Provocarle una risita no tiene precio.
No me importaría tener que hacer la mueca mas extraña en frente de todos
con tal de verlo reír.
Su frente fruncida, como si no entendiera la razón de mi mueca graciosa.
Una sonrisa en la comisura de sus labios.
Eso es todo.
El brillo que cruza sus dientes al abrir los labios
sabe llenar el núcleo de esta descorazonada persona
adicta a el.
El mar azul de sus ojos contiene los peces grises
lo peces que nadan hasta mi estomago y me hacen sentir... rara.
El lo sabe y es travieso. Obliga a sus ojos.
Y sus ojos obligan a los peces a nadar a través de la conexion,
la conexion que emana de mi a el y de el a mi
todo para llegar a mi estomago y hacerme explotar internamente.
Algún día colapsare por tener tantos visitantes grises dentro,
pero no temo, porque se que el lo sabrá y estará ahí...
Aunque sea para cantarme.
13 dic 2012
Sin titulo.
Sunshine son los ojos azules que me encuentro cuando menos lo espero. Sunshine es la delgada comisura que me sonríe si me reconoce. Sunshine es el cabello oscuro que le cubre el rostro, Sunshine es ese rostro. Sunshine es el azul del cielo y de mi Yo interno. Sunshine es la media sonrisa que esboza cuando me ve haciendo gestos sin sentido. Sunshine es la voz suave y grave que me saluda en las mañanas. Es el pensamiento esperanzado, es el abrazo acogedor que necesito. Sunshine es el par de labios que no he probado. Es el anhelo nocturno en mi cabeza.
Sunshine es el abrazo que me hace querer llorar. Es el grupo de sentimientos que jamas creí albergar dentro mio. Es el sonido de los latidos que me hacen dormir. Sunshine es 'el. Sunshine es mi hogar.
Sunshine es el abrazo que me hace querer llorar. Es el grupo de sentimientos que jamas creí albergar dentro mio. Es el sonido de los latidos que me hacen dormir. Sunshine es 'el. Sunshine es mi hogar.
15 ago 2012
Cuídame.
No podía creerlo. Al fin la familia se reunía. Al fin se daban abrazos sinceros, o al menos así es como se veían. ¡Por Dios santo! Esto no podía estar pasando.
Se encontraba observándolos a todos detenidamente desde la ventana, afuera de la enorme casa. Con la ropa sucia de ayer igual de empapada que el cabello castaño, por la fresca lluvia suave que se deslizaba sobre el aire delicado del condado. Con los ojos bien abiertos y un nudo en el estómago, con el ramo de tulipanes que le hubiera dado en su cumpleaños.
-No, no, no.-Intentó convencerse. Miró hacia abajo cerrando los ojos, dejándose empapar aún más. Sus párpados se volvieron a abrir y sostuvo la mirada en sus botas negras llenas del lodo del jardín.
Volvió la vista hacia adentro. Alguien había corrido las cortinas color crema, no tuvo más remedio que hacerse a la idea. Sólo le quedaba entrar y enfrentarlo todo.
Después de soltar un largo suspiro, decidió caminar hacia la entrada y golpear la puerta de la mansión. Una anciana que usaba una mascada en la cabeza, sustituyendo al cabello inexistente, le abrió. Tenía los ojos cansados de tanto llorar. Dicha señora lo estrechó entre sus débiles brazos.
-Lo lamento, abuela-dijo en forma de consuelo.
-No te preocupes, hijo-contestó la anciana soltándolo. Lo dejó caminar delante de ella y cerró la puerta tras él.-Qué bueno que ya estás aquí. ¡Mirate! Estás todo mojado, te va a hacer daño.
-En un momento atiendo eso, abuela-le contestó cortés.
El cuerpo descansaba arriba, en la última habitación del lado izquierdo. Pasó la sala donde los demás se encontraban, subió las escaleras con el ramo de tulipanes apretados en la mano derecha, sin saludar a nadie. Los demás parientes lo ignoraron, como siempre habían hecho.
Otras cuatro personas más seguían estorbando en el pasillo del piso de arriba. Él los esquivó para quedarse petrificado muy erguido en frente de la puerta. Respiró hondo, sintiendo sus pulmones llenarse el aire contaminado de nostalgias falsas.
-Necesito un momento-sentenció llamando la atención de todos los presentes. -...a solas. -Terminó con voz áspera.
Los demás comenzaron a murmurar cosas que para él eran lo de menos y se alejaron para dirigirse escaleras abajo.
Su cabello, que ya le llegaba a las orejas, comenzaba a gotear, al igual que las orillas del suéter y los pantalones que usaba, formando un charco en el sitio donde se quedó estático. Pero no le importó.
Finalmente, giró el pomo de la puerta y entró sigilosamente. La puerta no hizo el chirrido que esperaba, sólo se abrió de manera silenciosa. La habitación irradiaba calma y paz. no había más que el tocador intacto y una cama grande en medio. Dicho mueble tenía encima postrado un cuerpo. Más bien, un cadáver. Las gotas del suéter retumbaron sobre el suelo mientras caminaba hacia la persona fallecida.
Se quedó muy cerca de su rostro.
-Pudiste haberte quedado-susurró con voz solemne. Puso los tulipanes sobre el pecho del cadáver. Mojó su cara.- Te dije que no era bueno...-su voz se quebró sin dejarle terminar. Recobró el aliento y continuó.-No sabes lo mucho que te extrañé el verano pasado. Pude haberme quedado contigo. Pude... pude...-pero las lágrimas que contenía dentro de sí, salieron sin pedirle permiso.
Las dejó salir un rato. Su pecho se agitaba de manera agresiva al sacar todo lo que sentía, sus ojos se cerraban y dejaban todo afuera, mientras que su ceño se fruncía de manera automática a causa de la frustración que le calaba todo el torso. Minutos después, sólo gemía sin siquiera decir algo inteligible.
Y luego todo se detuvo.
-Tendré que quedarme con él,-le dijo al difunto. Fue entonces cuando notó que su saliva se había vuelto ácida. Un espasmo cruzó su estómago y siguió-pero supongo que eso ya lo sabías. Y es obvio que él también lo sabe.
Sorbió por la nariz y decidió recostarse a lado de él, abrazó su torso con cariño, empapando aquél cuerpo inerte. Suspiró de nuevo. La nostalgia salió desde lo más hondo de su pecho y se transformó en palabras que duraron más de una hora.Le contó todo lo que se perdió cuando iba a trabajar, le contó que no quería quedarse solo. A ratos pausaba para mirar a la ventana que cada vez mostraba menos luz.
-Es culpa de él ¿verdad?-le preguntó. Luego imaginó que le respondía "¿El qué?"-Es culpa de él que estés así. Es culpa de tu novio. Él te hizo esto ¿no es cierto?
"No es culpa de nadie", su cabeza volvía a hacerle creer que enserio hablaba con alguien vivo. "Todo va a estar bien", fue lo último que escuchó.
-Él te golpeó. Veo los moretones. No me mientas.
Un largo silencio pasivo reinó la habitación. Puso su oreja izquierda sobre el pecho del cuerpo. Ni señal de una esperanza convertida en pálpito. Ni siquiera escuchaba la respiración de sus pulmones. Ya nada funcionaba físicamente en el muerto. Ya no iba a regresar.
Cerró los ojos, olvidando la tristeza y sonrió al recordar su infancia. Tarareó una canción, pensando que mañana sería un día mejor.
Y se durmió ahí. Junto a su padre fallecido. Junto al hombre que le enseñó lo que pudo, cuando pudo. El hombre que, en su propio cunpleaños, lo dejó atado alado de un hombre (su novio) que realmente no conocía, pero que le repugnaba.
**********************************************
Se encontraba observándolos a todos detenidamente desde la ventana, afuera de la enorme casa. Con la ropa sucia de ayer igual de empapada que el cabello castaño, por la fresca lluvia suave que se deslizaba sobre el aire delicado del condado. Con los ojos bien abiertos y un nudo en el estómago, con el ramo de tulipanes que le hubiera dado en su cumpleaños.
-No, no, no.-Intentó convencerse. Miró hacia abajo cerrando los ojos, dejándose empapar aún más. Sus párpados se volvieron a abrir y sostuvo la mirada en sus botas negras llenas del lodo del jardín.
Volvió la vista hacia adentro. Alguien había corrido las cortinas color crema, no tuvo más remedio que hacerse a la idea. Sólo le quedaba entrar y enfrentarlo todo.
Después de soltar un largo suspiro, decidió caminar hacia la entrada y golpear la puerta de la mansión. Una anciana que usaba una mascada en la cabeza, sustituyendo al cabello inexistente, le abrió. Tenía los ojos cansados de tanto llorar. Dicha señora lo estrechó entre sus débiles brazos.
-Lo lamento, abuela-dijo en forma de consuelo.
-No te preocupes, hijo-contestó la anciana soltándolo. Lo dejó caminar delante de ella y cerró la puerta tras él.-Qué bueno que ya estás aquí. ¡Mirate! Estás todo mojado, te va a hacer daño.
-En un momento atiendo eso, abuela-le contestó cortés.
El cuerpo descansaba arriba, en la última habitación del lado izquierdo. Pasó la sala donde los demás se encontraban, subió las escaleras con el ramo de tulipanes apretados en la mano derecha, sin saludar a nadie. Los demás parientes lo ignoraron, como siempre habían hecho.
Otras cuatro personas más seguían estorbando en el pasillo del piso de arriba. Él los esquivó para quedarse petrificado muy erguido en frente de la puerta. Respiró hondo, sintiendo sus pulmones llenarse el aire contaminado de nostalgias falsas.
-Necesito un momento-sentenció llamando la atención de todos los presentes. -...a solas. -Terminó con voz áspera.
Los demás comenzaron a murmurar cosas que para él eran lo de menos y se alejaron para dirigirse escaleras abajo.
Su cabello, que ya le llegaba a las orejas, comenzaba a gotear, al igual que las orillas del suéter y los pantalones que usaba, formando un charco en el sitio donde se quedó estático. Pero no le importó.
Finalmente, giró el pomo de la puerta y entró sigilosamente. La puerta no hizo el chirrido que esperaba, sólo se abrió de manera silenciosa. La habitación irradiaba calma y paz. no había más que el tocador intacto y una cama grande en medio. Dicho mueble tenía encima postrado un cuerpo. Más bien, un cadáver. Las gotas del suéter retumbaron sobre el suelo mientras caminaba hacia la persona fallecida.
Se quedó muy cerca de su rostro.
-Pudiste haberte quedado-susurró con voz solemne. Puso los tulipanes sobre el pecho del cadáver. Mojó su cara.- Te dije que no era bueno...-su voz se quebró sin dejarle terminar. Recobró el aliento y continuó.-No sabes lo mucho que te extrañé el verano pasado. Pude haberme quedado contigo. Pude... pude...-pero las lágrimas que contenía dentro de sí, salieron sin pedirle permiso.
Las dejó salir un rato. Su pecho se agitaba de manera agresiva al sacar todo lo que sentía, sus ojos se cerraban y dejaban todo afuera, mientras que su ceño se fruncía de manera automática a causa de la frustración que le calaba todo el torso. Minutos después, sólo gemía sin siquiera decir algo inteligible.
Y luego todo se detuvo.
-Tendré que quedarme con él,-le dijo al difunto. Fue entonces cuando notó que su saliva se había vuelto ácida. Un espasmo cruzó su estómago y siguió-pero supongo que eso ya lo sabías. Y es obvio que él también lo sabe.
Sorbió por la nariz y decidió recostarse a lado de él, abrazó su torso con cariño, empapando aquél cuerpo inerte. Suspiró de nuevo. La nostalgia salió desde lo más hondo de su pecho y se transformó en palabras que duraron más de una hora.Le contó todo lo que se perdió cuando iba a trabajar, le contó que no quería quedarse solo. A ratos pausaba para mirar a la ventana que cada vez mostraba menos luz.
-Es culpa de él ¿verdad?-le preguntó. Luego imaginó que le respondía "¿El qué?"-Es culpa de él que estés así. Es culpa de tu novio. Él te hizo esto ¿no es cierto?
"No es culpa de nadie", su cabeza volvía a hacerle creer que enserio hablaba con alguien vivo. "Todo va a estar bien", fue lo último que escuchó.
-Él te golpeó. Veo los moretones. No me mientas.
Un largo silencio pasivo reinó la habitación. Puso su oreja izquierda sobre el pecho del cuerpo. Ni señal de una esperanza convertida en pálpito. Ni siquiera escuchaba la respiración de sus pulmones. Ya nada funcionaba físicamente en el muerto. Ya no iba a regresar.
Cerró los ojos, olvidando la tristeza y sonrió al recordar su infancia. Tarareó una canción, pensando que mañana sería un día mejor.
Y se durmió ahí. Junto a su padre fallecido. Junto al hombre que le enseñó lo que pudo, cuando pudo. El hombre que, en su propio cunpleaños, lo dejó atado alado de un hombre (su novio) que realmente no conocía, pero que le repugnaba.
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"Cae, cae la lluvia"La pluie"-Zaz
en este domingo de diciembre.
A la sombra de los paraguas
los transeúntes se dan prisa, sin esperar..."
3 jul 2012
Somos milagros.
No creía en los milagros. La magia se fue de mi cabeza hace tiempo, dejé de creer en lo divino hace años, simplemente dejé de creer. Comencé a buscarme explicaciones físicas y coherentes ante todo, ni siquiera me atrevía a abrir la mente ante la Biblia o lo que dictaba la iglesia. Y sigo sin hacerlo, no me gusta que me impogan ideas y eso es lo que la sociedad hace, así que automáticamente lo rechazo de inmediato, como si me dieran un jarabe para la tos y yo lo escupiera al suelo.
No creía en los milagros tampoco. Y la verdad, los milagros no tienen que ver solamente con un Dios, o con cuentos del Antiguo testamento o el Nuevo. Sólo no creía en los milagros.
En esos sucesos de los que todos se asombran al ser logrados cuando todos saben que son imposibles siempre.
Pero entonces me puse a pensar; ¿de dónde vengo?
¿DE DONDE VENGO?
Los conocimientos que he adquirido a lo largo de mi vida, me dicen que vengo de una serie de células que se reproducieron durante nueve meses en el vientre de una hembra de mi especie, que dichas células al inicio eran sólo una llamada cigoto, que el cigoto se formó de la fusión entre otra célula antes de él llamado óvulo y un espermatozoide (éste venía el macho de mi especie), que el espermatozoide que le ayudó al óvulo luchó, celularmente, contra otros muchos espermatozoides y que al final éste fue quien obtuvo el reconocimiento de ganador. Pero a mí me gusta reconocerlo como un milagro.
Un milagro porque, de alguna manera, ¿cuáles eran las probabilidades de que aquella célula con un flagelo al final ganara? Porque aquella célula mocroscópica contenía parte de mi ADN, o sea de lo que soy el día de hoy. ¿Y si aquella célula hubiera perdido la batalla y otra con otro tipo de ADN ganaba? ¿Y si todos perdían y yo no era concebida como lo que soy? ¿Y se se concebía otro ser y yo no existía?
Aunque esto me ha tomado poco tiempo de escribir, siendo honesta, me tomó más tiempo reflexionarlo; soy un milagro. Y no porque un Dios en un paraíso que nadie vivo ha visto hubiera querido, fue simple magia, simple biología.
Así que antes de querer quitarnos la vida a mitad de camino (o antes), pensemos que somos el procesos arduo de cientos de células trabajando, que somos el milagro del que nuestros padres están orgullosos. Somos milagros porque, a pesar de las ideas tristes que tenemos de nosotros mismos, logramos salir adelante sin siquiera poseer un cerebro.
No creía en los milagros tampoco. Y la verdad, los milagros no tienen que ver solamente con un Dios, o con cuentos del Antiguo testamento o el Nuevo. Sólo no creía en los milagros.
En esos sucesos de los que todos se asombran al ser logrados cuando todos saben que son imposibles siempre.
Pero entonces me puse a pensar; ¿de dónde vengo?
¿DE DONDE VENGO?
Los conocimientos que he adquirido a lo largo de mi vida, me dicen que vengo de una serie de células que se reproducieron durante nueve meses en el vientre de una hembra de mi especie, que dichas células al inicio eran sólo una llamada cigoto, que el cigoto se formó de la fusión entre otra célula antes de él llamado óvulo y un espermatozoide (éste venía el macho de mi especie), que el espermatozoide que le ayudó al óvulo luchó, celularmente, contra otros muchos espermatozoides y que al final éste fue quien obtuvo el reconocimiento de ganador. Pero a mí me gusta reconocerlo como un milagro.
Un milagro porque, de alguna manera, ¿cuáles eran las probabilidades de que aquella célula con un flagelo al final ganara? Porque aquella célula mocroscópica contenía parte de mi ADN, o sea de lo que soy el día de hoy. ¿Y si aquella célula hubiera perdido la batalla y otra con otro tipo de ADN ganaba? ¿Y si todos perdían y yo no era concebida como lo que soy? ¿Y se se concebía otro ser y yo no existía?
Aunque esto me ha tomado poco tiempo de escribir, siendo honesta, me tomó más tiempo reflexionarlo; soy un milagro. Y no porque un Dios en un paraíso que nadie vivo ha visto hubiera querido, fue simple magia, simple biología.
Así que antes de querer quitarnos la vida a mitad de camino (o antes), pensemos que somos el procesos arduo de cientos de células trabajando, que somos el milagro del que nuestros padres están orgullosos. Somos milagros porque, a pesar de las ideas tristes que tenemos de nosotros mismos, logramos salir adelante sin siquiera poseer un cerebro.
2 jul 2012
...
Los sonidos de la noche me acompañan, no es un día especial, o quizá sí. Depende de cómo me sienta conmigo misma, siempre depende de ello.
Las ojeras en el espejo del baño me revelan el mal estado al que he sentenciado a mi cuerpo las últimas semanas, pero las pesadillas no me dejan descansar, no es culpa mía, o quizá sí.
Enjuago mi cara con agua fría del lavabo y vuelvo a mirarme al espejo, me veo mejor que hace unos segundos. La incertidumbre sobre lo que pasará mañana llena mi mente de pensamientos inútiles y complejos. No entiendo al mundo, me repito y cierro los ojos.
Ahí parada, inmóvil en medio del cuarto de baño me encuentro imaginando que no asesino a nadie, que el monstruo que crea mi mente es sólo imaginación acumulada. Que mi energía para luchar contra mí misma algún día regresará.
Pero los días pasan y el café ya no me sabe bien, las sandalias no saben ser usadas por mis pies y estos se dedican a vagar por la casa descalzos.
No importa que todo se desmorone, no importa ya que me haya convertido en algo que no era, no importa la pestilencia en el baúl de la racámara, ni la ropa sucia regada en el suelo desde la sala al cuarto de baño, tampoco importa que haya usado el arma, o que me sangre el labio, o que lleguen cartas de un extraño que quiso asesinarme. No importa nada. Tampoco importa si me duermo temprano o si lo que estoy diciendo es verdadero, no importa si esto es el recuerdo de un recuerdo.
No importa que mis demonios me persigan cuando menos lo necesito, o que sus ojos me miren fijamente con desconcierto, o que sus amables labios hayan dejado de besarme para fruncirse duramente, no importa.
Las ojeras en el espejo del baño me revelan el mal estado al que he sentenciado a mi cuerpo las últimas semanas, pero las pesadillas no me dejan descansar, no es culpa mía, o quizá sí.
Enjuago mi cara con agua fría del lavabo y vuelvo a mirarme al espejo, me veo mejor que hace unos segundos. La incertidumbre sobre lo que pasará mañana llena mi mente de pensamientos inútiles y complejos. No entiendo al mundo, me repito y cierro los ojos.
Ahí parada, inmóvil en medio del cuarto de baño me encuentro imaginando que no asesino a nadie, que el monstruo que crea mi mente es sólo imaginación acumulada. Que mi energía para luchar contra mí misma algún día regresará.
Pero los días pasan y el café ya no me sabe bien, las sandalias no saben ser usadas por mis pies y estos se dedican a vagar por la casa descalzos.
No importa que todo se desmorone, no importa ya que me haya convertido en algo que no era, no importa la pestilencia en el baúl de la racámara, ni la ropa sucia regada en el suelo desde la sala al cuarto de baño, tampoco importa que haya usado el arma, o que me sangre el labio, o que lleguen cartas de un extraño que quiso asesinarme. No importa nada. Tampoco importa si me duermo temprano o si lo que estoy diciendo es verdadero, no importa si esto es el recuerdo de un recuerdo.
No importa que mis demonios me persigan cuando menos lo necesito, o que sus ojos me miren fijamente con desconcierto, o que sus amables labios hayan dejado de besarme para fruncirse duramente, no importa.
23 jun 2012
¡Héctor!
Sí. Belascoarán Shayne también se había sentido perdido y enamorado al mismo tiempo. En el libro anterior se enamoró de la chica de la cola de caballo y hasta el segundo, siguen enviándose cartas desde lejos mientras él se hunde en búsquedas exhaustivas.
¿El bajista o Belascoarán Shayne?
Se sentía cansada. Al cruzar la puerta que daba a la sala, se recostó de inmediato en el sofá pequeño, pero su descanso duró poco al recordar las ganas tremendas que tenía de ir al baño.
Un día largo había sido desde que se levantó. Cuando prendió el boiler en la mañana, notó el piso del patio aún húmedo por las lluvias de anoche. Desayunó nada más que un café caliente, sólo dos cucharadas pequeñas de azúcar y salió disparada hacia la esquina para tomar un microbús hacia el metro Potrero. La línea verde la esperaba para ser recorrida por ella hasta Balderas y abandonarla para transbordar en la rosa, donde bajaría del andén en Pino Suárez y recorrería tan familiar pasaje lleno de editoriales con libros de diferentes títulos y autores.
Claro, como siempre, los audífonos la acompañaron hasta encontrarse con un muchacho de melenas largas cerca de la plancha del Zócalo. Nadie importante, si hablábamos enserio. Sólo un tipejo de aproximadamente 21 años de edad; cinco más que ella.
Nadie importante, porque para ella sólo era un muchacho de vida tan revuelta igual que los chinos de su cabello. "El chico del toquín", le llamaba ella sin que él lo supiera. Porque lo conoció en una de esas fiestas en las que bandas que nadie conoce tocan covers de canciones excelentes. Ni siquiera sabe por qué accedió a darle su teléfono aquella noche... Dicha noche en la que ella se encontraba con una sola amiga. Noche en la que le volvió loca la manera en que él tocaba el bajo. Noche en la que él se perdió entre el cabello enmarañado de ella mientras agidaba su cabeza disfrutando el compás de cada canción.
Después de eso, aún así, él sigue siendo nadie importante.
Él le regaló esos lentes de sol, con marco casi cuadrado que tanto usa la gente hoy día. "No quiero que esos pómulos se quemen", le dijo y ella sonrió usando lo ajeno.
Caminar alrededor de la plancha el Zócalo mexicano no era una idea que ella albergaba cuando salió de su casa sin decir una palabra a los adultos de la familia sobre sus planes. Pero aún así ella disfrutó las horas que pasó platicando con él...
Entonces, después de esas charlas, pasando ya las tres de la tarde, él dejó de ser "nadie importante" y se convirtió en "El bajista solitario". Porque lo conoció más y llegó a simpatizarle tanto, que dejó que los dibujara juntos uno de esos caricaturistas ambulantes.
Aunque ella ya se sentía en confianza, le pidió a él que guardara dicho dibujo. No quería lamentarse después por una relación pasajera mientras veía la caricatura.
Terminó el tiempo de estar juntos. Volvieron a meterse al metro, aún platicando. Un buen día era todavía, a pesar de las nubes gordas que ya se juntaban avisando tormenta. Ella, siguiendo su caminito de migas "línearosa-líneaverde", se despidió de él en Balderas y suspiró al subir en el otro andén.
Y llegó a su casa. Lo único que quería después de caminar tanto, era sentarse y leer algo bonito, algo que le hiciera olvidar los ojos oscuros del bajista solitario.
Nada más que él, su bajo y la música ruidosa ocuparon su mente hasta que durmió... Las seis de la tarde y ella ya veía las gotas comerse una a otra atravesando el vidrio de su ventana, mientras leía esas historias de su detectivo mexicano favorito.
Y se preguntó entonces: ¿Héctor Belascoarán Shayne también se sintió enamorado y perdido al mismo tiempo?
Un día largo había sido desde que se levantó. Cuando prendió el boiler en la mañana, notó el piso del patio aún húmedo por las lluvias de anoche. Desayunó nada más que un café caliente, sólo dos cucharadas pequeñas de azúcar y salió disparada hacia la esquina para tomar un microbús hacia el metro Potrero. La línea verde la esperaba para ser recorrida por ella hasta Balderas y abandonarla para transbordar en la rosa, donde bajaría del andén en Pino Suárez y recorrería tan familiar pasaje lleno de editoriales con libros de diferentes títulos y autores.
Claro, como siempre, los audífonos la acompañaron hasta encontrarse con un muchacho de melenas largas cerca de la plancha del Zócalo. Nadie importante, si hablábamos enserio. Sólo un tipejo de aproximadamente 21 años de edad; cinco más que ella.
Nadie importante, porque para ella sólo era un muchacho de vida tan revuelta igual que los chinos de su cabello. "El chico del toquín", le llamaba ella sin que él lo supiera. Porque lo conoció en una de esas fiestas en las que bandas que nadie conoce tocan covers de canciones excelentes. Ni siquiera sabe por qué accedió a darle su teléfono aquella noche... Dicha noche en la que ella se encontraba con una sola amiga. Noche en la que le volvió loca la manera en que él tocaba el bajo. Noche en la que él se perdió entre el cabello enmarañado de ella mientras agidaba su cabeza disfrutando el compás de cada canción.
Después de eso, aún así, él sigue siendo nadie importante.
Él le regaló esos lentes de sol, con marco casi cuadrado que tanto usa la gente hoy día. "No quiero que esos pómulos se quemen", le dijo y ella sonrió usando lo ajeno.
Caminar alrededor de la plancha el Zócalo mexicano no era una idea que ella albergaba cuando salió de su casa sin decir una palabra a los adultos de la familia sobre sus planes. Pero aún así ella disfrutó las horas que pasó platicando con él...
Entonces, después de esas charlas, pasando ya las tres de la tarde, él dejó de ser "nadie importante" y se convirtió en "El bajista solitario". Porque lo conoció más y llegó a simpatizarle tanto, que dejó que los dibujara juntos uno de esos caricaturistas ambulantes.
Aunque ella ya se sentía en confianza, le pidió a él que guardara dicho dibujo. No quería lamentarse después por una relación pasajera mientras veía la caricatura.
Terminó el tiempo de estar juntos. Volvieron a meterse al metro, aún platicando. Un buen día era todavía, a pesar de las nubes gordas que ya se juntaban avisando tormenta. Ella, siguiendo su caminito de migas "línearosa-líneaverde", se despidió de él en Balderas y suspiró al subir en el otro andén.
Y llegó a su casa. Lo único que quería después de caminar tanto, era sentarse y leer algo bonito, algo que le hiciera olvidar los ojos oscuros del bajista solitario.
Nada más que él, su bajo y la música ruidosa ocuparon su mente hasta que durmió... Las seis de la tarde y ella ya veía las gotas comerse una a otra atravesando el vidrio de su ventana, mientras leía esas historias de su detectivo mexicano favorito.
Y se preguntó entonces: ¿Héctor Belascoarán Shayne también se sintió enamorado y perdido al mismo tiempo?
12 jun 2012
Sólo duerme.
Caída la noche, la mujer llevó a Arthur a su dormitorio y lo arropó con las cobijas calientes de su camita. El niño sonrió a su madre desde la cama y ella se sentó sobre la silla, a un costado de él. Comenzó a contarle una historia sobre su padre, sobre cómo lo conoció, el día en que iniciaron su relación, el día en el que mismo Arthur nació, etc. Todo eso con una voz cálida, intentando hacerlo todo muy colorido para su hijo. Incluso ella se creyó las mentiras que añadió a la historia.
-¿Dónde está papá?- preguntó Arthur, con la cara iluminada por la luz de las estrellas.
-Trabaja. Ya lo sabes, Arthur--la mujer suspiró entristecida al recordar que su marido ya no la veía. Pero aún así prosiguió haciendo feliz al niño -Pero sabes que lo hace para salir a buscar nuevas aventuras para contártelas todas las mañanas antes de regresar al trabajo.--culminó la madre. El pequeño Arthur suspiró y cerró los ojos, mamá comenzaba a respirar profundo, fingiendo cansancio. Se tomó las sienes entre las manos y las sobó con cuidado, no sabía cómo pero la cabeza le dolía, se secó la única lágrima que cayó y rodó por la mejilla.
-Cuéntame otro cuento, mami--pidió el niño sentándose sobre la cama y poniendo las manitas sobre su regazo.
-No, hijo. Es hora de dormir-contestó solemne ella aún sobre la silla.
El niño insistió tres veces más, pero mamá se limitó a levantarse y darle un beso en la frente antes de salir del dormitorio. Apagó la luz del corredor y así en penumbras se dirigió a la sala, donde el sofá le regaló comodidad.
La mujer no podía descansar sabiendo que su marido no cuidaba al hijo de noche, ella era la nana y ángel guardián de Arthur. Consideraba absurdo que un hombre como su marido dejara tan solo a su hijo de tan sólo cuatro años, ni siquiera una niñera del gobierno había contratado para cuidarle en las mañanas y tardes cuando la casa se encontraba completamente desolada. ¿Qué es lo que el pequeño Arthur haría todos los días durante tanto tiempo? La mujer temió que algún día alguien robara la casa y le hicieran daño al niño, o que él por accidente encontrara venenos en la cocina o el cuarto de baño... "Ni el Cielo lo quiera" pensó.
La incertidumbre lleno su alma y comenzó a llorar en silencio, recargando su cara sobre la mano derecha. Cerró los ojos y dejó que las lágrimas cayeran y que su pecho se moviera descontroladamente por los convunsionales suspiros que daba en ratitos. Sólo la luz del cielo estrellado iluminaba el suelo de la sala y la mujer deseó que sus pensamientos también fueran iluminados, así podría pensar mejor para reestablecer la vida de su hijo.
Cerró los ojos unos segundos y al volver a abrirlos notó que había una silueta pequeña sentada en el sillón invididual que estaba enfrente de donde ella se encontraba.
-¿Por qué lloras, mami?-preguntó Arthur mirando a su madre entre la obscuridad.
-Regresa a la cama, pequeño Arthur-pidió mamá con voz solemne. Se secó las lágrimas y sus hipótesis se esfumaron.
-No quiero ir solo, ven conmigo.
-Regresa a la cama, Arthur-repitió, pero esta vez lo dijo con voz dura.
-Es que... Tengo miedo, mami-explicó temblando.
-Ven aquí-la madre se levantó y cargó al pequeño, quien le abrazó el cuello y comenzó llorar. Al parecer el niño había tenido pesadillas, o quizá sólo su imaginación le hizo recordar que le temía al ropero.
La madre llevó a Arthur de regreso a su dormitorio y ahí volvió a arroparlo con las acojedoras cobijas, no quería que se resfriara. Ya él recostado, su madre le acarició la frente y volvió a plantarle un beso ahí, el pequeño intentó tomarle la mano para obligarla a quedarse pero no lo logró.
-¡Quédate!-suplicó asustado-Mamí, quedate, por favor.
-No puedo-contestó ella indiferente mirando hacia la ventana y luego caminó hacia ella,--Sólo un ratito-- comenzó a tararear la canción de cuna que, antaño, su marido había compuesto con el piano para Arthur. El niño comenzó a quedarse dormido, sus párpados frágiles se cerraron a mitad de la canción y antes de caer completamente a los brazos de Morfeo soltó un largo y hondo suspiro, quedandose quieto toda la noche con una media sonrisa trazada debajo de la naricita puntiaguda; mientras, la madre ya salía ligera como una pluma de la casa por la ventana de la habitación para llegar al jardín y encontrar su lugar de descanso. Se dejó caer sobre el pasto húmedo, entre el barro, para regresar a su lápida.
-¿Dónde está papá?- preguntó Arthur, con la cara iluminada por la luz de las estrellas.
-Trabaja. Ya lo sabes, Arthur--la mujer suspiró entristecida al recordar que su marido ya no la veía. Pero aún así prosiguió haciendo feliz al niño -Pero sabes que lo hace para salir a buscar nuevas aventuras para contártelas todas las mañanas antes de regresar al trabajo.--culminó la madre. El pequeño Arthur suspiró y cerró los ojos, mamá comenzaba a respirar profundo, fingiendo cansancio. Se tomó las sienes entre las manos y las sobó con cuidado, no sabía cómo pero la cabeza le dolía, se secó la única lágrima que cayó y rodó por la mejilla.
-Cuéntame otro cuento, mami--pidió el niño sentándose sobre la cama y poniendo las manitas sobre su regazo.
-No, hijo. Es hora de dormir-contestó solemne ella aún sobre la silla.
El niño insistió tres veces más, pero mamá se limitó a levantarse y darle un beso en la frente antes de salir del dormitorio. Apagó la luz del corredor y así en penumbras se dirigió a la sala, donde el sofá le regaló comodidad.
La mujer no podía descansar sabiendo que su marido no cuidaba al hijo de noche, ella era la nana y ángel guardián de Arthur. Consideraba absurdo que un hombre como su marido dejara tan solo a su hijo de tan sólo cuatro años, ni siquiera una niñera del gobierno había contratado para cuidarle en las mañanas y tardes cuando la casa se encontraba completamente desolada. ¿Qué es lo que el pequeño Arthur haría todos los días durante tanto tiempo? La mujer temió que algún día alguien robara la casa y le hicieran daño al niño, o que él por accidente encontrara venenos en la cocina o el cuarto de baño... "Ni el Cielo lo quiera" pensó.
La incertidumbre lleno su alma y comenzó a llorar en silencio, recargando su cara sobre la mano derecha. Cerró los ojos y dejó que las lágrimas cayeran y que su pecho se moviera descontroladamente por los convunsionales suspiros que daba en ratitos. Sólo la luz del cielo estrellado iluminaba el suelo de la sala y la mujer deseó que sus pensamientos también fueran iluminados, así podría pensar mejor para reestablecer la vida de su hijo.
Cerró los ojos unos segundos y al volver a abrirlos notó que había una silueta pequeña sentada en el sillón invididual que estaba enfrente de donde ella se encontraba.
-¿Por qué lloras, mami?-preguntó Arthur mirando a su madre entre la obscuridad.
-Regresa a la cama, pequeño Arthur-pidió mamá con voz solemne. Se secó las lágrimas y sus hipótesis se esfumaron.
-No quiero ir solo, ven conmigo.
-Regresa a la cama, Arthur-repitió, pero esta vez lo dijo con voz dura.
-Es que... Tengo miedo, mami-explicó temblando.
-Ven aquí-la madre se levantó y cargó al pequeño, quien le abrazó el cuello y comenzó llorar. Al parecer el niño había tenido pesadillas, o quizá sólo su imaginación le hizo recordar que le temía al ropero.
La madre llevó a Arthur de regreso a su dormitorio y ahí volvió a arroparlo con las acojedoras cobijas, no quería que se resfriara. Ya él recostado, su madre le acarició la frente y volvió a plantarle un beso ahí, el pequeño intentó tomarle la mano para obligarla a quedarse pero no lo logró.
-¡Quédate!-suplicó asustado-Mamí, quedate, por favor.
-No puedo-contestó ella indiferente mirando hacia la ventana y luego caminó hacia ella,--Sólo un ratito-- comenzó a tararear la canción de cuna que, antaño, su marido había compuesto con el piano para Arthur. El niño comenzó a quedarse dormido, sus párpados frágiles se cerraron a mitad de la canción y antes de caer completamente a los brazos de Morfeo soltó un largo y hondo suspiro, quedandose quieto toda la noche con una media sonrisa trazada debajo de la naricita puntiaguda; mientras, la madre ya salía ligera como una pluma de la casa por la ventana de la habitación para llegar al jardín y encontrar su lugar de descanso. Se dejó caer sobre el pasto húmedo, entre el barro, para regresar a su lápida.
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Así que cierra tus ojos. Bésame, di adiós.
Y duerme. Sólo duérmete.
La parte más difícil es dejar ir tus sueños
Y duerme. Sólo duérmete.
La parte más difícil es dejar ir tus sueños
So shut your eyes, kiss me, goodbye.
And sleep.Just sleep.
The hardest part is letting go off your dreams.
The hardest part is letting go off your dreams.
"Sleep"-My Chemical Romance
1 jun 2012
Accidente
Ni siquiera sabes cómo empezar, ¿cierto? Te dices que quieres contarlo para que se te olvide, como cuando le contabas tus pesadillas a tu abuela y entonces olvidabas lo que habías soñado anoche. Pero sabes que de todos modos esa trágica escena no va a irse de tu mente en quizá algunos días, seguirás con el trauma. Sabes que es normal estar traumado por cosas así, pero temes que te vuelvas un ser humano paranoico.
La sangre era algo que lograbas aguantar por el hospital en el que trabajas. Eres una buena enfermera, sabes atender urgencias; desde un rodilla abierta hasta un hombro dislocado, ahora te dedicas a abrirles el vientre a las mujeres entusiasmadas y al mismo tiempo asustadas por la nueva vida que están pariendo.
Pero esta mañana la sangre fue tu enemiga por completo. La cara destrozada de aquella dama entre las vías del tren...
Pero cuéntamelo desde el inicio:
Bien, sí. Sí sé que habías salido de trabajar de la jornada nocturna y que por ello, en la mañana... ¿A qué hora? Ah, sí, a las nueve y media, ya te encontrabas bajando las escaleras hacia el metro.
Ajá, ibas maquilando los planes del día entero. Imaginabas las cosas que harías de comer para tu familia. Cómo tus hijos te ayudarían a poner la mesa para que todos pudieran alimentarse con tus platillos deliciosos. Cómo luego de eso y de lavarse los dientes, todos se sentarían en la tarde a pensar qué película verían en la noche, porque la cartelera del cine estaba muy interesante ese día. Sí, sí...
Todo eso lo imaginaste mientras pasabas los torniquetes, subías de nuevo escaleras y caminabas para el lado de las mujeres en el andén del metro... Perdón ¿Qué estación era?, ¿No lo recuerdas o no quieres recordarlo?... Já. Bueno, da igual. De todos modos la historia no cambiaría ahora que comencé a escribirla para que tu mente no te juegue bromas después. De acuerdo.
Entonces... Decidiste marcar a tu casa. Por suerte todavía tenía recepción el celular. Hablaste un rato con tu hijo y le comentaste tus planes. Él estuvo de acuerdo contigo y te comentó de la película que él quería ver en el cine. Te contó que trataba de asesinatos y cosas sin resolver, como los libros de detectives que les leías a todos cuando eran más chicos. Te alegraste un poco porque él recordó eso y tú sólo comentaste que tenían qué hablar de eso después de la comida. Él volvió a estar de acuerdo y después de una cálida despedida colgaron.
Pensabas sentarte en uno de esos lugares individuales dentro del vagón para poder ir calmada. El trabajo había estado pesado anoche; tres cesáreas y dos partos naturales. Qué friega, pensaste entonces. Dos gritos agresivos captaron tu atención: un hombre y su mujer discutían entre la muchedumbre, que por cierto, no era mucha. "Mucha muchedumbre", já.
Decidiste entonces ignorar los gritos, las ofensas, incluso había promesas entre líneas. Porque la histeria urbana te estaba volando el cerebro desde el primer momento en el que naciste ahí.
Te alejaste un poco para que el sonido de aquellos, pareja nerviosa, se disipara sólo un poco.
Seguías en tu mundo, cuando de repente viste a aquél gran monstruo anaranjado acercarse al andén. El metro llegaba al fin. La salvación a tus pies y cansancio había llegado. Suspiraste aliviada, por fin te sentarías hasta llegar la estación cercana a tu casa. Esperabas con ansias entrar y dirigirte, incesante, a tu habitación y recostarte unos cinco minutos.
Entonces, todo se tensó cuando la esposa gritó cual mujer horrorizada en una película thriller, cuando al tiempo que volteabas ya no veías más que gente asustada y el metro se había parado con tal enfrenón que los pasajeros también se mostraron curiosos. Más gritos de mujeres acompañaron el eco de la voz aterrorizada de aquella señora. Aquella dama que yacía deshecha entre las vías del tren.
No supiste qué hacer. Tu labor como enfermera lo olvidaste en esos minutos. Los minutos que te hicieron querer desaparecer de la faz de la tierra. Si fueras tan valiente como la señora también te habrías aventado a un segundo metro, quizá en otra estación, quizá en otra línea. Porque de nuevo el estrés te llenaba la cabeza y tus ojos salieron de sus órbitas por la presión que sentías.
Te enojaste mucho al saber que no pudiste salvar una vida, siendo que eras especialista en esas cosas. Al menos lograbas hacerlo dentro de un hospital. Al menos tenías manos que sanaban ahí, en tu trabajo. Pero ¿de qué servía eso si no pudiste evitar ese accidente?
La sangre era algo que lograbas aguantar por el hospital en el que trabajas. Eres una buena enfermera, sabes atender urgencias; desde un rodilla abierta hasta un hombro dislocado, ahora te dedicas a abrirles el vientre a las mujeres entusiasmadas y al mismo tiempo asustadas por la nueva vida que están pariendo.
Pero esta mañana la sangre fue tu enemiga por completo. La cara destrozada de aquella dama entre las vías del tren...
Pero cuéntamelo desde el inicio:
Bien, sí. Sí sé que habías salido de trabajar de la jornada nocturna y que por ello, en la mañana... ¿A qué hora? Ah, sí, a las nueve y media, ya te encontrabas bajando las escaleras hacia el metro.
Ajá, ibas maquilando los planes del día entero. Imaginabas las cosas que harías de comer para tu familia. Cómo tus hijos te ayudarían a poner la mesa para que todos pudieran alimentarse con tus platillos deliciosos. Cómo luego de eso y de lavarse los dientes, todos se sentarían en la tarde a pensar qué película verían en la noche, porque la cartelera del cine estaba muy interesante ese día. Sí, sí...
Todo eso lo imaginaste mientras pasabas los torniquetes, subías de nuevo escaleras y caminabas para el lado de las mujeres en el andén del metro... Perdón ¿Qué estación era?, ¿No lo recuerdas o no quieres recordarlo?... Já. Bueno, da igual. De todos modos la historia no cambiaría ahora que comencé a escribirla para que tu mente no te juegue bromas después. De acuerdo.
Entonces... Decidiste marcar a tu casa. Por suerte todavía tenía recepción el celular. Hablaste un rato con tu hijo y le comentaste tus planes. Él estuvo de acuerdo contigo y te comentó de la película que él quería ver en el cine. Te contó que trataba de asesinatos y cosas sin resolver, como los libros de detectives que les leías a todos cuando eran más chicos. Te alegraste un poco porque él recordó eso y tú sólo comentaste que tenían qué hablar de eso después de la comida. Él volvió a estar de acuerdo y después de una cálida despedida colgaron.
Pensabas sentarte en uno de esos lugares individuales dentro del vagón para poder ir calmada. El trabajo había estado pesado anoche; tres cesáreas y dos partos naturales. Qué friega, pensaste entonces. Dos gritos agresivos captaron tu atención: un hombre y su mujer discutían entre la muchedumbre, que por cierto, no era mucha. "Mucha muchedumbre", já.
Decidiste entonces ignorar los gritos, las ofensas, incluso había promesas entre líneas. Porque la histeria urbana te estaba volando el cerebro desde el primer momento en el que naciste ahí.
Te alejaste un poco para que el sonido de aquellos, pareja nerviosa, se disipara sólo un poco.
Seguías en tu mundo, cuando de repente viste a aquél gran monstruo anaranjado acercarse al andén. El metro llegaba al fin. La salvación a tus pies y cansancio había llegado. Suspiraste aliviada, por fin te sentarías hasta llegar la estación cercana a tu casa. Esperabas con ansias entrar y dirigirte, incesante, a tu habitación y recostarte unos cinco minutos.
Entonces, todo se tensó cuando la esposa gritó cual mujer horrorizada en una película thriller, cuando al tiempo que volteabas ya no veías más que gente asustada y el metro se había parado con tal enfrenón que los pasajeros también se mostraron curiosos. Más gritos de mujeres acompañaron el eco de la voz aterrorizada de aquella señora. Aquella dama que yacía deshecha entre las vías del tren.
No supiste qué hacer. Tu labor como enfermera lo olvidaste en esos minutos. Los minutos que te hicieron querer desaparecer de la faz de la tierra. Si fueras tan valiente como la señora también te habrías aventado a un segundo metro, quizá en otra estación, quizá en otra línea. Porque de nuevo el estrés te llenaba la cabeza y tus ojos salieron de sus órbitas por la presión que sentías.
Te enojaste mucho al saber que no pudiste salvar una vida, siendo que eras especialista en esas cosas. Al menos lograbas hacerlo dentro de un hospital. Al menos tenías manos que sanaban ahí, en tu trabajo. Pero ¿de qué servía eso si no pudiste evitar ese accidente?
29 may 2012
Seguir siendo
Te das cuenta que el mundo está equivocado cuando miras un programa de televisión en donde el villano todo lo toma como "el gran juego".
Te das cuenta que el mundo es aburrido cuando entiendes al villano. Cuando entiendes por qué dicho personaje decide jugar el juego y arriesgarlo todo, incluso su reputación. Incluso su vida.
Te das cuenta que incluso tu podrías hacer lo mismo. Que también te sientes aburrido, que lo harías si...
Si tuvieras las agallas suficientes de olvidarlo todo y poner todas las cartas sobre la mesa. Tu vida entera.
¿Qué haríamos entonces para no arriesgarnos tanto como los protagonistas? Al menos no físicamente.
Escribiríamos cuentos. "Pero, ¡bah! Son puras tonterías. Puras fantasías"
MORIRIA FELIZ, AL MENOS.
Te das cuenta que el mundo es aburrido cuando entiendes al villano. Cuando entiendes por qué dicho personaje decide jugar el juego y arriesgarlo todo, incluso su reputación. Incluso su vida.
Te das cuenta que incluso tu podrías hacer lo mismo. Que también te sientes aburrido, que lo harías si...
Si tuvieras las agallas suficientes de olvidarlo todo y poner todas las cartas sobre la mesa. Tu vida entera.
¿Qué haríamos entonces para no arriesgarnos tanto como los protagonistas? Al menos no físicamente.
Escribiríamos cuentos. "Pero, ¡bah! Son puras tonterías. Puras fantasías"
MORIRIA FELIZ, AL MENOS.
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