Te dejo ir.
Así, sin más.
Te dejo ir de la parte que te quería más allá de lo que digo que te quiero. Te
deja ir la parte de mí que deseaba tenerte conmigo de otra manera.
Pero no te dejo ir de manera completa. Solo
dejo ir esos universos alternos donde te imagino besando mis manos mientras
estamos recostados viendo Sherlock en un sillón de un apartamento que, según
yo, algún día pudimos haber comprado juntos. Dejo ir esas imágenes que no pertenecen
a esta realidad y que jamás pertenecerán porque funcionamos de manera diferente.
Te dejo ir así,
pero no me duele. Es extraña la dinámica entre los dos. Es extraño como yo
intento que se logre algo más, pero las circunstancias nos empujan a ser algo
menos. Es más extraño como hoy, en este momento en el que decido dejar ir los
pensamientos románticos sobre ti, en vez de sentirme triste --como cualquier
otra persona se sentiría--me pongo más feliz, estoy más tranquila. Como si una
tercera parte de mi hubiese sabido durante todo este tiempo que esto era lo
correcto y se regocijara de placer al ver que yo, toda entera, te dejo ir.
Te dejo ir, amante imaginario, platónico compañero
de vida, de una vida alterna que jamás se hará realidad. Te dejo tomar el tren
de la ciudad de mi corazón y te dejo recorrer otros mundos alternos donde amas
y besas las manos de otras en un sillón que pudiste haber comprado con ellas.
Escucho el tren que arranca y te veo por una ventana casi lejana tomar asiento
en el tren que partirá desde adentro de mí y se ira al universo y te llevara a
otros, donde puedas servir de sueño para aquellas que cuando te conocen te
imaginen como yo te imagine. Te dejo ir sin más y mi yo alterna, la que quiere
ser más adulta, más madura para ti, se despide y llora un poco, pero luego
recuerda la paz que siente y se calma.
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