“Feliz
Cumpleaños Saam”
Miró al cielo. ¿Qué era todo eso que se
escurría entre las nubes? El universo caía encima de ella y nadie se daba
cuenta. Arriba, en la azotea de un edificio cualquiera, estaba Samantha mirando
cómo comenzaba a caer la lluvia. Las estrellas ahí eran más grandes, incluso el
cielo no era azul, era más bien lila, la luna estaba a unos metros alejada de
la tierra. Era tan corta la distancia entre el mundo y la luna que Saam lograba
ver cada cráter de esta. La ciudad
estaba calmada. Era como si estuviera totalmente vacía, como si solo Saam fuera
la única existente ahí, o como si todos se escondieran de algo, de algún modo
se sentía la soledad, pero Saam no temía ni un poco, ni siquiera estaba triste
al saberse sola, es más, se sentía muy tranquila y satisfecha.
Pero definitivamente ese no era el mundo que
ella conocía. Porque lo que ella conocía era paralelamente diferente a lo que
ahora se encontraba viendo. Porque ella sabía que el cielo era azul, que la
luna no podía estar tan cerca de la tierra y que la ciudad jamás se
tranquilizaría de tal manera que pudiera escuchar sus propios pensamientos. Dejó
al cielo en paz y sus ojos miraron hacia abajo. Hacia ella. ¿Qué pasaba? Se
sentía enorme, como si a cada segundo su cuerpo creciera y creciera como una
Alicia que acabara de beber cualquier poción en un País de las Maravillas.
-¿Qué es
esto, el fin del mundo?—preguntó retóricamente al aire.
Ya no llovía. Cerró los ojos intentando
recordar dónde había estado antes de aquella azotea desolada. Pero nada. Al
abrirlos de nuevo, se encontró en un bosque. Un bosque austero y seco. Parecía
como si el invierno hubiera arrasado con todo lo viviente entre aquella
naturaleza que, quizá, alguna vez fue verde.
De pronto, la desesperación al no conocer su
propio paradero, hizo que Saam echara a correr entre los troncos secos de
árboles muertos. Miró a su alrededor pero el camino no daba indicios del
comienzo de ninguna ciudad. El cielo lila comenzó a oscurecerse más, tornándose
morado, luego índigo. En ese cielo no había nubes, sólo grandes estrellas
brillantes, acompañadas por la enorme luna que había visto en la azotea. Saam se detuvo en medio de un claro a respirar. Ahora sí comenzó a temer. Temía que algo
desconocido saliera de entre la oscuridad de los troncos muertos.
-No eres
una niña, no eres una niña—repitió varias veces en voz queda para sí misma—No
temas. No eres una niña.
Quizá el decir eso la haría pensar que debía
enfrentar su miedo a lo desconocido, que debía crecer. Saam se sentó sobre el
suelo, sin importar que su ropa se ensuciara. Sus brazos desnudos, y con la
piel de gallina por el frío, abrazaron sus piernas y su cabeza se acomodó sobre
sus rodillas, esperando a que cualquier cosa sucediera.
-No sé qué es esto—dijo para nadie—Ni siquiera sé qué día es.
-No sé qué es esto—dijo para nadie—Ni siquiera sé qué día es.
Algo tocó su hombro, Saam sacó la cabeza de
sus rodillas y miró a su derecha. Pero no había nadie. Saam regresó su cabeza y
otra vez cerró los ojos. De nuevo sintió
que algo le tocaba el hombro. Ella abrió los ojos de verdad, dándose cuenta de
que no estaba ni en la azotea ni en el bosque austero. Se encontraba sentada en
el suelo de cemento de un pasillo de la escuela, recargada sobre la pared de un
salón.
-Feliz Cumpleaños—susurró alguien. Saam miró a su derecha, el mismo lado donde alguien le tocaba el hombro. Sus ojos castaños se encontraron con los de su amiga que le sonreía, sosteniendo una hoja de papel entre los dedos.
-Oh, gracias—fue lo único que respondió, tomando la hoja de papel—. ¿Qué es esto?
-Un regalo—dijo la otra—No tengo dinero así que te escribí un cuento. Es sobre un sueño.
-¿Donde corro entre árboles muertos?—preguntó Samantha burlándose el sueño que ella había tenido hace un momento.
-Sí—respondió su amiga.—¿Ahora eres tú quien tiene premoniciones?
-Feliz Cumpleaños—susurró alguien. Saam miró a su derecha, el mismo lado donde alguien le tocaba el hombro. Sus ojos castaños se encontraron con los de su amiga que le sonreía, sosteniendo una hoja de papel entre los dedos.
-Oh, gracias—fue lo único que respondió, tomando la hoja de papel—. ¿Qué es esto?
-Un regalo—dijo la otra—No tengo dinero así que te escribí un cuento. Es sobre un sueño.
-¿Donde corro entre árboles muertos?—preguntó Samantha burlándose el sueño que ella había tenido hace un momento.
-Sí—respondió su amiga.—¿Ahora eres tú quien tiene premoniciones?
Saam no supo qué responder. Todo eso había
sido tan extraño.
-No importa, feliz cumpleaños—reiteró Shame y le dio una de esas cosas que no acostumbraba a dar; un gran un fuerte abrazo.
-No importa, feliz cumpleaños—reiteró Shame y le dio una de esas cosas que no acostumbraba a dar; un gran un fuerte abrazo.
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