9 jun 2017

Sobre Autoría Autónoma

Siempre me consideré una buena escritora.

Digo, no soy la mejor, y quizá nunca resalte de entre la horda de escritores jóvenes en todo el mundo. Ni siquiera sé si resalto entre los escritores que conozco.

Pero siempre pensé ser lo suficientemente buena para mantener seis lectores conmigo por siempre. Esto último es algo que logré, pero sólo duró un par de años. Quiero decir, no es malo, pero como dije, es un récord personal que no resalta en el mundo. Y, pues, jamás me dolió en lo más mínimo. Al menos antes no se sentía tan mal. Pero últimamente no he podido terminar de escribir nada.

Me he enfocado mucho en encontrar cierta autenticidad en mi forma de narrar y en el tipo de historias que cuento. Y a pesar de que, hasta ahorita, no he encontrado a nadie que escriba como yo, aun así me siento como la persona menos original de todas.

Aunado a esto, viene la responsabilidad que ha crecido como fungos en mi cabeza. La última vez que comencé y terminé toda una historia ficticia tenía 16 años. En ese entonces escribía por escribir. SI iba en metro a la escuela y escuchaba cierta parte de una conversación ajena, agarraba inspiración del diálogo y le seguía. Sólo era un pasatiempo que me ayudaba a sentir que tenía control sobre algo.

Hoy tengo 21, y siento una gran responsabilidad con cualquier persona que se atreva a leer mis escritos. Siento que si voy a escribir algo, ahora tengo que asegurarme que sea—además de auténtico— organizado, respetuoso, que represente bien a la gente, que no idealice tanto ciertos comportamientos, que tenga suficientes palabras para explicarme sin también tener que recurrir a usar más de tres oraciones para terminar una idea. La gramática y la ortografía las tengo bien acopladas en mí, pero, Dios, es tan difícil encontrar algo sobre qué escribir, sobre qué plantar la fundación de una historia ficticia hoy en día, hoy en mi vida, que me he bloqueado por años. Se me ha ido la inspiración tanto, que he recurrido a escribir un blog muy personal que hoy me da vergüenza siquiera mencionarlo.

Lo acepto, he cambiado muchísimo desde la última vez que escribí una historia “propia” y digna de leerse. Así que entiendo que obviamente los temas que a veces quiero tocar al inicio de mi proceso de escritura van a ser muy diferentes a los temas de los que solía querer escribir en mi temprana adolescencia. Mi florecimiento como escritora amateur. Pero a decir verdad me gustaría mucho regresar a ese estado mental en el que sólo pensaba en entregarles a lectores anónimos algo que leer, algo con lo que pasar el rato, sin sentirme culpable si mi trabajo sería escrudiñado con malicia.

Ahora, no recuerdo por qué comencé a escribir esto, así que sólo seguiré moviendo mis dedos en las teclas de esta laptop que me ha acompañado ya por un año.

Este incidente también sucede mucho cuando comienzo una historia. Siempre encuentro una buena oración con la qué empezar y luego todo se desborona. El inicio suena bien, el nudo es interesante, pero luego olvido si quería que la historia fuera de tres capítulos, o sólo de uno, o sólo un párrafo. Entonces la estructura de toda la historia se desvanece y no sé qué hacer con tantas letras. También olvido el propósito de la historia.

Llegué alguna vez a querer analizar esto, y creo que llegué a la conclusión de que me han dejado de gustar los finales, sean éstos felices o no. Creo que, dadas las circunstancias y las cosas que he experimentado durante los últimos cinco años, he aprendido de alguna manera a sólo avanzar en cualquier dirección sin siquiera trazar un camino hipotético. Y lo mismo pasa con mis historias. Comienzo con el inicio, y brinco a la mitad, donde la tensión se vuelve exquisita y atrapante, y regreso al inicio para arreglar y atar cabos sueltos, pero jamás logro darle cierto cierre.

Tal vez sólo tengo miedo de dejar ir personajes. Aunque nunca ha pasado de manera intensa, creo que temo encariñarme con mis personajes y entonces dejo la historia inconclusa, así siempre tendré maneras de darle diferente duración—a veces corta, a veces muy larga, dependiendo de cuánto me haya gustado el desarrollo de la narrativa, dependiendo de cuánto me haya gustado el o la protagonista.

Sin llegar a lo personal, de verdad necesito encontrar una manera de poder fluir como lo hacía antes. Tal vez deba dejar de preocuparme por lo que cualquier persona sin escrúpulos pudiese llegar a decir de mi ficción, porque al final de cuentas eso es lo que es, ficción. 

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