras.
Voces lejanas se escuchaban a través de la puerta de mi habitación, donde aún yo seguía pretendiendo que"rezaba". La nana cerró sus ojos y empezó a mover los labios sin emitir sonido. Su respiración se aceleró y luego volvió a la vida real. Abrió sus párpados y me abrazó muy fuerte, como si se estuviera despidiendo.
-¿Qué pasa, mamá?-le pregunté. "Mamá" era un título que yo había adoptado para ella, ya que se portaba conmigo como tal... desde que llegó.
-Nada, corazón-contestó ella viéndome detenidamente, como si quisiera recordar cada parte de mi rostro. Sí, se estaba despidiendo. Pero yo no lograba entender por qué.
-Sí pasa algo,-insistí- y quiero saberlo, quiero que me lo digas, mamá.
-Tendremos que separarnos-suspiró. Esperó eternos segundos y tomó aire de nuevo. Sus ojos viejos se apagaron de repente, y los pocos vellos que poseía como cejas se volvieron dos líneas diagonales sobre cada ojo, mostrando tristeza y desespero. Con sus rígidas y rasposas manos (por el trabajo) tomó las mías, las pequeñas, ella temblaba. ¿De qué, era miedo acaso, o era el frío de la casa?
Las voces de afuera se volvieron más fuertes, alguien sollozaba. ¿Mi verdadera madre lloraba? ¿Por qué?
-Nana... -suspiré-¿Qué le pasa a mamá Julieta?
-No sé, hija.-su voz... Comenzaba a preocuparse de verdad.
-¿Qué pasa? ¿Los piratas se dieron cuenta que he encontrado su mapa del tesoro y vienen por él?
Mamá se calmó y me sonrió.
-No creo que ellos sepan eso aún. Tu eres muy inteligente y ellos muy tontos. No saben buscar cosas y encontrarlas como tú-la nana me cargó en sus brazos. Me recargué sobre su pecho y noté que su corazón seguía acelerado, corría como los caballos de Napoleón. Me sorprendí que no se le saliera de las costillas. De todos modos, nadie más que yo lo hubiera notado, alguien ahí afuera está haciendo aspavientos y nosotras jugamos a escondernos.
Comenzó a arrullarme y tarareó una de tantas canciones de cuna que aprendimos con las sirvientas africanas. Se movía con el ritmo de la melodía que ella misma sostenía entre sus labios gruesos y yo comencé a dormirme mientras ella seguía moviéndose y acariciaba mi cabello con la otra mano.
Todo era paz aquí adentro, en mi habitación, con mi nana la cantante. Allí afuera todos estaban enojados y discutían, podría jurar que escuché algunos espadazos y sillas rompiéndose. ¿Pero qué importaba? Yo podría dormir sin ningún problema.
Ya estaba a punto de caer a los brazos de Morfeo cuando de repente una de las sirvientas abrió brutalmente la puerta gritando que debíamos salir de ahí, especialmente yo. ¿Yo, por qué?, pregunté, pero nadie respondió. Entonces todo sucedió muy rápido. Ni siquiera sé cómo es que caí de los brazos de la nana y me quedé ahí tirada en el suelo, luego mi padre y otro hombre se peleaban encima de mí, cuando yo me cubría los oídos... Sabía que decían malas palabras.
Todos salieron de ahí; las sirvientas y la nana, menos mamá Julieta.
-¡Malorie! ¿Malorie, dónde estás?-gritaba ella fuera de la pelea entre aquellos dos hombres furiosos.
-¡Tengo que llevármela, es mía!-gritó el extraño.
-No lo voy a permitir-juró mi padre.
Un padre furioso es algo que ninguno de nosotros quiere ver.
Fijé la vista en el otro hombre... No era ningún extraño, era uno de mis amigos, el jardinero. El jardinero quería llevarme... ¿a dónde?
-Malorie, no escuches a este hombre-exigió mi padre, quien ya estaba sobre él en el suelo a mi lado. Papá comenzó a azotarle la cabeza sobre el azulejo de la habitación hasta que las gotas rojas salieron de ahí. Muchas cayeron sobre los rostros de ambos, otras en mi piyama. Yo no tenía miedo. Mamá gritaba epantada como si algo muy horrible pasara... Y es que esa noche papá se había convertido en el asesino.
"Todos están locos" pensé entonces. Así que me levanté aún con la ropa manchada y salí de la habitación sin previo aviso. Crucé los pasillos largos de la mansión, pasé por las habitaciones de cada empleado, por la de mis padres, por la de bebé de la casa y bajé las escaleras aún con la ropa sucia. Algo me dolía. Era el estómago. Pero no me detuve, seguí andando, tenía que verlo antes de irme.
Corrí fuera de la casa y me dirigí a la avenida principal. Descalza y en piyama llegué como pude a la capilla del pueblo.
El sacerdote me esperaba aún sentado en una de las bancas de madera. Corrí hacia él y lo abracé con fuerza. Logré explicarle lo sucedido. Él me miró extrañado. No sé por qué pero el estómego seguía doliéndome, él quitó algo filoso de mis entrañas y me cargó. Gritaba al Señor que "No", lo último que hice fue besarlo, sus ojos claros me miraron sorprendido y me susurró al oído que siempre me amaría en secreto, como lo hizo desde el inicio... Eso fué lo último que escuché antes de que tdo se volviera negro.
Realmente no comprendí, así que me limité a juntar mis manos igual que ella y miré al techo, imitándola.
Mi habitación tenía las luces apagadas, incluso la cortina estaba cerrada para que no entraran los brillos de la luna y las estrellas. Estábamos entre penumbras, menos mal que yo ya era una niña grande y podría cuidar a la nana de cualquier cosa que saliera de las sombras.
Voces lejanas se escuchaban a través de la puerta de mi habitación, donde aún yo seguía pretendiendo que"rezaba". La nana cerró sus ojos y empezó a mover los labios sin emitir sonido. Su respiración se aceleró y luego volvió a la vida real. Abrió sus párpados y me abrazó muy fuerte, como si se estuviera despidiendo.
-¿Qué pasa, mamá?-le pregunté. "Mamá" era un título que yo había adoptado para ella, ya que se portaba conmigo como tal... desde que llegó.
-Nada, corazón-contestó ella viéndome detenidamente, como si quisiera recordar cada parte de mi rostro. Sí, se estaba despidiendo. Pero yo no lograba entender por qué.
-Sí pasa algo,-insistí- y quiero saberlo, quiero que me lo digas, mamá.
-Tendremos que separarnos-suspiró. Esperó eternos segundos y tomó aire de nuevo. Sus ojos viejos se apagaron de repente, y los pocos vellos que poseía como cejas se volvieron dos líneas diagonales sobre cada ojo, mostrando tristeza y desespero. Con sus rígidas y rasposas manos (por el trabajo) tomó las mías, las pequeñas, ella temblaba. ¿De qué, era miedo acaso, o era el frío de la casa?
Las voces de afuera se volvieron más fuertes, alguien sollozaba. ¿Mi verdadera madre lloraba? ¿Por qué?
-Nana... -suspiré-¿Qué le pasa a mamá Julieta?
-No sé, hija.-su voz... Comenzaba a preocuparse de verdad.
-¿Qué pasa? ¿Los piratas se dieron cuenta que he encontrado su mapa del tesoro y vienen por él?
Mamá se calmó y me sonrió.
-No creo que ellos sepan eso aún. Tu eres muy inteligente y ellos muy tontos. No saben buscar cosas y encontrarlas como tú-la nana me cargó en sus brazos. Me recargué sobre su pecho y noté que su corazón seguía acelerado, corría como los caballos de Napoleón. Me sorprendí que no se le saliera de las costillas. De todos modos, nadie más que yo lo hubiera notado, alguien ahí afuera está haciendo aspavientos y nosotras jugamos a escondernos.
Comenzó a arrullarme y tarareó una de tantas canciones de cuna que aprendimos con las sirvientas africanas. Se movía con el ritmo de la melodía que ella misma sostenía entre sus labios gruesos y yo comencé a dormirme mientras ella seguía moviéndose y acariciaba mi cabello con la otra mano.
Todo era paz aquí adentro, en mi habitación, con mi nana la cantante. Allí afuera todos estaban enojados y discutían, podría jurar que escuché algunos espadazos y sillas rompiéndose. ¿Pero qué importaba? Yo podría dormir sin ningún problema.
Ya estaba a punto de caer a los brazos de Morfeo cuando de repente una de las sirvientas abrió brutalmente la puerta gritando que debíamos salir de ahí, especialmente yo. ¿Yo, por qué?, pregunté, pero nadie respondió. Entonces todo sucedió muy rápido. Ni siquiera sé cómo es que caí de los brazos de la nana y me quedé ahí tirada en el suelo, luego mi padre y otro hombre se peleaban encima de mí, cuando yo me cubría los oídos... Sabía que decían malas palabras.
Todos salieron de ahí; las sirvientas y la nana, menos mamá Julieta.
-¡Malorie! ¿Malorie, dónde estás?-gritaba ella fuera de la pelea entre aquellos dos hombres furiosos.
-¡Tengo que llevármela, es mía!-gritó el extraño.
-No lo voy a permitir-juró mi padre.
Un padre furioso es algo que ninguno de nosotros quiere ver.
Fijé la vista en el otro hombre... No era ningún extraño, era uno de mis amigos, el jardinero. El jardinero quería llevarme... ¿a dónde?
-Malorie, no escuches a este hombre-exigió mi padre, quien ya estaba sobre él en el suelo a mi lado. Papá comenzó a azotarle la cabeza sobre el azulejo de la habitación hasta que las gotas rojas salieron de ahí. Muchas cayeron sobre los rostros de ambos, otras en mi piyama. Yo no tenía miedo. Mamá gritaba epantada como si algo muy horrible pasara... Y es que esa noche papá se había convertido en el asesino.
"Todos están locos" pensé entonces. Así que me levanté aún con la ropa manchada y salí de la habitación sin previo aviso. Crucé los pasillos largos de la mansión, pasé por las habitaciones de cada empleado, por la de mis padres, por la de bebé de la casa y bajé las escaleras aún con la ropa sucia. Algo me dolía. Era el estómago. Pero no me detuve, seguí andando, tenía que verlo antes de irme.
Corrí fuera de la casa y me dirigí a la avenida principal. Descalza y en piyama llegué como pude a la capilla del pueblo.
El sacerdote me esperaba aún sentado en una de las bancas de madera. Corrí hacia él y lo abracé con fuerza. Logré explicarle lo sucedido. Él me miró extrañado. No sé por qué pero el estómego seguía doliéndome, él quitó algo filoso de mis entrañas y me cargó. Gritaba al Señor que "No", lo último que hice fue besarlo, sus ojos claros me miraron sorprendido y me susurró al oído que siempre me amaría en secreto, como lo hizo desde el inicio... Eso fué lo último que escuché antes de que tdo se volviera negro.
20 may 2012
"Crees saber lo que es, pero no tienes la menor idea..."
Y ninguno de ustedes se da cuenta de lo que los seres vivos, en la Tierra poseemos.
Y ninguno de ustedes sabe apreciarlo, mucho menos cuidarlo. Tenemos diamantes para el ojo, pero no es justo tenerlos entre las manos, escondidos.
¿Qué es lo que dice ahí?
¿Que tengo esquizofrenia?
Preguntó el hombre aturdido. "No, no dice eso."dijo una voz "Sí, eso dice, lo escribió el que se hizo llamar tu amigo." Aseguró una segunda voz. "No, no dice eso" repitió la primera. "Sí, sí lo dice. ¿Vas a seguir confiando en él?" Preguntó la segunda voz en su cabeza.
El segundo hombre en la habitación se quedó pasmado después de recibir el fuerte golpe en la cabeza. Su amigo, quien antes era un virtuoso del violín y ahora se dedicaba a confundirse por las cientos de voces que paseaban por su cabeza, lo había asesinado.
Preguntó el hombre aturdido. "No, no dice eso."dijo una voz "Sí, eso dice, lo escribió el que se hizo llamar tu amigo." Aseguró una segunda voz. "No, no dice eso" repitió la primera. "Sí, sí lo dice. ¿Vas a seguir confiando en él?" Preguntó la segunda voz en su cabeza.
El segundo hombre en la habitación se quedó pasmado después de recibir el fuerte golpe en la cabeza. Su amigo, quien antes era un virtuoso del violín y ahora se dedicaba a confundirse por las cientos de voces que paseaban por su cabeza, lo había asesinado.
DIARIO
Dejé de ir a la escuela, y como supuse, dejé de escribir ese diario. El diario que nunca hice de niña y el diario que tuve que iniciar por una simple calificación en la escuela.
Siempre escuché que con el tiempo te encariñabas de las cosas... o las personas. Mi diario personal se volvió eso; casi una persona. Porque contenía escritos míos, pensamientos míos, ideas, sueños, garabatos, incluso lluvias de ideas mías, también mis canciones favoritas estaban ahí. Se volvió casi una persona porque era una persona quien lo escribía. Yo. Quien lo escribió durante escasos cuatro meses, o menos.
Al inicio de estas largas vacaciones, no lograba entender por qué comenzaba a sentir un enorme vacío. Quizá porque extrañaba la presión de las tareas o los examenes, me dije la primera vez. Quizá porque extraño a esas mujercitas que tanto aprecio, pensé luego. Quizá es algo que siempre sentí y que acabo de notar, quise mentirme por enésima vez.
Hasta esta noche....
Esta noche en la que reviso mis cuadernos y mochila olvidados.- Digo, no ha pasado mucho tiempo desde que dejé de ir a la escuela por las vacaciones de verano, pero siento honesta se me han hecho años, décadas o algo así estas últimas tres semanas sin ir. - Entre cuadernos con pastas forradas y espirales de metal, encuentro un cuadernillo engargolado; hecho con hojas recicladas, con imágenes de mis cosas favoritas pegadas en la portada... encuentro mi diario. Lo leo. Encuentro entonces mis palabras y pensamientos y todo lo mencionado anterior. Y me doy cuenta, entonces que mi mente pasó por una metamorfósis diferente a otras, comparando a mis propias metamorfosis mentales anteriores, claro.
De ideas tristes, llenas de pavor y pánico, vacías de sentimientos reconfortantes y acciones sociales... A ideas contrarias, contrastantes, con colores diferentes y sonrisas, abrazos y todas esas cosas que, sinceramente, no logro escribir.
No sé si esto sea raro. No estoy loca, de eso estoy segura. Pero la verdad es que no suelo ser... Así, como mucha gente: no reconforto a la gente que aprecio, no abrazo a la gente que quiero, no les digo eso; que los quiero. No hago esa clase de cosas y ni siquiera sé cuándo empezó a sucederme eso, eso de no ser sociable, de no sonreír o de no gritar o de ser seria la mayor parte del tiempo.
Pero juro a Odín que no... No me arrepiento.
Siempre escuché que con el tiempo te encariñabas de las cosas... o las personas. Mi diario personal se volvió eso; casi una persona. Porque contenía escritos míos, pensamientos míos, ideas, sueños, garabatos, incluso lluvias de ideas mías, también mis canciones favoritas estaban ahí. Se volvió casi una persona porque era una persona quien lo escribía. Yo. Quien lo escribió durante escasos cuatro meses, o menos.
Al inicio de estas largas vacaciones, no lograba entender por qué comenzaba a sentir un enorme vacío. Quizá porque extrañaba la presión de las tareas o los examenes, me dije la primera vez. Quizá porque extraño a esas mujercitas que tanto aprecio, pensé luego. Quizá es algo que siempre sentí y que acabo de notar, quise mentirme por enésima vez.
Hasta esta noche....
Esta noche en la que reviso mis cuadernos y mochila olvidados.- Digo, no ha pasado mucho tiempo desde que dejé de ir a la escuela por las vacaciones de verano, pero siento honesta se me han hecho años, décadas o algo así estas últimas tres semanas sin ir. - Entre cuadernos con pastas forradas y espirales de metal, encuentro un cuadernillo engargolado; hecho con hojas recicladas, con imágenes de mis cosas favoritas pegadas en la portada... encuentro mi diario. Lo leo. Encuentro entonces mis palabras y pensamientos y todo lo mencionado anterior. Y me doy cuenta, entonces que mi mente pasó por una metamorfósis diferente a otras, comparando a mis propias metamorfosis mentales anteriores, claro.
De ideas tristes, llenas de pavor y pánico, vacías de sentimientos reconfortantes y acciones sociales... A ideas contrarias, contrastantes, con colores diferentes y sonrisas, abrazos y todas esas cosas que, sinceramente, no logro escribir.
No sé si esto sea raro. No estoy loca, de eso estoy segura. Pero la verdad es que no suelo ser... Así, como mucha gente: no reconforto a la gente que aprecio, no abrazo a la gente que quiero, no les digo eso; que los quiero. No hago esa clase de cosas y ni siquiera sé cuándo empezó a sucederme eso, eso de no ser sociable, de no sonreír o de no gritar o de ser seria la mayor parte del tiempo.
Pero juro a Odín que no... No me arrepiento.
9 may 2012
La verdad sobre la que dijo que no sentía nada
Las diez de la noche en punto e inicio escribiendo esto. No sé cuánto me tardaré. Porque las imágenes en mi cabeza y el ruido de afuera no me dejan pensar bien lo que realmente siento... Porque sí, siento algo.
La verdad ni siquiera sé por qué lo hago. Digo, esta no es una terapia. Quizá algún día me arrepienta de hacerlo pero ¿qué?
Escribir en este lugar era algo que había dejado de hacer porque, siendo honesta, me había dejado de sentir sola. Incluso Cafel había desaparecido de la faz de mi imaginación. Ya no necesitaba pensar que alguien cuidaba mis pesadillas, porque ya no había pesadillas qué cuidar, ni pensamientos egoístas que borrar... El trabajo de Cafel se fue esfumando a medida que yo pasaba más tiempo en la preparatoria.
Hacía mucho que había perdido la confianza en el ser humano... En cualquier persona, incluso en mí misma. Pero, demonios, tuve que llegar a la preparatoria y me encontré con gente increíble. Gente que devolvió las sonrisas y las carcajadas a mi estilo de vida, personas que cambiaron -en demasía- ese estilo de vida. Antes me la pasaba casi todo el día en casa, como un ermitaño, en frente de esta pantalla escribiendo cualquier historia que se viniera a mi cabeza... Pero a partir de conocerlas a ellas, mis personas favoritas, dejé de quedarme en casa y aprendí a disfrutar mi ciudad y a andar mejor en ella. Quiero decir; no era una estúpida en la calle, pero la verdad me oriento mucho más que antes.
Diez meses, aproximadamente, y ya me había encariñado con todas ellas. TODAS. Ya había escrito el inicio de una historia a una de ellas por su cumpleaños el 11 de noviembre. Ya había compartido escritos con varias de ellas, incluso aprendí a socializar mejor. Quizá no soy la más sociable entre ellas (nosotras) pero al menos mejoró mi humor y la manera de hablarle a la gente. Después de año nuevo ya podía incluso dar mi punto de vista sobre varios temas que nos importaban, también razonar y reflexionar con otras... Todas eran increíbles, lo son. Lo sé.
El nudo en la garganta... Lo dejo que se atore ahí para que no me traiga pensamientos tristes sobre mi partida. Porque sí, tengo que irme. Y quizá sea por eso que vuelvo a escribir como loca entre la oscuridad de mi habitación, quizá me siento sola de nuevo. No recordaba realmente cómo era eso.
Sentirse solo es algo que no le deseo a nadie nunca.
Recuerdo que antes del 8 de agosto del año pasado pensaba que toda mi vida estaría rodeada de seres inútiles que no movían una parte del cerebro para nada. Recuerdo que pensaba que en muchos lugares yo era la que sabía más.
Pero qué equivocada estaba. ¡Claro que no! Eso no podía ser, porque allá afuera había personas como yo, quizá mejores. Y entre ellas estaban; mi única hipster, mi beatlemana, mi chica intensa, mi freaky favorita, mi hermana "killjoys", mi "madre" y mi hobbo shipper. ¿Qué más podía yo pedir?
La verdad ni siquiera sé por qué lo hago. Digo, esta no es una terapia. Quizá algún día me arrepienta de hacerlo pero ¿qué?
Escribir en este lugar era algo que había dejado de hacer porque, siendo honesta, me había dejado de sentir sola. Incluso Cafel había desaparecido de la faz de mi imaginación. Ya no necesitaba pensar que alguien cuidaba mis pesadillas, porque ya no había pesadillas qué cuidar, ni pensamientos egoístas que borrar... El trabajo de Cafel se fue esfumando a medida que yo pasaba más tiempo en la preparatoria.
Hacía mucho que había perdido la confianza en el ser humano... En cualquier persona, incluso en mí misma. Pero, demonios, tuve que llegar a la preparatoria y me encontré con gente increíble. Gente que devolvió las sonrisas y las carcajadas a mi estilo de vida, personas que cambiaron -en demasía- ese estilo de vida. Antes me la pasaba casi todo el día en casa, como un ermitaño, en frente de esta pantalla escribiendo cualquier historia que se viniera a mi cabeza... Pero a partir de conocerlas a ellas, mis personas favoritas, dejé de quedarme en casa y aprendí a disfrutar mi ciudad y a andar mejor en ella. Quiero decir; no era una estúpida en la calle, pero la verdad me oriento mucho más que antes.
Diez meses, aproximadamente, y ya me había encariñado con todas ellas. TODAS. Ya había escrito el inicio de una historia a una de ellas por su cumpleaños el 11 de noviembre. Ya había compartido escritos con varias de ellas, incluso aprendí a socializar mejor. Quizá no soy la más sociable entre ellas (nosotras) pero al menos mejoró mi humor y la manera de hablarle a la gente. Después de año nuevo ya podía incluso dar mi punto de vista sobre varios temas que nos importaban, también razonar y reflexionar con otras... Todas eran increíbles, lo son. Lo sé.
El nudo en la garganta... Lo dejo que se atore ahí para que no me traiga pensamientos tristes sobre mi partida. Porque sí, tengo que irme. Y quizá sea por eso que vuelvo a escribir como loca entre la oscuridad de mi habitación, quizá me siento sola de nuevo. No recordaba realmente cómo era eso.
Sentirse solo es algo que no le deseo a nadie nunca.
Recuerdo que antes del 8 de agosto del año pasado pensaba que toda mi vida estaría rodeada de seres inútiles que no movían una parte del cerebro para nada. Recuerdo que pensaba que en muchos lugares yo era la que sabía más.
Pero qué equivocada estaba. ¡Claro que no! Eso no podía ser, porque allá afuera había personas como yo, quizá mejores. Y entre ellas estaban; mi única hipster, mi beatlemana, mi chica intensa, mi freaky favorita, mi hermana "killjoys", mi "madre" y mi hobbo shipper. ¿Qué más podía yo pedir?
9 abr 2012
"Sarah"
Para la pequeña, Feer.
"...Abraham's daughter raised her voice..."
_______________________________________________________________________________
"...Abraham's daughter raised her voice..."
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¿Qué era todo aquello que le aguardaba? ¿Lunas cromadas,
nubes deshechas, qué?
Se levantó con
preguntas como esas de la cama. Se levantó con los ojos rasgados que poseía llenos
de cansancio. Con los labios mordidos, las mejillas marcadas por la almohada y
el cabello enmarañado aún con la marca de haber estado recostada parte de la
noche.
Ni siquiera había salido el sol para hacerle ver al espejo ese pequeño rayito azul entre los chinos alaciados de la cabeza. Nadie se levantó con ella, nadie la esperó en el pasillo para saludarle con un -Buen día- , nadie se dio cuenta de que ella ya estaba consciente preparándose para salir.
Ni siquiera había salido el sol para hacerle ver al espejo ese pequeño rayito azul entre los chinos alaciados de la cabeza. Nadie se levantó con ella, nadie la esperó en el pasillo para saludarle con un -Buen día- , nadie se dio cuenta de que ella ya estaba consciente preparándose para salir.
Ya eran las siete en
punto de la mañana cuando ella ya se encontraba con su mochila en la espalda y
los audífonos blancos en los oídos en la parada del autobús. Emprendería un
buen viaje a quién sabe dónde. Quiénsabedónde sonaba a que era un buen lugar.
Sus ojos ya delineados estaban más despiertos que nunca, tenía que llegar. Los labios ya no tenían otra marca más que la del labial rosa que portaban y el cabello lo tenía más peinado de lo normal. Se había arreglado más, incluso sus zapatos iban lustrados y las uñas de las manos mostraban un esmalte azul bien definido.
Sus ojos ya delineados estaban más despiertos que nunca, tenía que llegar. Los labios ya no tenían otra marca más que la del labial rosa que portaban y el cabello lo tenía más peinado de lo normal. Se había arreglado más, incluso sus zapatos iban lustrados y las uñas de las manos mostraban un esmalte azul bien definido.
Envuelta en una playera de Chuck Palahniuk,
Sarah subió al autobús y tomó el primer asiento que vio. Volteó a su izquierda
notando que el vidrio de la ventana tenía una mancha en medio, alguien más
había recargado la cabeza ahí antes que ella subiera. Durante el camino miró el
paisaje de la dormida ciudad. Casi no había nadie rondando las calles, incluso
el autobús estaba desértico; sólo tres personas aparte de ella estaban allí.
Había delante de ella una mujer rubia con un bebé en brazos, detrás de Sarah,
del otro lado del autobús, estaba un hombre con una peste horrible, hasta
adelante, en el primer asiento de la
derecha estaba una anciana de canas azuladas. Al ver a esta señora, Sarah se
alegró. Pensó para sí que aún había esperanza para la gente que es extravagante
y no le interesa lo que digan otros.
-Sería genial que ella fuera mi abuela—susurró sin que nadie más que ella misma le escucharan.
-Sería genial que ella fuera mi abuela—susurró sin que nadie más que ella misma le escucharan.
A mitad del camino decidió dormir un rato. De todos modos no
tenía prisa.
Sarah llegó a su destino. ¿Cuál? La última parada del
autobús. Deseó que el transporte pudiera llegar hasta la punta del país para
disfrutar de paisajes diferentes a los que ella estaba acostumbrada en la
ciudad.
Bajó del autobús mirando al cielo. Se dio cuenta que extrañamente estaba oscuro. Ya era de noche. Se preguntó qué habría pasado, pensó que las nubes habían cubierto el sol y que por eso se veía tan denso el ambiente. Pero no. En el cielo no había una sola nube, estaba lleno de puntos blancos brillantes.
Bajó del autobús mirando al cielo. Se dio cuenta que extrañamente estaba oscuro. Ya era de noche. Se preguntó qué habría pasado, pensó que las nubes habían cubierto el sol y que por eso se veía tan denso el ambiente. Pero no. En el cielo no había una sola nube, estaba lleno de puntos blancos brillantes.
-¿Y eso?—preguntó en voz alta a nadie mientras apuntaba con
el dedo índice hacia arriba, a una serie de estrellas muy juntas, formando una
figura. Segundos después se dio cuenta que estas estaban alineadas de tal
manera que lograban hacer el signo del infinito. Sarah se sorprendió, jamás
había visto nada como eso. De hecho, jamás había visto ese lado de la ciudad.
Los edificios no eran tan altos, como ella recordaba, de hecho solo eran casas
rústicas con sus habitantes respectivos dentro. Había árboles gigantescos
plantados en la calle y rompían las banquetas sus raíces, no había postes ni
cables de luz por ningún lado. Lo único que alumbraba aquella parte de la
ciudad eran pequeños faroles postrados en cada esquina de las cuadras y las
estrellas sin luna. Las banquetas de ese lado de la ciudad estaban desiertas,
Sarah no escuchaba más que su propia respiración, estaba sola, pero no temía.
El autobús hizo un ruido escandaloso y se fue muy rápido, como si al conductor no le gustara mucho quedarse ahí. Sarah miró por enésima vez el cielo con los ojos bien abiertos mientras caminaba por la banqueta de la avenida hasta llegar a la esquina izquierda y verse alumbrada por el farol correspondiente. “Quiénsabedonde” era el lugar más interesante hasta ahora, pensó.
El viento comenzó a soplar, Sarah se quedó parada junto al farol relajándose con el mover de las hojas enormes del árbol gigante que estaba en la acera de enfrente y comenzó a tararear una canción con los ojos cerrados. El viento siguió soplando, pero las hojas ya no se movían. Sarah abrió los ojos para ver qué pasaba con ese árbol y las hojas bailarinas. Al hacerlo se llevó la triste sorpresa de que ese árbol no tenía hojas. Se preguntó qué habría pasado, eso era lo más raro que pudo haber presenciado jamás.
Sarah sintió un jaloncito en la parte baja de su playera, después de reaccionar giró sobre sus pies y se encontró con una niña de ojos tornasol. La pequeña no media más de un metro y medio, portaba un vestido roído color verde agua, las rodillas blancas estaban raspadas al igual que los nudillos de las manos y tenía su carita manchada, con su cabello igual de chino que el de Sarah, quien le sonrió de manera comprensiva. La niña de vestido le devolvió el gesto y luego la abrazó como si ya la conociera. Sarah se quedó quieta sintiendo el cariño extraño regalado de aquella niña sin voz, después deshizo el abrazo y se puso de cuclillas para mirarla bien.
El autobús hizo un ruido escandaloso y se fue muy rápido, como si al conductor no le gustara mucho quedarse ahí. Sarah miró por enésima vez el cielo con los ojos bien abiertos mientras caminaba por la banqueta de la avenida hasta llegar a la esquina izquierda y verse alumbrada por el farol correspondiente. “Quiénsabedonde” era el lugar más interesante hasta ahora, pensó.
El viento comenzó a soplar, Sarah se quedó parada junto al farol relajándose con el mover de las hojas enormes del árbol gigante que estaba en la acera de enfrente y comenzó a tararear una canción con los ojos cerrados. El viento siguió soplando, pero las hojas ya no se movían. Sarah abrió los ojos para ver qué pasaba con ese árbol y las hojas bailarinas. Al hacerlo se llevó la triste sorpresa de que ese árbol no tenía hojas. Se preguntó qué habría pasado, eso era lo más raro que pudo haber presenciado jamás.
Sarah sintió un jaloncito en la parte baja de su playera, después de reaccionar giró sobre sus pies y se encontró con una niña de ojos tornasol. La pequeña no media más de un metro y medio, portaba un vestido roído color verde agua, las rodillas blancas estaban raspadas al igual que los nudillos de las manos y tenía su carita manchada, con su cabello igual de chino que el de Sarah, quien le sonrió de manera comprensiva. La niña de vestido le devolvió el gesto y luego la abrazó como si ya la conociera. Sarah se quedó quieta sintiendo el cariño extraño regalado de aquella niña sin voz, después deshizo el abrazo y se puso de cuclillas para mirarla bien.
-¿Quién eres?—preguntó con voz dulce tomándole las manitas.
Pero la niña no respondió más que con un puchero y luego soltó a llorar.
Sarah se vio
reflejada en aquella chiquilla de vestido roto y fue ella quien le dio un gran abrazo.
-No llores—murmuró sobre el hombro de la niña— ¿Qué te pasó?
-Es que no me recuerdas—murmuró ella con la voz temblorosa, luego respiró hondo varias veces.
-¿Yo?—preguntó Sarah separándose otra vez de ella.
-Tú—suspiró la niña quitándose las lágrimas de la cara, manchándose más los pómulos—Tú, tú, tú. Tú no me recuerdas y si no me recuerdas me voy a morir y no me quiero morir.
-¿Morir?—fue lo único que preguntó Sarah.
-¡Me voy a morir!—gritó entonces la niña con desesperación abriendo los ojos como platos y apretándole los dedos a Sarah quien se quedó quieta de nuevo ante la impresión que la niña de le causaba. De pronto sintió cómo su corazón palpitaba muy rápido, sus pulmones comenzaron a moverse al mismo ritmo acelerando su respiración y sus manos comenzaron a sudar; Sarah hiperventilaba al tiempo que la niña de ojos tornasol –como los de ella- le seguía apretando los dedos índices y pulgares de ambas manos. Algo dentro de ella hizo explosión y de un momento a otro se encontró llorando en el suelo junto con aquella niña. Entonces el cielo se tornó claro, como si alguien hubiera abierto las cortinas de la habitación, las hojas del árbol de la acera de enfrente crecieron de nuevo y comenzó a escucharse un claxon a lo lejos. Sarah abrió los ojos.
-No llores—murmuró sobre el hombro de la niña— ¿Qué te pasó?
-Es que no me recuerdas—murmuró ella con la voz temblorosa, luego respiró hondo varias veces.
-¿Yo?—preguntó Sarah separándose otra vez de ella.
-Tú—suspiró la niña quitándose las lágrimas de la cara, manchándose más los pómulos—Tú, tú, tú. Tú no me recuerdas y si no me recuerdas me voy a morir y no me quiero morir.
-¿Morir?—fue lo único que preguntó Sarah.
-¡Me voy a morir!—gritó entonces la niña con desesperación abriendo los ojos como platos y apretándole los dedos a Sarah quien se quedó quieta de nuevo ante la impresión que la niña de le causaba. De pronto sintió cómo su corazón palpitaba muy rápido, sus pulmones comenzaron a moverse al mismo ritmo acelerando su respiración y sus manos comenzaron a sudar; Sarah hiperventilaba al tiempo que la niña de ojos tornasol –como los de ella- le seguía apretando los dedos índices y pulgares de ambas manos. Algo dentro de ella hizo explosión y de un momento a otro se encontró llorando en el suelo junto con aquella niña. Entonces el cielo se tornó claro, como si alguien hubiera abierto las cortinas de la habitación, las hojas del árbol de la acera de enfrente crecieron de nuevo y comenzó a escucharse un claxon a lo lejos. Sarah abrió los ojos.
Después de un rato, se
levantó del asiento del autobús.
-Un sueño—dijo estupefacta pisando el último escalón para así bajar a la calle real—No hay otra niña más que yo.
-Un sueño—dijo estupefacta pisando el último escalón para así bajar a la calle real—No hay otra niña más que yo.
Sarah cargó bien su
mochila sobre los hombros delgados y caminó de regreso a casa, no importaba la
distancia, regresaría a casa. Había sido
suficiente, no iba a perderse un día más sin su hermana. Haría todo lo posible
por regresar a aquella época en la que jugaban todo el tiempo, en los años
donde no importaban los accidentes si se tenían la una a la otra. Quería
regresar a ser la niña de los ojos tornasol y vestido verde.
27 mar 2012
Saam
“Feliz
Cumpleaños Saam”
Miró al cielo. ¿Qué era todo eso que se
escurría entre las nubes? El universo caía encima de ella y nadie se daba
cuenta. Arriba, en la azotea de un edificio cualquiera, estaba Samantha mirando
cómo comenzaba a caer la lluvia. Las estrellas ahí eran más grandes, incluso el
cielo no era azul, era más bien lila, la luna estaba a unos metros alejada de
la tierra. Era tan corta la distancia entre el mundo y la luna que Saam lograba
ver cada cráter de esta. La ciudad
estaba calmada. Era como si estuviera totalmente vacía, como si solo Saam fuera
la única existente ahí, o como si todos se escondieran de algo, de algún modo
se sentía la soledad, pero Saam no temía ni un poco, ni siquiera estaba triste
al saberse sola, es más, se sentía muy tranquila y satisfecha.
Pero definitivamente ese no era el mundo que
ella conocía. Porque lo que ella conocía era paralelamente diferente a lo que
ahora se encontraba viendo. Porque ella sabía que el cielo era azul, que la
luna no podía estar tan cerca de la tierra y que la ciudad jamás se
tranquilizaría de tal manera que pudiera escuchar sus propios pensamientos. Dejó
al cielo en paz y sus ojos miraron hacia abajo. Hacia ella. ¿Qué pasaba? Se
sentía enorme, como si a cada segundo su cuerpo creciera y creciera como una
Alicia que acabara de beber cualquier poción en un País de las Maravillas.
-¿Qué es
esto, el fin del mundo?—preguntó retóricamente al aire.
Ya no llovía. Cerró los ojos intentando
recordar dónde había estado antes de aquella azotea desolada. Pero nada. Al
abrirlos de nuevo, se encontró en un bosque. Un bosque austero y seco. Parecía
como si el invierno hubiera arrasado con todo lo viviente entre aquella
naturaleza que, quizá, alguna vez fue verde.
De pronto, la desesperación al no conocer su
propio paradero, hizo que Saam echara a correr entre los troncos secos de
árboles muertos. Miró a su alrededor pero el camino no daba indicios del
comienzo de ninguna ciudad. El cielo lila comenzó a oscurecerse más, tornándose
morado, luego índigo. En ese cielo no había nubes, sólo grandes estrellas
brillantes, acompañadas por la enorme luna que había visto en la azotea. Saam se detuvo en medio de un claro a respirar. Ahora sí comenzó a temer. Temía que algo
desconocido saliera de entre la oscuridad de los troncos muertos.
-No eres
una niña, no eres una niña—repitió varias veces en voz queda para sí misma—No
temas. No eres una niña.
Quizá el decir eso la haría pensar que debía
enfrentar su miedo a lo desconocido, que debía crecer. Saam se sentó sobre el
suelo, sin importar que su ropa se ensuciara. Sus brazos desnudos, y con la
piel de gallina por el frío, abrazaron sus piernas y su cabeza se acomodó sobre
sus rodillas, esperando a que cualquier cosa sucediera.
-No sé qué es esto—dijo para nadie—Ni siquiera sé qué día es.
-No sé qué es esto—dijo para nadie—Ni siquiera sé qué día es.
Algo tocó su hombro, Saam sacó la cabeza de
sus rodillas y miró a su derecha. Pero no había nadie. Saam regresó su cabeza y
otra vez cerró los ojos. De nuevo sintió
que algo le tocaba el hombro. Ella abrió los ojos de verdad, dándose cuenta de
que no estaba ni en la azotea ni en el bosque austero. Se encontraba sentada en
el suelo de cemento de un pasillo de la escuela, recargada sobre la pared de un
salón.
-Feliz Cumpleaños—susurró alguien. Saam miró a su derecha, el mismo lado donde alguien le tocaba el hombro. Sus ojos castaños se encontraron con los de su amiga que le sonreía, sosteniendo una hoja de papel entre los dedos.
-Oh, gracias—fue lo único que respondió, tomando la hoja de papel—. ¿Qué es esto?
-Un regalo—dijo la otra—No tengo dinero así que te escribí un cuento. Es sobre un sueño.
-¿Donde corro entre árboles muertos?—preguntó Samantha burlándose el sueño que ella había tenido hace un momento.
-Sí—respondió su amiga.—¿Ahora eres tú quien tiene premoniciones?
-Feliz Cumpleaños—susurró alguien. Saam miró a su derecha, el mismo lado donde alguien le tocaba el hombro. Sus ojos castaños se encontraron con los de su amiga que le sonreía, sosteniendo una hoja de papel entre los dedos.
-Oh, gracias—fue lo único que respondió, tomando la hoja de papel—. ¿Qué es esto?
-Un regalo—dijo la otra—No tengo dinero así que te escribí un cuento. Es sobre un sueño.
-¿Donde corro entre árboles muertos?—preguntó Samantha burlándose el sueño que ella había tenido hace un momento.
-Sí—respondió su amiga.—¿Ahora eres tú quien tiene premoniciones?
Saam no supo qué responder. Todo eso había
sido tan extraño.
-No importa, feliz cumpleaños—reiteró Shame y le dio una de esas cosas que no acostumbraba a dar; un gran un fuerte abrazo.
-No importa, feliz cumpleaños—reiteró Shame y le dio una de esas cosas que no acostumbraba a dar; un gran un fuerte abrazo.
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