22 oct 2017

Punto Intermitente

Buscando documentos obsoletos en la memoria de mi celular
Me llegó otro tipo de memoria

Cuando abrí el folder de "Grabaciones de Voz"
Recordé que hace mucho había hecho una para mí 

Hace un año, cuando cuidaba a su perro, a Murphy, 

una cruza de labrador negro con terrier, de cuatro años 
grabé un mensaje para mí futura yo.

Estaba soleado el día, pero hacía viento frío 
Así son los primeros dias de primavera en Dallas.
No recuerdo bien qué llevaba puesto.
 Pero recuerdo traer sobre los hombros una chamarra negra muy mona que había conseguido en una tienda de segunda mano. 
Hasta el día de hoy la uso en días frescos. 

Recuerdo que esa vez fue diferente porque tenía ganas de quitarme los sentimientos que por meses me habían traído tanta tristeza y conflicto:
Estaba cansada de sentir por alguien y que nadie sintiera por mi

Entonces, durante la caminata rutinaria con Murphy, decidí quitar la música en el teléfono para volverlo mi grabadora.
El punto rojo en la pantalla prendiendo y apagando de manera intermitente, esperando mi valentía.

No recuerdo ninguna palabra exactamente. Pero recuerdo caminar a paso firme por la pista de correr solitaria donde a Murphy le gustaba ahuyentar palomas. 

El viento me quemaba los labios, y enfriaba las fibras de mi cabello suelto. 
Tenía mis lentes de sol sobre los ojos, porque aún así el sol me daba en la cara entera. Era una sensación compleja; frío y calor al mismo tiempo. Tan parecidos a veces que confundía donde sentía cuál. 

Recuerdo comenzar a hablar mientras los segundos corrían en la grabadora de voz. Al inicio recuerdo sentirme extraña hablándole a mi celular mientras caminaba sola con el perro. Temía que un transeúnte del vecindario me escuchara y pensara que estaba loca, yo sola hablándome a mi misma mientras sostenía el teléfono cerca de mi boca.

Después de aproximadamente siete minutos divagando en voz alta, recuerdo comenzar a llorar bajo las gafas.
Las sombras sobre mis ojos no dejarían a otros ver cuando se pusieran rojos. Pero sí se verían las lágrimas en mis mejillas.

Murphy no sabía nada. Sólo olía entre plantas y orinaba de vez en cuando. También me sentí rara al imaginar qué pensaría él de mi si supiera que estaba llorando a su dueño. "Amiga, date cuenta" me diría, acomodándose para defecar, para luego enterrar su regalo con las patas traseras. 

O quizá diría, "No te merece. Fuiste tu quien me enseñó a sentarme con disciplina durante meses. Él a veces lo olvida. Claramente tú eres su mejor partido. Olvidalo." 

Ó en el peor de los casos me hubiese señalado, "No le convienes. Él tiene su vida hecha y a veces tú olvidas traer tu propia comida al trabajo. Eres tonta al aferrarte." Y me vería con sus ojos color miel con cierta antipatía, caminando enfrente de mí, jalando la correa, y echando la cara hacia atrás para poder dirigirme esa mirada tan seria que siempre tenía. 

Pero Murphy al ser cachorro, nada más se enfocaba en lamerme la mano sólo después de acariciarlo. Además, era obvio que nos quería a los dos de maneras distintas. Quizá su observación sería más objetiva si hubiese podido preguntarle. También cabía la posibilidad de que le valiera madre por igual.

Lo que también recuerdo es sentirme en paz después de haber hecho la grabación. Era como si me hubiese quitado un velo gris de los ojos y ahora pudiera verlo todo más claro. Era momento de dejar de perseguir el amor de alguien que necesitaba amarse a sí mismo primero... o que necesitaba amar a alguien más que no fuera yo. 

Era momento de tragarme toda esa energía y dejar de dársela a él, y eventualmente con mucho cariño dedicármela a mí. Era momento de dejar de olvidar ponerme chapstick durante días ventosos, y recordar lavarme diario la cara para evitar el acné. Era momento de dejar de escribirle odas a quien nunca las iba a leer y de escribir mis propias canciones otra vez.
Ese era el mensaje principal de mi grabación de veintitantos minutos en mi celular. 

Después de ese día olvidé la grabación. La situación entre el dueño de Murphy y yo se había terminado. Poco a poco había aprendido a no ilusionarme más. Meses después llegó el momento de despedirme de ambos, del dueño y de Murphy y recordar que el humano me veía como una colega, una ayudante que le ayudaría a catapultar su carrera... o su fuerza espiritual. 
Y olvidé la grabación por completo. 
 Era ya julio. Un dia muy caluroso de tantos. Asi es el verano en Dallas, húmedo y caliente.

 Estaba sentada sobre una silla en un parque, viendo a Sofía empujarse sola en los columpios. Esa niña me daba mucha alegría. Decía que yo  era su hermana mayor y me abrazaba cuando menos me lo esperaba. Bailaba canciones de TaylorSwift sobre mi cama en días tristes. Y me invitaba a ayudarle a cocinar pizzas en el horno de su mamá. Todo un paquetito lleno de amor.

 Al igual que hoy, ese día busqué cualquier cosa entre los folders de mi celular y la encontré. La grabación. 

 Sólo logré escuchar diez segundos de ella. No pude continuar. El dolor en mi voz, como un fantasma del pasado, fría y vacía, me hizo detenerme. Sin pensarlo dos veces la borré. 

 Me sentí liberada. Era para mí una señal de que mi propia sanación del corazón estaba cicatrizando. 

 Hoy el recordar aquella grabación, los pocos segundos con mi voz semi-aguda pidiéndome perdón, me entristece un poco. 
 Pensar en todo lo que hice por alguien que no lo vería como amor romántico, sino como un trabajo, o como un cariño fraternal, me había arrebatado noches de buen sueño y días de buenos recuerdos.
 Pero tampoco le culpo. Lo que él estaba viviendo también lo cegaba al mismo tiempo.

 Tampoco lo lamento y no me arrepiento, porque ahora sé que soy capaz de darlo todo. Y también sé que soy capaz de salirme de un círculo vicioso envenenado. 
 
 Ahora sé que no es justo para mí alma dedicarle mi vida a solamente una persona, especialmente si esa persona no soy sólo yo.

Y a pesar de que quizá nunca sabré con certeza pura lo que me dije a mi misma en esa tarde de frío  y calor, hoy sé que el mensaje se quedó conmigo, en algún espacio en el desván de mi memoria y que lo seguiré al pie de la letra.

16 ago 2017

Vómito Emocional

Me gustas un chingo.

UN CHINGO.

Y me odio por eso
porque pensé que ya no me gustabas
porque me puse a actuar como si
todas las cosas que alguna vez soñé
sobre un "tú y yo" ya no iban a existir nunca-
como si algún día yo pudiese dejar de soñar así

Me gustas un chingo.
Me gustas tanto que
ya sé dónde vamos a vivir

Me gustas tanto que
ya sé cuántos perritos vamos a adoptar
y a qué temperatura vamos a dejar la casa
cuando salgamos a comprar la comida
ya sé qué tipo de trabajo vas a tener
y la rutina diaria que nos pondremos juntos

Me gustas tanto que
yo sé que para cuando terminemos juntos
ya habremos explorado nuestra
propia existencia astral
tú habrás salido con tantas otras
y yo habré tenido el corazón un poco roto
por tantos otros.

Yo sé que entonces nos volveremos a buscar,
después de luchar nuestras propias batallas solos.
Entonces nos encontraremos
y nos sanameros el uno al otro.

Me gustas tanto que
ya sé cuántas noches me quedaré despierta viendote dormir
ya terminé de contar las lagartijas que vamos a hacer
cuando terminemos nuestras rutinas de ejercicio
ya sé cuántas millas vas a correr más que yo
y sé cuántos shorts vas a tener que lavar a la semana
y que un día voy a tener que regalarte tenis
porque nunca te los compras
ya sé cuántas veces te voy a regañar
por ejercitarte descalzo.

Me gustas tanto que
ya recuerdo las noches en las que me quedaré despierta
intentando secarte los ojos
ya hasta recuerdo los días en los que te acompañaré
a ver al terapeuta,
a ir a la farmacia por el clonazepam,
a ir por el perro al veterinario porque está enferemo
a saludar a tu mamá porque te extraña.

Ya hasta imagino la media sonrisa que me vas a dar
cada vez que se te haya pasado la tristeza.

Que ya hasta imagino cómo se van a sentir tus manos
entre las mías mientras me pides perdón por haberte
ido tanto tiempo entre la oscuridad.

Ya hasta sé lo que te voy a decir para que sepas
que no es culpa tuya
y que seguiré ahí, caminando junto a tí
entre la más densa noche... entre el más gris día,
entre la niebla más húmeda,
ahí estaré y te apretaré la mano fuerte
para que recuerdes mi presencia
y volveré a sostener con delicadeza cada lágrima
y volveré a cargar tus piedras cuando se sientan como el mundo entero
lo haré las veces que sean necesarias para que recuerdes
que no hay por qué pases un momento tan horrible en soledad.

Me gustas tanto que
ya sé que el lugar en que vivamos
tendrá un balcón
donde
de vez en cuando tendrás que sentarte y ver sólo la inmensidad de la ciudad
y me dirás que amás escucharme hablar español
y me prometerás que un día vas a saberte todas las palabras existentes en el diccionario.
También sé qué libros vamos a tener en nuestro librero
y sé cuántos discos vas a guardar,
entre ellos un mixtape con canciones de Usher.
Porque tu Usher es mi My Chemical Romance.

Pienso todo esto mientras despierto de un sueño que tuve
en el que tú me tomabas los hombros con tus manos
y respirabas en mi cuello
y me susurrabas que eras feliz conmigo.
Un sueño que ya se me está olvidando porque así es mi cerebro
y por eso quise escribirlo

Y entonces pienso en cuántos años he tenido que esperarte
y no sé si tu también me estás esperando
o si sólo es algo que me gustaría que estuviera pasando...






9 jun 2017

Sobre Autoría Autónoma

Siempre me consideré una buena escritora.

Digo, no soy la mejor, y quizá nunca resalte de entre la horda de escritores jóvenes en todo el mundo. Ni siquiera sé si resalto entre los escritores que conozco.

Pero siempre pensé ser lo suficientemente buena para mantener seis lectores conmigo por siempre. Esto último es algo que logré, pero sólo duró un par de años. Quiero decir, no es malo, pero como dije, es un récord personal que no resalta en el mundo. Y, pues, jamás me dolió en lo más mínimo. Al menos antes no se sentía tan mal. Pero últimamente no he podido terminar de escribir nada.

Me he enfocado mucho en encontrar cierta autenticidad en mi forma de narrar y en el tipo de historias que cuento. Y a pesar de que, hasta ahorita, no he encontrado a nadie que escriba como yo, aun así me siento como la persona menos original de todas.

Aunado a esto, viene la responsabilidad que ha crecido como fungos en mi cabeza. La última vez que comencé y terminé toda una historia ficticia tenía 16 años. En ese entonces escribía por escribir. SI iba en metro a la escuela y escuchaba cierta parte de una conversación ajena, agarraba inspiración del diálogo y le seguía. Sólo era un pasatiempo que me ayudaba a sentir que tenía control sobre algo.

Hoy tengo 21, y siento una gran responsabilidad con cualquier persona que se atreva a leer mis escritos. Siento que si voy a escribir algo, ahora tengo que asegurarme que sea—además de auténtico— organizado, respetuoso, que represente bien a la gente, que no idealice tanto ciertos comportamientos, que tenga suficientes palabras para explicarme sin también tener que recurrir a usar más de tres oraciones para terminar una idea. La gramática y la ortografía las tengo bien acopladas en mí, pero, Dios, es tan difícil encontrar algo sobre qué escribir, sobre qué plantar la fundación de una historia ficticia hoy en día, hoy en mi vida, que me he bloqueado por años. Se me ha ido la inspiración tanto, que he recurrido a escribir un blog muy personal que hoy me da vergüenza siquiera mencionarlo.

Lo acepto, he cambiado muchísimo desde la última vez que escribí una historia “propia” y digna de leerse. Así que entiendo que obviamente los temas que a veces quiero tocar al inicio de mi proceso de escritura van a ser muy diferentes a los temas de los que solía querer escribir en mi temprana adolescencia. Mi florecimiento como escritora amateur. Pero a decir verdad me gustaría mucho regresar a ese estado mental en el que sólo pensaba en entregarles a lectores anónimos algo que leer, algo con lo que pasar el rato, sin sentirme culpable si mi trabajo sería escrudiñado con malicia.

Ahora, no recuerdo por qué comencé a escribir esto, así que sólo seguiré moviendo mis dedos en las teclas de esta laptop que me ha acompañado ya por un año.

Este incidente también sucede mucho cuando comienzo una historia. Siempre encuentro una buena oración con la qué empezar y luego todo se desborona. El inicio suena bien, el nudo es interesante, pero luego olvido si quería que la historia fuera de tres capítulos, o sólo de uno, o sólo un párrafo. Entonces la estructura de toda la historia se desvanece y no sé qué hacer con tantas letras. También olvido el propósito de la historia.

Llegué alguna vez a querer analizar esto, y creo que llegué a la conclusión de que me han dejado de gustar los finales, sean éstos felices o no. Creo que, dadas las circunstancias y las cosas que he experimentado durante los últimos cinco años, he aprendido de alguna manera a sólo avanzar en cualquier dirección sin siquiera trazar un camino hipotético. Y lo mismo pasa con mis historias. Comienzo con el inicio, y brinco a la mitad, donde la tensión se vuelve exquisita y atrapante, y regreso al inicio para arreglar y atar cabos sueltos, pero jamás logro darle cierto cierre.

Tal vez sólo tengo miedo de dejar ir personajes. Aunque nunca ha pasado de manera intensa, creo que temo encariñarme con mis personajes y entonces dejo la historia inconclusa, así siempre tendré maneras de darle diferente duración—a veces corta, a veces muy larga, dependiendo de cuánto me haya gustado el desarrollo de la narrativa, dependiendo de cuánto me haya gustado el o la protagonista.

Sin llegar a lo personal, de verdad necesito encontrar una manera de poder fluir como lo hacía antes. Tal vez deba dejar de preocuparme por lo que cualquier persona sin escrúpulos pudiese llegar a decir de mi ficción, porque al final de cuentas eso es lo que es, mí ficción. 

2 abr 2017

Mamá

Esta no es una carta necesariamente.
Solo me he puesto a pensar mucho sobre un tema en especial durante cuatro largos años.
A veces el tema se va de mi cabeza por un tiempo y otras veces regresa con cierta intensidad.

El año en que Ernesto dejó de existir, el hermano de Amanda Palmer también dejó de existir, y se me hizo una clase de conexión cósmica.

Desde entonces me pregunto como estás...

Qué se siente querer marcarle a tu hermano y saber que no va a contestar. Qué se siente haberlo visto irse. Qué se siente tener que ser el pilar que sostiene la tristeza de toda tu familia; la de tus papás, la de tus hermanos, tus sobrinos, tus hijas, tu esposo... y la tuya. Qué se siente llorar por un mes completo. Qué se siente querer encontrar respuestas satisfacorias pero que nadie ni nada te las de. Qué se siente perder a tu mejor amigo. Qué se siente verte en el espejo y verlo a él. Qué se siente tener el mismo rostro. Qué se siente que te esté preguntando tantas cosas que te entristecen.

Mamá, quiero pedirte disculpas en nombre del universo, porque tu mejor amigo de la vida ha dejado de existir. Quiero pedirte disculpas en nombre de mi arrogancia porque un día decidí no hablarle por telefono, pensando que podría tener una segunda oportunidad de hacerlo; quizá otro día, quizá en otro momento, quizá cuando no me sintera tan cansada después de regresar de la escuela. Más bien, quiero pedirle disculpas a él. Más bien, quiero pedirme disculpas a mi.

Mamá, quiero pedirte que empieces a llorar de vez en cuando. Quiero que dejes de cargar a toda tu familia. Quiero pedirte que le dejes ese trabajo a los otros hermanos que jamás se ocuparon de ti. Quiero que empieces a dejarlas caer por tu mejilla.

 Quiero pedirte perdón una segunda vez por no haber ido contigo. Por no haber abandonado el sueño Americano por unas semanas para regresar a México y ser tu sub-pilar mientras sostenías las caídas fuerzas de la familia Carbajal-Landverde.

Mamá, quiero que vuelvas a dormir temprano. Quiero que te quites las sombras de las muertes de tu hermano y de tu hijo por un momento y me las dejes a mí. Quiero que me cubras con ellas. Quiero sentir tu tristeza un poquito para que tu no la sientas. Para que la máquina de tu corazón rota tome un descanso, como un muslo adolorido de una pierna que ha corrido por cuatro largos años sin dirección. Un muslo ejercitado necesita por lo menos doce horas de reposo. Tu músculo sangrante necesita reposar.

 Mamá, quiero que te cuides, porque temo que un día quiera llamarte por teléfono en vano. Me imagino a los 22 marcando, esperando escuchar tu voz, a todos lados pero jamás encontrándote. Mamá, tengo miedo de un día verme al espejo y verte en mí, pero sin de verdad tenerte aquí. Tengo miedo de perderte como lo perdiste. Tengo miedo de perder a mi propia hermana. Tengo miedo de perder gente.

No sé cómo terminar este escrito. Siento que si sigo, voy a hacerte llorar más y eso es justamente lo que intento evitar. 

 Escribo esto en una cafetria en un día nublado y muy lluvioso antes de ir a trabajar a las 2 de la tarde, reteniendo las lágrimas en mis ojos, porque a pesar de que mis días y los tuyos han mejorado desde ese verano de 2013 en el que lo viste partir, hoy el tema me volvió a la mente con cierta intensidad y simplemente tuve que escribirte.


1 mar 2017

If you're going, take the train so I can hear it rumble...



Te dejo ir.
Así, sin más. Te dejo ir de la parte que te quería más allá de lo que digo que te quiero. Te deja ir la parte de mí que deseaba tenerte conmigo de otra manera.

 Pero no te dejo ir de manera completa. Solo dejo ir esos universos alternos donde te imagino besando mis manos mientras estamos recostados viendo Sherlock en un sillón de un apartamento que, según yo, algún día pudimos haber comprado juntos. Dejo ir esas imágenes que no pertenecen a esta realidad y que jamás pertenecerán porque funcionamos de manera diferente.

Te dejo ir así, pero no me duele. Es extraña la dinámica entre los dos. Es extraño como yo intento que se logre algo más, pero las circunstancias nos empujan a ser algo menos. Es más extraño como hoy, en este momento en el que decido dejar ir los pensamientos románticos sobre ti, en vez de sentirme triste --como cualquier otra persona se sentiría--me pongo más feliz, estoy más tranquila. Como si una tercera parte de mi hubiese sabido durante todo este tiempo que esto era lo correcto y se regocijara de placer al ver que yo, toda entera, te dejo ir.


 Te dejo ir, amante imaginario, platónico compañero de vida, de una vida alterna que jamás se hará realidad. Te dejo tomar el tren de la ciudad de mi corazón y te dejo recorrer otros mundos alternos donde amas y besas las manos de otras en un sillón que pudiste haber comprado con ellas. Escucho el tren que arranca y te veo por una ventana casi lejana tomar asiento en el tren que partirá desde adentro de mí y se ira al universo y te llevara a otros, donde puedas servir de sueño para aquellas que cuando te conocen te imaginen como yo te imagine. Te dejo ir sin más y mi yo alterna, la que quiere ser más adulta, más madura para ti, se despide y llora un poco, pero luego recuerda la paz que siente y se calma.