2 jul 2012

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Los sonidos de la noche me acompañan, no es un día especial, o quizá sí. Depende de cómo me sienta conmigo misma, siempre depende de ello.
 Las ojeras en el espejo del baño me revelan el mal estado al que he sentenciado a mi cuerpo las últimas semanas, pero las pesadillas no me dejan descansar, no es culpa mía, o quizá sí.
  Enjuago mi cara con agua fría del lavabo y vuelvo a mirarme al espejo, me veo mejor que hace unos segundos. La incertidumbre sobre lo que pasará mañana llena mi mente de pensamientos inútiles y complejos. No entiendo al mundo, me repito y  cierro los ojos.
 Ahí parada, inmóvil en medio del cuarto de baño me encuentro imaginando que no asesino a nadie, que el monstruo que crea mi mente es sólo imaginación acumulada. Que mi energía para luchar contra mí misma algún día regresará.

 Pero los días pasan y el café ya no me sabe bien, las sandalias no saben ser usadas por mis pies y estos se dedican a vagar por la casa descalzos.
 No importa que todo se desmorone, no importa ya que me haya convertido en algo que no era, no importa la pestilencia en el baúl de la racámara, ni la ropa sucia regada en el suelo desde la sala al cuarto de baño, tampoco importa que haya usado el arma, o que me sangre el labio, o que lleguen cartas de un extraño que quiso asesinarme. No importa nada. Tampoco importa si me duermo temprano o si lo que estoy diciendo es verdadero, no importa si esto es el recuerdo de un recuerdo.

 No importa que mis demonios me persigan cuando menos lo necesito, o que sus ojos me miren fijamente con desconcierto, o que sus amables labios hayan dejado de besarme para fruncirse duramente, no importa.

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