27 mar 2012

Saam


“Feliz Cumpleaños Saam”



 Miró al cielo. ¿Qué era todo eso que se escurría entre las nubes? El universo caía encima de ella y nadie se daba cuenta. Arriba, en la azotea de un edificio cualquiera, estaba Samantha mirando cómo comenzaba a caer la lluvia. Las estrellas ahí eran más grandes, incluso el cielo no era azul, era más bien lila, la luna estaba a unos metros alejada de la tierra. Era tan corta la distancia entre el mundo y la luna que Saam lograba ver cada cráter de esta.  La ciudad estaba calmada. Era como si estuviera totalmente vacía, como si solo Saam fuera la única existente ahí, o como si todos se escondieran de algo, de algún modo se sentía la soledad, pero Saam no temía ni un poco, ni siquiera estaba triste al saberse sola, es más, se sentía muy tranquila y satisfecha. 

 Pero definitivamente ese no era el mundo que ella conocía. Porque lo que ella conocía era paralelamente diferente a lo que ahora se encontraba viendo. Porque ella sabía que el cielo era azul, que la luna no podía estar tan cerca de la tierra y que la ciudad jamás se tranquilizaría de tal manera que pudiera escuchar sus propios pensamientos. Dejó al cielo en paz y sus ojos miraron hacia abajo. Hacia ella. ¿Qué pasaba? Se sentía enorme, como si a cada segundo su cuerpo creciera y creciera como una Alicia que acabara de beber cualquier poción en un País de las Maravillas.

-¿Qué es esto, el fin del mundo?—preguntó retóricamente al aire. 

 Ya no llovía. Cerró los ojos intentando recordar dónde había estado antes de aquella azotea desolada. Pero nada. Al abrirlos de nuevo, se encontró en un bosque. Un bosque austero y seco. Parecía como si el invierno hubiera arrasado con todo lo viviente entre aquella naturaleza que, quizá, alguna vez fue verde.

 De pronto, la desesperación al no conocer su propio paradero, hizo que Saam echara a correr entre los troncos secos de árboles muertos. Miró a su alrededor pero el camino no daba indicios del comienzo de ninguna ciudad. El cielo lila comenzó a oscurecerse más, tornándose morado, luego índigo. En ese cielo no había nubes, sólo grandes estrellas brillantes, acompañadas por la enorme luna que había visto en la azotea.  Saam se detuvo en medio de un claro a respirar.  Ahora sí comenzó a temer. Temía que algo desconocido saliera de entre la oscuridad de los troncos muertos.

-No eres una niña, no eres una niña—repitió varias veces en voz queda para sí misma—No temas. No eres una niña.

 Quizá el decir eso la haría pensar que debía enfrentar su miedo a lo desconocido, que debía crecer. Saam se sentó sobre el suelo, sin importar que su ropa se ensuciara. Sus brazos desnudos, y con la piel de gallina por el frío, abrazaron sus piernas y su cabeza se acomodó sobre sus rodillas, esperando a que cualquier cosa sucediera.
-No sé qué es esto—dijo para nadie—Ni siquiera sé qué día es.

   Algo tocó su hombro, Saam sacó la cabeza de sus rodillas y miró a su derecha. Pero no había nadie. Saam regresó su cabeza y otra vez cerró los ojos.  De nuevo sintió que algo le tocaba el hombro. Ella abrió los ojos de verdad, dándose cuenta de que no estaba ni en la azotea ni en el bosque austero. Se encontraba sentada en el suelo de cemento de un pasillo de la escuela, recargada sobre la pared de un salón.
-Feliz Cumpleaños—susurró alguien. Saam miró a su derecha, el mismo lado donde alguien le tocaba el hombro. Sus ojos castaños se encontraron con los de su amiga que le sonreía, sosteniendo una hoja de papel entre los dedos.
-Oh, gracias—fue lo único que respondió, tomando la hoja de papel—. ¿Qué es esto?
-Un regalo—dijo la otra—No tengo dinero así que te escribí un cuento. Es sobre un sueño.
-¿Donde corro entre árboles muertos?—preguntó Samantha burlándose el sueño que ella había tenido hace un momento.
-Sí—respondió su amiga.—¿Ahora eres tú quien tiene premoniciones?

 Saam no supo qué responder. Todo eso había sido tan extraño.
-No importa, feliz cumpleaños—reiteró Shame y le dio una de esas cosas que no acostumbraba a dar; un gran un fuerte abrazo.

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