¿Qué pasa cuando la vela ya se ha calcinado completamente? Cuando el violinista termina la sonata completa, cuando el cazador ya encontró al asesino, cuando éste ya logró asesinar a centnenares de personas, cuando todo logró su cometido.
Cuando terminaste el examen antes de que dieran las doce, cuando Cenicienta logró casarse con el príncipe... Cuando te das cuenta que el matrimonio no siempre es un final feliz. Cuando termina la pelea en el divorcio y los bienes compartidos logran ser bien repartidos.
¿Qué pasa después? Después. Cuando terminas de leer la novela completa, cuando el detective encontró el acertijo, cuando el policía mal pagado asesinó al ladrón. Cuando ella encontró el vestido favorito, cuando él encontró a la víctima perfecta para sus colmillos, cuando el ángel decide ya no perseguir a su amor prohibido; una humana, cuando dicha humana decide suicidarse.
¿Qué haces después de la aventura? Cuando llega el final. El final de esa aventura. La aventura emocionante, la aventura que inició como algo imposible, que después se tornó solo difícil, que siguió con sentimientos encontrados y que incluso te ayudó a ser un mejor humano. ¿Qué pasa después del final de la aventura de tu vida o la aventura de la vida de alguien más? Con los acontecimientos inexplicables pero añorables, los sucesos por los que jamás imaginaste que pasarías.
Cuando la última página del libro termina con una frase que esperabas leer desde el principio pero por la que tuviste que esperar quizá días, o semanas, o simples horas.
¿Qué haces después? Después de que termina todo eso tan excitante y te das cuenta que sientes que ya no hay razón por la cual vivir, o creer en hadas o en detectives londinenses.
¿Qué?
27 may 2012
21 may 2012
Salvación divina
Rézale a Dios, me dijo la nana juntando sus manitas cansadas y sus ojos preocupados. Sólo asentí con la cabeza intentando entender aquellas palabras. "Rézale a Dios" ¿Qué clase de petición era esa? ¿De qué me servía rezar si todavía no era domingo?
Realmente no comprendí, así que me limité a juntar mis manos igual que ella y miré al techo, imitándola.
Mi habitación tenía las luces apagadas, incluso la cortina estaba cerrada para que no entraran los brillos de la luna y las estrellas. Estábamos entre penumbras, menos mal que yo ya era una niña grande y podría cuidar a la nana de cualquier cosa que saliera de las sombras.
Voces lejanas se escuchaban a través de la puerta de mi habitación, donde aún yo seguía pretendiendo que"rezaba". La nana cerró sus ojos y empezó a mover los labios sin emitir sonido. Su respiración se aceleró y luego volvió a la vida real. Abrió sus párpados y me abrazó muy fuerte, como si se estuviera despidiendo.
-¿Qué pasa, mamá?-le pregunté. "Mamá" era un título que yo había adoptado para ella, ya que se portaba conmigo como tal... desde que llegó.
-Nada, corazón-contestó ella viéndome detenidamente, como si quisiera recordar cada parte de mi rostro. Sí, se estaba despidiendo. Pero yo no lograba entender por qué.
-Sí pasa algo,-insistí- y quiero saberlo, quiero que me lo digas, mamá.
-Tendremos que separarnos-suspiró. Esperó eternos segundos y tomó aire de nuevo. Sus ojos viejos se apagaron de repente, y los pocos vellos que poseía como cejas se volvieron dos líneas diagonales sobre cada ojo, mostrando tristeza y desespero. Con sus rígidas y rasposas manos (por el trabajo) tomó las mías, las pequeñas, ella temblaba. ¿De qué, era miedo acaso, o era el frío de la casa?
Las voces de afuera se volvieron más fuertes, alguien sollozaba. ¿Mi verdadera madre lloraba? ¿Por qué?
-Nana... -suspiré-¿Qué le pasa a mamá Julieta?
-No sé, hija.-su voz... Comenzaba a preocuparse de verdad.
-¿Qué pasa? ¿Los piratas se dieron cuenta que he encontrado su mapa del tesoro y vienen por él?
Mamá se calmó y me sonrió.
-No creo que ellos sepan eso aún. Tu eres muy inteligente y ellos muy tontos. No saben buscar cosas y encontrarlas como tú-la nana me cargó en sus brazos. Me recargué sobre su pecho y noté que su corazón seguía acelerado, corría como los caballos de Napoleón. Me sorprendí que no se le saliera de las costillas. De todos modos, nadie más que yo lo hubiera notado, alguien ahí afuera está haciendo aspavientos y nosotras jugamos a escondernos.
Comenzó a arrullarme y tarareó una de tantas canciones de cuna que aprendimos con las sirvientas africanas. Se movía con el ritmo de la melodía que ella misma sostenía entre sus labios gruesos y yo comencé a dormirme mientras ella seguía moviéndose y acariciaba mi cabello con la otra mano.
Todo era paz aquí adentro, en mi habitación, con mi nana la cantante. Allí afuera todos estaban enojados y discutían, podría jurar que escuché algunos espadazos y sillas rompiéndose. ¿Pero qué importaba? Yo podría dormir sin ningún problema.
Ya estaba a punto de caer a los brazos de Morfeo cuando de repente una de las sirvientas abrió brutalmente la puerta gritando que debíamos salir de ahí, especialmente yo. ¿Yo, por qué?, pregunté, pero nadie respondió. Entonces todo sucedió muy rápido. Ni siquiera sé cómo es que caí de los brazos de la nana y me quedé ahí tirada en el suelo, luego mi padre y otro hombre se peleaban encima de mí, cuando yo me cubría los oídos... Sabía que decían malas palabras.
Todos salieron de ahí; las sirvientas y la nana, menos mamá Julieta.
-¡Malorie! ¿Malorie, dónde estás?-gritaba ella fuera de la pelea entre aquellos dos hombres furiosos.
-¡Tengo que llevármela, es mía!-gritó el extraño.
-No lo voy a permitir-juró mi padre.
Un padre furioso es algo que ninguno de nosotros quiere ver.
Fijé la vista en el otro hombre... No era ningún extraño, era uno de mis amigos, el jardinero. El jardinero quería llevarme... ¿a dónde?
-Malorie, no escuches a este hombre-exigió mi padre, quien ya estaba sobre él en el suelo a mi lado. Papá comenzó a azotarle la cabeza sobre el azulejo de la habitación hasta que las gotas rojas salieron de ahí. Muchas cayeron sobre los rostros de ambos, otras en mi piyama. Yo no tenía miedo. Mamá gritaba epantada como si algo muy horrible pasara... Y es que esa noche papá se había convertido en el asesino.
"Todos están locos" pensé entonces. Así que me levanté aún con la ropa manchada y salí de la habitación sin previo aviso. Crucé los pasillos largos de la mansión, pasé por las habitaciones de cada empleado, por la de mis padres, por la de bebé de la casa y bajé las escaleras aún con la ropa sucia. Algo me dolía. Era el estómago. Pero no me detuve, seguí andando, tenía que verlo antes de irme.
Corrí fuera de la casa y me dirigí a la avenida principal. Descalza y en piyama llegué como pude a la capilla del pueblo.
El sacerdote me esperaba aún sentado en una de las bancas de madera. Corrí hacia él y lo abracé con fuerza. Logré explicarle lo sucedido. Él me miró extrañado. No sé por qué pero el estómego seguía doliéndome, él quitó algo filoso de mis entrañas y me cargó. Gritaba al Señor que "No", lo último que hice fue besarlo, sus ojos claros me miraron sorprendido y me susurró al oído que siempre me amaría en secreto, como lo hizo desde el inicio... Eso fué lo último que escuché antes de que tdo se volviera negro.
Realmente no comprendí, así que me limité a juntar mis manos igual que ella y miré al techo, imitándola.
Mi habitación tenía las luces apagadas, incluso la cortina estaba cerrada para que no entraran los brillos de la luna y las estrellas. Estábamos entre penumbras, menos mal que yo ya era una niña grande y podría cuidar a la nana de cualquier cosa que saliera de las sombras.
Voces lejanas se escuchaban a través de la puerta de mi habitación, donde aún yo seguía pretendiendo que"rezaba". La nana cerró sus ojos y empezó a mover los labios sin emitir sonido. Su respiración se aceleró y luego volvió a la vida real. Abrió sus párpados y me abrazó muy fuerte, como si se estuviera despidiendo.
-¿Qué pasa, mamá?-le pregunté. "Mamá" era un título que yo había adoptado para ella, ya que se portaba conmigo como tal... desde que llegó.
-Nada, corazón-contestó ella viéndome detenidamente, como si quisiera recordar cada parte de mi rostro. Sí, se estaba despidiendo. Pero yo no lograba entender por qué.
-Sí pasa algo,-insistí- y quiero saberlo, quiero que me lo digas, mamá.
-Tendremos que separarnos-suspiró. Esperó eternos segundos y tomó aire de nuevo. Sus ojos viejos se apagaron de repente, y los pocos vellos que poseía como cejas se volvieron dos líneas diagonales sobre cada ojo, mostrando tristeza y desespero. Con sus rígidas y rasposas manos (por el trabajo) tomó las mías, las pequeñas, ella temblaba. ¿De qué, era miedo acaso, o era el frío de la casa?
Las voces de afuera se volvieron más fuertes, alguien sollozaba. ¿Mi verdadera madre lloraba? ¿Por qué?
-Nana... -suspiré-¿Qué le pasa a mamá Julieta?
-No sé, hija.-su voz... Comenzaba a preocuparse de verdad.
-¿Qué pasa? ¿Los piratas se dieron cuenta que he encontrado su mapa del tesoro y vienen por él?
Mamá se calmó y me sonrió.
-No creo que ellos sepan eso aún. Tu eres muy inteligente y ellos muy tontos. No saben buscar cosas y encontrarlas como tú-la nana me cargó en sus brazos. Me recargué sobre su pecho y noté que su corazón seguía acelerado, corría como los caballos de Napoleón. Me sorprendí que no se le saliera de las costillas. De todos modos, nadie más que yo lo hubiera notado, alguien ahí afuera está haciendo aspavientos y nosotras jugamos a escondernos.
Comenzó a arrullarme y tarareó una de tantas canciones de cuna que aprendimos con las sirvientas africanas. Se movía con el ritmo de la melodía que ella misma sostenía entre sus labios gruesos y yo comencé a dormirme mientras ella seguía moviéndose y acariciaba mi cabello con la otra mano.
Todo era paz aquí adentro, en mi habitación, con mi nana la cantante. Allí afuera todos estaban enojados y discutían, podría jurar que escuché algunos espadazos y sillas rompiéndose. ¿Pero qué importaba? Yo podría dormir sin ningún problema.
Ya estaba a punto de caer a los brazos de Morfeo cuando de repente una de las sirvientas abrió brutalmente la puerta gritando que debíamos salir de ahí, especialmente yo. ¿Yo, por qué?, pregunté, pero nadie respondió. Entonces todo sucedió muy rápido. Ni siquiera sé cómo es que caí de los brazos de la nana y me quedé ahí tirada en el suelo, luego mi padre y otro hombre se peleaban encima de mí, cuando yo me cubría los oídos... Sabía que decían malas palabras.
Todos salieron de ahí; las sirvientas y la nana, menos mamá Julieta.
-¡Malorie! ¿Malorie, dónde estás?-gritaba ella fuera de la pelea entre aquellos dos hombres furiosos.
-¡Tengo que llevármela, es mía!-gritó el extraño.
-No lo voy a permitir-juró mi padre.
Un padre furioso es algo que ninguno de nosotros quiere ver.
Fijé la vista en el otro hombre... No era ningún extraño, era uno de mis amigos, el jardinero. El jardinero quería llevarme... ¿a dónde?
-Malorie, no escuches a este hombre-exigió mi padre, quien ya estaba sobre él en el suelo a mi lado. Papá comenzó a azotarle la cabeza sobre el azulejo de la habitación hasta que las gotas rojas salieron de ahí. Muchas cayeron sobre los rostros de ambos, otras en mi piyama. Yo no tenía miedo. Mamá gritaba epantada como si algo muy horrible pasara... Y es que esa noche papá se había convertido en el asesino.
"Todos están locos" pensé entonces. Así que me levanté aún con la ropa manchada y salí de la habitación sin previo aviso. Crucé los pasillos largos de la mansión, pasé por las habitaciones de cada empleado, por la de mis padres, por la de bebé de la casa y bajé las escaleras aún con la ropa sucia. Algo me dolía. Era el estómago. Pero no me detuve, seguí andando, tenía que verlo antes de irme.
Corrí fuera de la casa y me dirigí a la avenida principal. Descalza y en piyama llegué como pude a la capilla del pueblo.
El sacerdote me esperaba aún sentado en una de las bancas de madera. Corrí hacia él y lo abracé con fuerza. Logré explicarle lo sucedido. Él me miró extrañado. No sé por qué pero el estómego seguía doliéndome, él quitó algo filoso de mis entrañas y me cargó. Gritaba al Señor que "No", lo último que hice fue besarlo, sus ojos claros me miraron sorprendido y me susurró al oído que siempre me amaría en secreto, como lo hizo desde el inicio... Eso fué lo último que escuché antes de que tdo se volviera negro.
20 may 2012
"Crees saber lo que es, pero no tienes la menor idea..."
Y ninguno de ustedes se da cuenta de lo que los seres vivos, en la Tierra poseemos.
Y ninguno de ustedes sabe apreciarlo, mucho menos cuidarlo. Tenemos diamantes para el ojo, pero no es justo tenerlos entre las manos, escondidos.
¿Qué es lo que dice ahí?
¿Que tengo esquizofrenia?
Preguntó el hombre aturdido. "No, no dice eso."dijo una voz "Sí, eso dice, lo escribió el que se hizo llamar tu amigo." Aseguró una segunda voz. "No, no dice eso" repitió la primera. "Sí, sí lo dice. ¿Vas a seguir confiando en él?" Preguntó la segunda voz en su cabeza.
El segundo hombre en la habitación se quedó pasmado después de recibir el fuerte golpe en la cabeza. Su amigo, quien antes era un virtuoso del violín y ahora se dedicaba a confundirse por las cientos de voces que paseaban por su cabeza, lo había asesinado.
Preguntó el hombre aturdido. "No, no dice eso."dijo una voz "Sí, eso dice, lo escribió el que se hizo llamar tu amigo." Aseguró una segunda voz. "No, no dice eso" repitió la primera. "Sí, sí lo dice. ¿Vas a seguir confiando en él?" Preguntó la segunda voz en su cabeza.
El segundo hombre en la habitación se quedó pasmado después de recibir el fuerte golpe en la cabeza. Su amigo, quien antes era un virtuoso del violín y ahora se dedicaba a confundirse por las cientos de voces que paseaban por su cabeza, lo había asesinado.
DIARIO
Dejé de ir a la escuela, y como supuse, dejé de escribir ese diario. El diario que nunca hice de niña y el diario que tuve que iniciar por una simple calificación en la escuela.
Siempre escuché que con el tiempo te encariñabas de las cosas... o las personas. Mi diario personal se volvió eso; casi una persona. Porque contenía escritos míos, pensamientos míos, ideas, sueños, garabatos, incluso lluvias de ideas mías, también mis canciones favoritas estaban ahí. Se volvió casi una persona porque era una persona quien lo escribía. Yo. Quien lo escribió durante escasos cuatro meses, o menos.
Al inicio de estas largas vacaciones, no lograba entender por qué comenzaba a sentir un enorme vacío. Quizá porque extrañaba la presión de las tareas o los examenes, me dije la primera vez. Quizá porque extraño a esas mujercitas que tanto aprecio, pensé luego. Quizá es algo que siempre sentí y que acabo de notar, quise mentirme por enésima vez.
Hasta esta noche....
Esta noche en la que reviso mis cuadernos y mochila olvidados.- Digo, no ha pasado mucho tiempo desde que dejé de ir a la escuela por las vacaciones de verano, pero siento honesta se me han hecho años, décadas o algo así estas últimas tres semanas sin ir. - Entre cuadernos con pastas forradas y espirales de metal, encuentro un cuadernillo engargolado; hecho con hojas recicladas, con imágenes de mis cosas favoritas pegadas en la portada... encuentro mi diario. Lo leo. Encuentro entonces mis palabras y pensamientos y todo lo mencionado anterior. Y me doy cuenta, entonces que mi mente pasó por una metamorfósis diferente a otras, comparando a mis propias metamorfosis mentales anteriores, claro.
De ideas tristes, llenas de pavor y pánico, vacías de sentimientos reconfortantes y acciones sociales... A ideas contrarias, contrastantes, con colores diferentes y sonrisas, abrazos y todas esas cosas que, sinceramente, no logro escribir.
No sé si esto sea raro. No estoy loca, de eso estoy segura. Pero la verdad es que no suelo ser... Así, como mucha gente: no reconforto a la gente que aprecio, no abrazo a la gente que quiero, no les digo eso; que los quiero. No hago esa clase de cosas y ni siquiera sé cuándo empezó a sucederme eso, eso de no ser sociable, de no sonreír o de no gritar o de ser seria la mayor parte del tiempo.
Pero juro a Odín que no... No me arrepiento.
Siempre escuché que con el tiempo te encariñabas de las cosas... o las personas. Mi diario personal se volvió eso; casi una persona. Porque contenía escritos míos, pensamientos míos, ideas, sueños, garabatos, incluso lluvias de ideas mías, también mis canciones favoritas estaban ahí. Se volvió casi una persona porque era una persona quien lo escribía. Yo. Quien lo escribió durante escasos cuatro meses, o menos.
Al inicio de estas largas vacaciones, no lograba entender por qué comenzaba a sentir un enorme vacío. Quizá porque extrañaba la presión de las tareas o los examenes, me dije la primera vez. Quizá porque extraño a esas mujercitas que tanto aprecio, pensé luego. Quizá es algo que siempre sentí y que acabo de notar, quise mentirme por enésima vez.
Hasta esta noche....
Esta noche en la que reviso mis cuadernos y mochila olvidados.- Digo, no ha pasado mucho tiempo desde que dejé de ir a la escuela por las vacaciones de verano, pero siento honesta se me han hecho años, décadas o algo así estas últimas tres semanas sin ir. - Entre cuadernos con pastas forradas y espirales de metal, encuentro un cuadernillo engargolado; hecho con hojas recicladas, con imágenes de mis cosas favoritas pegadas en la portada... encuentro mi diario. Lo leo. Encuentro entonces mis palabras y pensamientos y todo lo mencionado anterior. Y me doy cuenta, entonces que mi mente pasó por una metamorfósis diferente a otras, comparando a mis propias metamorfosis mentales anteriores, claro.
De ideas tristes, llenas de pavor y pánico, vacías de sentimientos reconfortantes y acciones sociales... A ideas contrarias, contrastantes, con colores diferentes y sonrisas, abrazos y todas esas cosas que, sinceramente, no logro escribir.
No sé si esto sea raro. No estoy loca, de eso estoy segura. Pero la verdad es que no suelo ser... Así, como mucha gente: no reconforto a la gente que aprecio, no abrazo a la gente que quiero, no les digo eso; que los quiero. No hago esa clase de cosas y ni siquiera sé cuándo empezó a sucederme eso, eso de no ser sociable, de no sonreír o de no gritar o de ser seria la mayor parte del tiempo.
Pero juro a Odín que no... No me arrepiento.
9 may 2012
La verdad sobre la que dijo que no sentía nada
Las diez de la noche en punto e inicio escribiendo esto. No sé cuánto me tardaré. Porque las imágenes en mi cabeza y el ruido de afuera no me dejan pensar bien lo que realmente siento... Porque sí, siento algo.
La verdad ni siquiera sé por qué lo hago. Digo, esta no es una terapia. Quizá algún día me arrepienta de hacerlo pero ¿qué?
Escribir en este lugar era algo que había dejado de hacer porque, siendo honesta, me había dejado de sentir sola. Incluso Cafel había desaparecido de la faz de mi imaginación. Ya no necesitaba pensar que alguien cuidaba mis pesadillas, porque ya no había pesadillas qué cuidar, ni pensamientos egoístas que borrar... El trabajo de Cafel se fue esfumando a medida que yo pasaba más tiempo en la preparatoria.
Hacía mucho que había perdido la confianza en el ser humano... En cualquier persona, incluso en mí misma. Pero, demonios, tuve que llegar a la preparatoria y me encontré con gente increíble. Gente que devolvió las sonrisas y las carcajadas a mi estilo de vida, personas que cambiaron -en demasía- ese estilo de vida. Antes me la pasaba casi todo el día en casa, como un ermitaño, en frente de esta pantalla escribiendo cualquier historia que se viniera a mi cabeza... Pero a partir de conocerlas a ellas, mis personas favoritas, dejé de quedarme en casa y aprendí a disfrutar mi ciudad y a andar mejor en ella. Quiero decir; no era una estúpida en la calle, pero la verdad me oriento mucho más que antes.
Diez meses, aproximadamente, y ya me había encariñado con todas ellas. TODAS. Ya había escrito el inicio de una historia a una de ellas por su cumpleaños el 11 de noviembre. Ya había compartido escritos con varias de ellas, incluso aprendí a socializar mejor. Quizá no soy la más sociable entre ellas (nosotras) pero al menos mejoró mi humor y la manera de hablarle a la gente. Después de año nuevo ya podía incluso dar mi punto de vista sobre varios temas que nos importaban, también razonar y reflexionar con otras... Todas eran increíbles, lo son. Lo sé.
El nudo en la garganta... Lo dejo que se atore ahí para que no me traiga pensamientos tristes sobre mi partida. Porque sí, tengo que irme. Y quizá sea por eso que vuelvo a escribir como loca entre la oscuridad de mi habitación, quizá me siento sola de nuevo. No recordaba realmente cómo era eso.
Sentirse solo es algo que no le deseo a nadie nunca.
Recuerdo que antes del 8 de agosto del año pasado pensaba que toda mi vida estaría rodeada de seres inútiles que no movían una parte del cerebro para nada. Recuerdo que pensaba que en muchos lugares yo era la que sabía más.
Pero qué equivocada estaba. ¡Claro que no! Eso no podía ser, porque allá afuera había personas como yo, quizá mejores. Y entre ellas estaban; mi única hipster, mi beatlemana, mi chica intensa, mi freaky favorita, mi hermana "killjoys", mi "madre" y mi hobbo shipper. ¿Qué más podía yo pedir?
La verdad ni siquiera sé por qué lo hago. Digo, esta no es una terapia. Quizá algún día me arrepienta de hacerlo pero ¿qué?
Escribir en este lugar era algo que había dejado de hacer porque, siendo honesta, me había dejado de sentir sola. Incluso Cafel había desaparecido de la faz de mi imaginación. Ya no necesitaba pensar que alguien cuidaba mis pesadillas, porque ya no había pesadillas qué cuidar, ni pensamientos egoístas que borrar... El trabajo de Cafel se fue esfumando a medida que yo pasaba más tiempo en la preparatoria.
Hacía mucho que había perdido la confianza en el ser humano... En cualquier persona, incluso en mí misma. Pero, demonios, tuve que llegar a la preparatoria y me encontré con gente increíble. Gente que devolvió las sonrisas y las carcajadas a mi estilo de vida, personas que cambiaron -en demasía- ese estilo de vida. Antes me la pasaba casi todo el día en casa, como un ermitaño, en frente de esta pantalla escribiendo cualquier historia que se viniera a mi cabeza... Pero a partir de conocerlas a ellas, mis personas favoritas, dejé de quedarme en casa y aprendí a disfrutar mi ciudad y a andar mejor en ella. Quiero decir; no era una estúpida en la calle, pero la verdad me oriento mucho más que antes.
Diez meses, aproximadamente, y ya me había encariñado con todas ellas. TODAS. Ya había escrito el inicio de una historia a una de ellas por su cumpleaños el 11 de noviembre. Ya había compartido escritos con varias de ellas, incluso aprendí a socializar mejor. Quizá no soy la más sociable entre ellas (nosotras) pero al menos mejoró mi humor y la manera de hablarle a la gente. Después de año nuevo ya podía incluso dar mi punto de vista sobre varios temas que nos importaban, también razonar y reflexionar con otras... Todas eran increíbles, lo son. Lo sé.
El nudo en la garganta... Lo dejo que se atore ahí para que no me traiga pensamientos tristes sobre mi partida. Porque sí, tengo que irme. Y quizá sea por eso que vuelvo a escribir como loca entre la oscuridad de mi habitación, quizá me siento sola de nuevo. No recordaba realmente cómo era eso.
Sentirse solo es algo que no le deseo a nadie nunca.
Recuerdo que antes del 8 de agosto del año pasado pensaba que toda mi vida estaría rodeada de seres inútiles que no movían una parte del cerebro para nada. Recuerdo que pensaba que en muchos lugares yo era la que sabía más.
Pero qué equivocada estaba. ¡Claro que no! Eso no podía ser, porque allá afuera había personas como yo, quizá mejores. Y entre ellas estaban; mi única hipster, mi beatlemana, mi chica intensa, mi freaky favorita, mi hermana "killjoys", mi "madre" y mi hobbo shipper. ¿Qué más podía yo pedir?
9 abr 2012
"Sarah"
Para la pequeña, Feer.
"...Abraham's daughter raised her voice..."
_______________________________________________________________________________
"...Abraham's daughter raised her voice..."
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¿Qué era todo aquello que le aguardaba? ¿Lunas cromadas,
nubes deshechas, qué?
Se levantó con
preguntas como esas de la cama. Se levantó con los ojos rasgados que poseía llenos
de cansancio. Con los labios mordidos, las mejillas marcadas por la almohada y
el cabello enmarañado aún con la marca de haber estado recostada parte de la
noche.
Ni siquiera había salido el sol para hacerle ver al espejo ese pequeño rayito azul entre los chinos alaciados de la cabeza. Nadie se levantó con ella, nadie la esperó en el pasillo para saludarle con un -Buen día- , nadie se dio cuenta de que ella ya estaba consciente preparándose para salir.
Ni siquiera había salido el sol para hacerle ver al espejo ese pequeño rayito azul entre los chinos alaciados de la cabeza. Nadie se levantó con ella, nadie la esperó en el pasillo para saludarle con un -Buen día- , nadie se dio cuenta de que ella ya estaba consciente preparándose para salir.
Ya eran las siete en
punto de la mañana cuando ella ya se encontraba con su mochila en la espalda y
los audífonos blancos en los oídos en la parada del autobús. Emprendería un
buen viaje a quién sabe dónde. Quiénsabedónde sonaba a que era un buen lugar.
Sus ojos ya delineados estaban más despiertos que nunca, tenía que llegar. Los labios ya no tenían otra marca más que la del labial rosa que portaban y el cabello lo tenía más peinado de lo normal. Se había arreglado más, incluso sus zapatos iban lustrados y las uñas de las manos mostraban un esmalte azul bien definido.
Sus ojos ya delineados estaban más despiertos que nunca, tenía que llegar. Los labios ya no tenían otra marca más que la del labial rosa que portaban y el cabello lo tenía más peinado de lo normal. Se había arreglado más, incluso sus zapatos iban lustrados y las uñas de las manos mostraban un esmalte azul bien definido.
Envuelta en una playera de Chuck Palahniuk,
Sarah subió al autobús y tomó el primer asiento que vio. Volteó a su izquierda
notando que el vidrio de la ventana tenía una mancha en medio, alguien más
había recargado la cabeza ahí antes que ella subiera. Durante el camino miró el
paisaje de la dormida ciudad. Casi no había nadie rondando las calles, incluso
el autobús estaba desértico; sólo tres personas aparte de ella estaban allí.
Había delante de ella una mujer rubia con un bebé en brazos, detrás de Sarah,
del otro lado del autobús, estaba un hombre con una peste horrible, hasta
adelante, en el primer asiento de la
derecha estaba una anciana de canas azuladas. Al ver a esta señora, Sarah se
alegró. Pensó para sí que aún había esperanza para la gente que es extravagante
y no le interesa lo que digan otros.
-Sería genial que ella fuera mi abuela—susurró sin que nadie más que ella misma le escucharan.
-Sería genial que ella fuera mi abuela—susurró sin que nadie más que ella misma le escucharan.
A mitad del camino decidió dormir un rato. De todos modos no
tenía prisa.
Sarah llegó a su destino. ¿Cuál? La última parada del
autobús. Deseó que el transporte pudiera llegar hasta la punta del país para
disfrutar de paisajes diferentes a los que ella estaba acostumbrada en la
ciudad.
Bajó del autobús mirando al cielo. Se dio cuenta que extrañamente estaba oscuro. Ya era de noche. Se preguntó qué habría pasado, pensó que las nubes habían cubierto el sol y que por eso se veía tan denso el ambiente. Pero no. En el cielo no había una sola nube, estaba lleno de puntos blancos brillantes.
Bajó del autobús mirando al cielo. Se dio cuenta que extrañamente estaba oscuro. Ya era de noche. Se preguntó qué habría pasado, pensó que las nubes habían cubierto el sol y que por eso se veía tan denso el ambiente. Pero no. En el cielo no había una sola nube, estaba lleno de puntos blancos brillantes.
-¿Y eso?—preguntó en voz alta a nadie mientras apuntaba con
el dedo índice hacia arriba, a una serie de estrellas muy juntas, formando una
figura. Segundos después se dio cuenta que estas estaban alineadas de tal
manera que lograban hacer el signo del infinito. Sarah se sorprendió, jamás
había visto nada como eso. De hecho, jamás había visto ese lado de la ciudad.
Los edificios no eran tan altos, como ella recordaba, de hecho solo eran casas
rústicas con sus habitantes respectivos dentro. Había árboles gigantescos
plantados en la calle y rompían las banquetas sus raíces, no había postes ni
cables de luz por ningún lado. Lo único que alumbraba aquella parte de la
ciudad eran pequeños faroles postrados en cada esquina de las cuadras y las
estrellas sin luna. Las banquetas de ese lado de la ciudad estaban desiertas,
Sarah no escuchaba más que su propia respiración, estaba sola, pero no temía.
El autobús hizo un ruido escandaloso y se fue muy rápido, como si al conductor no le gustara mucho quedarse ahí. Sarah miró por enésima vez el cielo con los ojos bien abiertos mientras caminaba por la banqueta de la avenida hasta llegar a la esquina izquierda y verse alumbrada por el farol correspondiente. “Quiénsabedonde” era el lugar más interesante hasta ahora, pensó.
El viento comenzó a soplar, Sarah se quedó parada junto al farol relajándose con el mover de las hojas enormes del árbol gigante que estaba en la acera de enfrente y comenzó a tararear una canción con los ojos cerrados. El viento siguió soplando, pero las hojas ya no se movían. Sarah abrió los ojos para ver qué pasaba con ese árbol y las hojas bailarinas. Al hacerlo se llevó la triste sorpresa de que ese árbol no tenía hojas. Se preguntó qué habría pasado, eso era lo más raro que pudo haber presenciado jamás.
Sarah sintió un jaloncito en la parte baja de su playera, después de reaccionar giró sobre sus pies y se encontró con una niña de ojos tornasol. La pequeña no media más de un metro y medio, portaba un vestido roído color verde agua, las rodillas blancas estaban raspadas al igual que los nudillos de las manos y tenía su carita manchada, con su cabello igual de chino que el de Sarah, quien le sonrió de manera comprensiva. La niña de vestido le devolvió el gesto y luego la abrazó como si ya la conociera. Sarah se quedó quieta sintiendo el cariño extraño regalado de aquella niña sin voz, después deshizo el abrazo y se puso de cuclillas para mirarla bien.
El autobús hizo un ruido escandaloso y se fue muy rápido, como si al conductor no le gustara mucho quedarse ahí. Sarah miró por enésima vez el cielo con los ojos bien abiertos mientras caminaba por la banqueta de la avenida hasta llegar a la esquina izquierda y verse alumbrada por el farol correspondiente. “Quiénsabedonde” era el lugar más interesante hasta ahora, pensó.
El viento comenzó a soplar, Sarah se quedó parada junto al farol relajándose con el mover de las hojas enormes del árbol gigante que estaba en la acera de enfrente y comenzó a tararear una canción con los ojos cerrados. El viento siguió soplando, pero las hojas ya no se movían. Sarah abrió los ojos para ver qué pasaba con ese árbol y las hojas bailarinas. Al hacerlo se llevó la triste sorpresa de que ese árbol no tenía hojas. Se preguntó qué habría pasado, eso era lo más raro que pudo haber presenciado jamás.
Sarah sintió un jaloncito en la parte baja de su playera, después de reaccionar giró sobre sus pies y se encontró con una niña de ojos tornasol. La pequeña no media más de un metro y medio, portaba un vestido roído color verde agua, las rodillas blancas estaban raspadas al igual que los nudillos de las manos y tenía su carita manchada, con su cabello igual de chino que el de Sarah, quien le sonrió de manera comprensiva. La niña de vestido le devolvió el gesto y luego la abrazó como si ya la conociera. Sarah se quedó quieta sintiendo el cariño extraño regalado de aquella niña sin voz, después deshizo el abrazo y se puso de cuclillas para mirarla bien.
-¿Quién eres?—preguntó con voz dulce tomándole las manitas.
Pero la niña no respondió más que con un puchero y luego soltó a llorar.
Sarah se vio
reflejada en aquella chiquilla de vestido roto y fue ella quien le dio un gran abrazo.
-No llores—murmuró sobre el hombro de la niña— ¿Qué te pasó?
-Es que no me recuerdas—murmuró ella con la voz temblorosa, luego respiró hondo varias veces.
-¿Yo?—preguntó Sarah separándose otra vez de ella.
-Tú—suspiró la niña quitándose las lágrimas de la cara, manchándose más los pómulos—Tú, tú, tú. Tú no me recuerdas y si no me recuerdas me voy a morir y no me quiero morir.
-¿Morir?—fue lo único que preguntó Sarah.
-¡Me voy a morir!—gritó entonces la niña con desesperación abriendo los ojos como platos y apretándole los dedos a Sarah quien se quedó quieta de nuevo ante la impresión que la niña de le causaba. De pronto sintió cómo su corazón palpitaba muy rápido, sus pulmones comenzaron a moverse al mismo ritmo acelerando su respiración y sus manos comenzaron a sudar; Sarah hiperventilaba al tiempo que la niña de ojos tornasol –como los de ella- le seguía apretando los dedos índices y pulgares de ambas manos. Algo dentro de ella hizo explosión y de un momento a otro se encontró llorando en el suelo junto con aquella niña. Entonces el cielo se tornó claro, como si alguien hubiera abierto las cortinas de la habitación, las hojas del árbol de la acera de enfrente crecieron de nuevo y comenzó a escucharse un claxon a lo lejos. Sarah abrió los ojos.
-No llores—murmuró sobre el hombro de la niña— ¿Qué te pasó?
-Es que no me recuerdas—murmuró ella con la voz temblorosa, luego respiró hondo varias veces.
-¿Yo?—preguntó Sarah separándose otra vez de ella.
-Tú—suspiró la niña quitándose las lágrimas de la cara, manchándose más los pómulos—Tú, tú, tú. Tú no me recuerdas y si no me recuerdas me voy a morir y no me quiero morir.
-¿Morir?—fue lo único que preguntó Sarah.
-¡Me voy a morir!—gritó entonces la niña con desesperación abriendo los ojos como platos y apretándole los dedos a Sarah quien se quedó quieta de nuevo ante la impresión que la niña de le causaba. De pronto sintió cómo su corazón palpitaba muy rápido, sus pulmones comenzaron a moverse al mismo ritmo acelerando su respiración y sus manos comenzaron a sudar; Sarah hiperventilaba al tiempo que la niña de ojos tornasol –como los de ella- le seguía apretando los dedos índices y pulgares de ambas manos. Algo dentro de ella hizo explosión y de un momento a otro se encontró llorando en el suelo junto con aquella niña. Entonces el cielo se tornó claro, como si alguien hubiera abierto las cortinas de la habitación, las hojas del árbol de la acera de enfrente crecieron de nuevo y comenzó a escucharse un claxon a lo lejos. Sarah abrió los ojos.
Después de un rato, se
levantó del asiento del autobús.
-Un sueño—dijo estupefacta pisando el último escalón para así bajar a la calle real—No hay otra niña más que yo.
-Un sueño—dijo estupefacta pisando el último escalón para así bajar a la calle real—No hay otra niña más que yo.
Sarah cargó bien su
mochila sobre los hombros delgados y caminó de regreso a casa, no importaba la
distancia, regresaría a casa. Había sido
suficiente, no iba a perderse un día más sin su hermana. Haría todo lo posible
por regresar a aquella época en la que jugaban todo el tiempo, en los años
donde no importaban los accidentes si se tenían la una a la otra. Quería
regresar a ser la niña de los ojos tornasol y vestido verde.
27 mar 2012
Saam
“Feliz
Cumpleaños Saam”
Miró al cielo. ¿Qué era todo eso que se
escurría entre las nubes? El universo caía encima de ella y nadie se daba
cuenta. Arriba, en la azotea de un edificio cualquiera, estaba Samantha mirando
cómo comenzaba a caer la lluvia. Las estrellas ahí eran más grandes, incluso el
cielo no era azul, era más bien lila, la luna estaba a unos metros alejada de
la tierra. Era tan corta la distancia entre el mundo y la luna que Saam lograba
ver cada cráter de esta. La ciudad
estaba calmada. Era como si estuviera totalmente vacía, como si solo Saam fuera
la única existente ahí, o como si todos se escondieran de algo, de algún modo
se sentía la soledad, pero Saam no temía ni un poco, ni siquiera estaba triste
al saberse sola, es más, se sentía muy tranquila y satisfecha.
Pero definitivamente ese no era el mundo que
ella conocía. Porque lo que ella conocía era paralelamente diferente a lo que
ahora se encontraba viendo. Porque ella sabía que el cielo era azul, que la
luna no podía estar tan cerca de la tierra y que la ciudad jamás se
tranquilizaría de tal manera que pudiera escuchar sus propios pensamientos. Dejó
al cielo en paz y sus ojos miraron hacia abajo. Hacia ella. ¿Qué pasaba? Se
sentía enorme, como si a cada segundo su cuerpo creciera y creciera como una
Alicia que acabara de beber cualquier poción en un País de las Maravillas.
-¿Qué es
esto, el fin del mundo?—preguntó retóricamente al aire.
Ya no llovía. Cerró los ojos intentando
recordar dónde había estado antes de aquella azotea desolada. Pero nada. Al
abrirlos de nuevo, se encontró en un bosque. Un bosque austero y seco. Parecía
como si el invierno hubiera arrasado con todo lo viviente entre aquella
naturaleza que, quizá, alguna vez fue verde.
De pronto, la desesperación al no conocer su
propio paradero, hizo que Saam echara a correr entre los troncos secos de
árboles muertos. Miró a su alrededor pero el camino no daba indicios del
comienzo de ninguna ciudad. El cielo lila comenzó a oscurecerse más, tornándose
morado, luego índigo. En ese cielo no había nubes, sólo grandes estrellas
brillantes, acompañadas por la enorme luna que había visto en la azotea. Saam se detuvo en medio de un claro a respirar. Ahora sí comenzó a temer. Temía que algo
desconocido saliera de entre la oscuridad de los troncos muertos.
-No eres
una niña, no eres una niña—repitió varias veces en voz queda para sí misma—No
temas. No eres una niña.
Quizá el decir eso la haría pensar que debía
enfrentar su miedo a lo desconocido, que debía crecer. Saam se sentó sobre el
suelo, sin importar que su ropa se ensuciara. Sus brazos desnudos, y con la
piel de gallina por el frío, abrazaron sus piernas y su cabeza se acomodó sobre
sus rodillas, esperando a que cualquier cosa sucediera.
-No sé qué es esto—dijo para nadie—Ni siquiera sé qué día es.
-No sé qué es esto—dijo para nadie—Ni siquiera sé qué día es.
Algo tocó su hombro, Saam sacó la cabeza de
sus rodillas y miró a su derecha. Pero no había nadie. Saam regresó su cabeza y
otra vez cerró los ojos. De nuevo sintió
que algo le tocaba el hombro. Ella abrió los ojos de verdad, dándose cuenta de
que no estaba ni en la azotea ni en el bosque austero. Se encontraba sentada en
el suelo de cemento de un pasillo de la escuela, recargada sobre la pared de un
salón.
-Feliz Cumpleaños—susurró alguien. Saam miró a su derecha, el mismo lado donde alguien le tocaba el hombro. Sus ojos castaños se encontraron con los de su amiga que le sonreía, sosteniendo una hoja de papel entre los dedos.
-Oh, gracias—fue lo único que respondió, tomando la hoja de papel—. ¿Qué es esto?
-Un regalo—dijo la otra—No tengo dinero así que te escribí un cuento. Es sobre un sueño.
-¿Donde corro entre árboles muertos?—preguntó Samantha burlándose el sueño que ella había tenido hace un momento.
-Sí—respondió su amiga.—¿Ahora eres tú quien tiene premoniciones?
-Feliz Cumpleaños—susurró alguien. Saam miró a su derecha, el mismo lado donde alguien le tocaba el hombro. Sus ojos castaños se encontraron con los de su amiga que le sonreía, sosteniendo una hoja de papel entre los dedos.
-Oh, gracias—fue lo único que respondió, tomando la hoja de papel—. ¿Qué es esto?
-Un regalo—dijo la otra—No tengo dinero así que te escribí un cuento. Es sobre un sueño.
-¿Donde corro entre árboles muertos?—preguntó Samantha burlándose el sueño que ella había tenido hace un momento.
-Sí—respondió su amiga.—¿Ahora eres tú quien tiene premoniciones?
Saam no supo qué responder. Todo eso había
sido tan extraño.
-No importa, feliz cumpleaños—reiteró Shame y le dio una de esas cosas que no acostumbraba a dar; un gran un fuerte abrazo.
-No importa, feliz cumpleaños—reiteró Shame y le dio una de esas cosas que no acostumbraba a dar; un gran un fuerte abrazo.
29 dic 2011
Sleep?
Dormir...
¿Quién inventó eso?
Dormir hace que quiera seguir despierta.
Siento que no lo necesito. Quiero seguir despierta.
Cuando duermo, siento como si todo mi ser
se desconectara por completo del mundo en el que vivo.
¿Dormir?
Quiero decir. Demonios, no lo entiendo.
Quiero seguire despierta.
Quiero tener los ojos abiertos aún
y ver lo que me falta por descubrir en este mundo.
No lo necesito.
Cuando duermo siento como si muriera durante ocho largas horas.
Y entonces vuelvo a despertar.
Pero no me gusta dormir. Si duermo, siento que no vivo.
Si duermo, no veo, no camino.
¡Necesito seguir despierta!
¡Maldita sea, mi cuerpo no reacciona!
No quiero que mis párpados se cierren solos.
No quiero dormir.
No quiero adentrarme en el mundo de mi propia mente,
porque cada noche, ella me trae pesadillas.
Son recuerdos tristes e imaginación bizarra que yo nunca pedí.
¿Dormir?
"Ya duerme, descansa..." Me dice él en mi cabeza.
"No quiero" contesto con un puchero. "Quiero seguir describiéndote con lápiz y papel"
"Puedes hacerlo mañana cuando despiertes. Claro, después de dormir" Insiste él con voz dulce.
"Pero no quiero dormir."lo contradigo.
No quiero dormir, ¿Por qué no lo entiendes?
"Ya sé por qué no quieres dormir"Dice él intentando acariciar mi mejilla. Yo no contesto "Temes a tus sueños ¿Verdad?"
Mi cabeza asiente diciendo que sí y pongo cara preocupada.
"No pasará esta noche" me promete."Estoy aquí para cuidarte"
Yo le creo y me recuesto. Cierro mis ojos e intento algo que hacía tres días no lograba por completo.
Dormir.
¿Quién inventó eso?
Dormir hace que quiera seguir despierta.
Siento que no lo necesito. Quiero seguir despierta.
Cuando duermo, siento como si todo mi ser
se desconectara por completo del mundo en el que vivo.
¿Dormir?
Quiero decir. Demonios, no lo entiendo.
Quiero seguire despierta.
Quiero tener los ojos abiertos aún
y ver lo que me falta por descubrir en este mundo.
No lo necesito.
Cuando duermo siento como si muriera durante ocho largas horas.
Y entonces vuelvo a despertar.
Pero no me gusta dormir. Si duermo, siento que no vivo.
Si duermo, no veo, no camino.
¡Necesito seguir despierta!
¡Maldita sea, mi cuerpo no reacciona!
No quiero que mis párpados se cierren solos.
No quiero dormir.
No quiero adentrarme en el mundo de mi propia mente,
porque cada noche, ella me trae pesadillas.
Son recuerdos tristes e imaginación bizarra que yo nunca pedí.
¿Dormir?
"Ya duerme, descansa..." Me dice él en mi cabeza.
"No quiero" contesto con un puchero. "Quiero seguir describiéndote con lápiz y papel"
"Puedes hacerlo mañana cuando despiertes. Claro, después de dormir" Insiste él con voz dulce.
"Pero no quiero dormir."lo contradigo.
No quiero dormir, ¿Por qué no lo entiendes?
"Ya sé por qué no quieres dormir"Dice él intentando acariciar mi mejilla. Yo no contesto "Temes a tus sueños ¿Verdad?"
Mi cabeza asiente diciendo que sí y pongo cara preocupada.
"No pasará esta noche" me promete."Estoy aquí para cuidarte"
Yo le creo y me recuesto. Cierro mis ojos e intento algo que hacía tres días no lograba por completo.
Dormir.
15 dic 2011
Noctámbulos
Los vampiros son como yo. Tan oscuros y fríos. Tan ocultos como el sol de mi ventana.
Pero no solo por eso...
Los vampiros observan sin que nadie lo note, investigan sin ser observados. Somos monstruos. Los vampiros y yo. Yo y los vampiros.
Somos parecidos porque, aunque no lo parezca: la gente nos mira diferente.
Los vampiros y yo. Yo y los vampiros.
Parecidos, porque gracias a leyendas y cosas que la gente cuchichea y cree, somos simples imágenes distorsionadas en sus mentes de algo que no somos y que nunca seremos.
Dicen que perturbo el ambiente... Yo y los vampiros. Los vampiros y yo.
No bebo sangre. No apetesco asesinar. Pero somos parecidos porque somos siempre algo que a veces no queremos ser.
Ser un monstruo para los demás no es algo que yo pediría a papá Noel en Navidad.
Que me miren como algo que jamás debió existir, tampoco lo es. Vivir para siempre es un deseo menos en mi lista (muy corta) de las cosas que me gustaría poseer, o pedir.
Los secretos que nuestras almas guardan, se quedarán impregnados en ella hasta que decidamos soltarlos todos. O podríamos guardalos.
El único problema con los vampiros, es que ellos no lograrían contenerlos hasta la tumba como yo.
Los sentimientos son parte de mi existencia.
No duermo de noche, porque al no lograr escaparme de ellos, me desvelo proyectándolos sobre papel escribiendo o dibujando. No duermo casi nunca, no concilio sueño a pesar de que el chico de cabellos oscuros me lo pida. Los vampiros y yo, yo y los vampiros.
Pero no solo por eso...
Los vampiros observan sin que nadie lo note, investigan sin ser observados. Somos monstruos. Los vampiros y yo. Yo y los vampiros.
Somos parecidos porque, aunque no lo parezca: la gente nos mira diferente.
Los vampiros y yo. Yo y los vampiros.
Parecidos, porque gracias a leyendas y cosas que la gente cuchichea y cree, somos simples imágenes distorsionadas en sus mentes de algo que no somos y que nunca seremos.
Dicen que perturbo el ambiente... Yo y los vampiros. Los vampiros y yo.
No bebo sangre. No apetesco asesinar. Pero somos parecidos porque somos siempre algo que a veces no queremos ser.
Ser un monstruo para los demás no es algo que yo pediría a papá Noel en Navidad.
Que me miren como algo que jamás debió existir, tampoco lo es. Vivir para siempre es un deseo menos en mi lista (muy corta) de las cosas que me gustaría poseer, o pedir.
Los secretos que nuestras almas guardan, se quedarán impregnados en ella hasta que decidamos soltarlos todos. O podríamos guardalos.
El único problema con los vampiros, es que ellos no lograrían contenerlos hasta la tumba como yo.
Los sentimientos son parte de mi existencia.
No duermo de noche, porque al no lograr escaparme de ellos, me desvelo proyectándolos sobre papel escribiendo o dibujando. No duermo casi nunca, no concilio sueño a pesar de que el chico de cabellos oscuros me lo pida. Los vampiros y yo, yo y los vampiros.
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