Se miró al espejo y los ojos brillosos le regresaron la mirada alegre que él le había enseñado a portar. Pero un pensamiento cruzó su mente y la sonrisa que acompañaba la mirada se desvaneció en el ambiente, dandole paso a un rostro preocupado.
Se había dejado llevar por sentimientos humanos que siempre había querido evitar.
Se había encariñado tanto, que no podía dejar de pensarle. No le iba a dejar de pensar nunca. Era su amigo. Era su protector y guía. Era mayor y al mismo tiempo siempre se portaba como un niño. Junto con la muerte tan cercana, le enseñó que la vida en silencio que los introvertidos practican no es tan divertida. No es tan divertida como la vida de los que gritan cuando se asustan, los que gruñen cuando se enojan, los que se raspan la garganta cuando quieren hablar, los que hablan cuando sienten que deben hacerlo, los que abrazan gente sin conocerlos, los que miran el cielo desde un edificio ajeno, los que muestran orgullo pleno por lo que hacen sin importar lo que sea, los que se paran sobre el escritorio y bailan al ritmo de una canción tonta, los que preguntan y preguntan ¿Por qué? hasta que son escuchados. Le enseñó que los extrovertidos son tan divertidos y tan humanos como los introvertidos. Aquél jóven guía le enseñó que ser de ambos bandos es prudente cuando te encuentras entre adultos en una junta ejecutiva. Pero aprendió que no todos los que portan una identificación de adulto son elegibles para conducir una camioneta para llevar menores a una excursión. Le enseñaron a hablar con extraños para pedir favores, y aprendió que la cortesía a veces estaba de más cuando se encontraba con amigos cercanos. Aprendió a sonreír y a callar, y aprendió que confiar mucho en alguien es peligroso y que no confiar en nadie también lo es.
Pero ¿qué más estaba pasando? ¿Por qué se sentía tan mal a veces?
Quizá era que con tanta felicidad siempre llega la miseria. Quizá realmente se había encariñado tanto con todo lo que hacía y con todos, que al final, cuando era hora de volver a casa, la vida no tenía sentido. Pero quizá no añoraba a todos. Quizá sólo quería pasar un buen rato, quizá quería otra cosa. ¿Por qué era tan difícil definir sus pensamientos?
22 dic 2014
11 nov 2014
Cuando Era Niña...
Los sábados en la mañana eran especiales porque empezaban nuestras caricaturas favoritas en la televisión. Mi hermana y yo, nos despertábamos más temprano que nadie en el vecindario porque era el horario televisivo para ver Power Puff Girls en Cartoon Network. Después, mamá se despertaba y nos hacía de desayunar alrededor de las 11 de la mañana. Después, ayudábamos a hacer la comida y terminábamos nuestra tarea durante el día.
Cuando tenía diez años, mis amigos y yo, solíamos jugar basquetbol en el mismo parque que yo visitaba de niña. Cuando tenía diez años, habían construido una buena cancha de basquetbol con excelentes canastas enormes que se alzaban hacia las nubes. Diego, Esteban, Axel, Miguel, Kenya y yo, jugábamos horas ahí. Inventábamos nuevas maneras de dar buenos tiros a las canastas a pesar de nuestra altura escasa.
Cuando era niña, visitaba a la abuela Ofelia. Ahí, jugaba con las que llaman “muñecas rusas”, pero mi abuela les decía “matrushkas”, porque ese es su nombre verdadero. Sacaba la primera de la más grande, la siguiente de la primera, la siguiente de la segunda y así, hasta sacar desde dentro del corazón de todas las muñecas, a la más pequeñita de todas. En la casa de la abuela Ofelia también había juguetes que jamás fueron míos, pero que siempre me habían sido prestados. Había una clase de muñeca de trapo que jamás tuvo nombre y un juguete de cuerda que planeaba a unos diez centímetros del suelo por unos segundos. Había una silla de madera en la que podía sentarme sin que colgaran mis pies. En la casa de la abuela, cuando llegaban mis primos, salíamos a jugar. A lado de la casa, había un jardín muy pequeño que cuidaba una vecina. De ahí, arrancábamos flores y nos hacíamos coronas las niñas mientras que los niños planeaban una buena broma para molestarnos. Pero nunca nos peleábamos. Sólo jugábamos a que el que encontrara la piedra más grande del lugar, ganaba. Discutíamos si el ladrillo que uno de ellos sacaba de una de las paredes que estaban tirando cerca de ahí, podía ser considerado la piedra ganadora. Al final, terminábamos jugando a las escondidas. El último en ser encontrado era siempre Juanito porque era el más pequeño y el más listo. Una vez se escondió en la azotea y se quedó ahí todo el día. Pero jamás se desesperó. Yo siempre le creí que las gotas que recorrían sus mejillas eran porque le había llovido un poco ahí arriba.
Cuando era niña, mis papás aún escuchaban música de una grabadora que reproducía casetes, o cintas. Solían reproducir melodías de grupos de rock clásico en versión instrumental. Canciones melódicas y bien estructuradas a comparación de lo que se escucha hoy día. A veces ponían las grabaciones de lo que decía cuando yo era más pequeña. A pesar de mi escasa edad, me gustaba regresar a mi no tan lejano pasado y acordarme de lo que sentía cuando tenía dos años.
Cuando era niña, veía el canal 5, donde pasaban a las ocho de la noche El Chavo del 8. Veía el canal once, donde pasaban Biz Birije a las cuatro de la tarde. Cuando era niña, mis papás nos compraban películas en VHS y las reproducían en una videocasetera. Cuando era niña, mi tío Juan decía que en un futuro no muy lejano, dejaríamos de poner los CDs en la grabadora y que nos encontraríamos escuchando música de chips pequeños. Técnicamente, no se equivocó. Cuando era niña, los nuevos robots me daban miedo. Yo no quería jugar Solitario en la computadora, quería columpiarme en los asientos rojos voladores. Quería ir a la feria y vivir ahí. Cuando era niña, no tenía perro porque mi hermana era asmática pero no me importaba. Cuando era niña, mis amigas y yo pensábamos que las mujeres se embarazaban cada vez que un hombre las besaba en la boca. Cuando era niña, mis rodillas siempre estaban manchadas de tierra, al igual que mis vestidos azules. Mi papá solía rebotar la pelota sobre el suelo, y mi hermana y yo mirábamos hacia el cielo para ver que tan lejos llegaba. Pero siempre quise ser grande de niña y me prometí que a los dieciocho...
Cuando tenía diez años, mis amigos y yo, solíamos jugar basquetbol en el mismo parque que yo visitaba de niña. Cuando tenía diez años, habían construido una buena cancha de basquetbol con excelentes canastas enormes que se alzaban hacia las nubes. Diego, Esteban, Axel, Miguel, Kenya y yo, jugábamos horas ahí. Inventábamos nuevas maneras de dar buenos tiros a las canastas a pesar de nuestra altura escasa.
Cuando era niña, visitaba a la abuela Ofelia. Ahí, jugaba con las que llaman “muñecas rusas”, pero mi abuela les decía “matrushkas”, porque ese es su nombre verdadero. Sacaba la primera de la más grande, la siguiente de la primera, la siguiente de la segunda y así, hasta sacar desde dentro del corazón de todas las muñecas, a la más pequeñita de todas. En la casa de la abuela Ofelia también había juguetes que jamás fueron míos, pero que siempre me habían sido prestados. Había una clase de muñeca de trapo que jamás tuvo nombre y un juguete de cuerda que planeaba a unos diez centímetros del suelo por unos segundos. Había una silla de madera en la que podía sentarme sin que colgaran mis pies. En la casa de la abuela, cuando llegaban mis primos, salíamos a jugar. A lado de la casa, había un jardín muy pequeño que cuidaba una vecina. De ahí, arrancábamos flores y nos hacíamos coronas las niñas mientras que los niños planeaban una buena broma para molestarnos. Pero nunca nos peleábamos. Sólo jugábamos a que el que encontrara la piedra más grande del lugar, ganaba. Discutíamos si el ladrillo que uno de ellos sacaba de una de las paredes que estaban tirando cerca de ahí, podía ser considerado la piedra ganadora. Al final, terminábamos jugando a las escondidas. El último en ser encontrado era siempre Juanito porque era el más pequeño y el más listo. Una vez se escondió en la azotea y se quedó ahí todo el día. Pero jamás se desesperó. Yo siempre le creí que las gotas que recorrían sus mejillas eran porque le había llovido un poco ahí arriba.
Cuando era niña, mis papás aún escuchaban música de una grabadora que reproducía casetes, o cintas. Solían reproducir melodías de grupos de rock clásico en versión instrumental. Canciones melódicas y bien estructuradas a comparación de lo que se escucha hoy día. A veces ponían las grabaciones de lo que decía cuando yo era más pequeña. A pesar de mi escasa edad, me gustaba regresar a mi no tan lejano pasado y acordarme de lo que sentía cuando tenía dos años.
Cuando era niña, veía el canal 5, donde pasaban a las ocho de la noche El Chavo del 8. Veía el canal once, donde pasaban Biz Birije a las cuatro de la tarde. Cuando era niña, mis papás nos compraban películas en VHS y las reproducían en una videocasetera. Cuando era niña, mi tío Juan decía que en un futuro no muy lejano, dejaríamos de poner los CDs en la grabadora y que nos encontraríamos escuchando música de chips pequeños. Técnicamente, no se equivocó. Cuando era niña, los nuevos robots me daban miedo. Yo no quería jugar Solitario en la computadora, quería columpiarme en los asientos rojos voladores. Quería ir a la feria y vivir ahí. Cuando era niña, no tenía perro porque mi hermana era asmática pero no me importaba. Cuando era niña, mis amigas y yo pensábamos que las mujeres se embarazaban cada vez que un hombre las besaba en la boca. Cuando era niña, mis rodillas siempre estaban manchadas de tierra, al igual que mis vestidos azules. Mi papá solía rebotar la pelota sobre el suelo, y mi hermana y yo mirábamos hacia el cielo para ver que tan lejos llegaba. Pero siempre quise ser grande de niña y me prometí que a los dieciocho...
6 nov 2014
¿Qué más?
Daniela quería algo más. Siempre algo más.
Cuando entraba y cerraba la puerta en la habitación de su jóven amigo, sentía que una nueva aventura comenzaría.
Se preguntaba qué más habría por descubrir. ¿Cuánto tiempo les tomaría encontrar algo de que hablar? Y si lo hacían, ¿por cuánto tiempo hablarían? ¿Sería divertido? ¿Sería algo melancólico?
Ya habían cubierto muchos aspectos de la vida de cada uno... pero siempre había algo más. ¿Qué le traería su jóven guía esta vez?
¿Volarían por los aires esta vez?
¿Irían a descubrir nuevas especies de animales en lugares lejanos?
¿Aprenderían un nuevo idioma juntos?
¿Irían a descubrir nuevas especies de animales en lugares lejanos?
¿Aprenderían un nuevo idioma juntos?
¡¿Qué más?!
30 oct 2014
Short Story
It was a quaint morning in the month of September when
Allan decided to go for a walk and take me with him. I loved when Allan came to
visit, he would always treat me like a smart kid, and he would always listen to
me. We would walk and talk about dreams and funny things to think at the park. Going
for a walk was always only a prologue to long days of adventures with my
older brother because the park led to a portentous forest, which contrastingly
led to a breath-taking promontory. There, the sea would softly dance
with the clouds in perfect synchrony at this time of the year, and Allan and I
would crawl up the ponderous rocks to watch the whole spectacle in
silence. However, this particular morning was different. Despite the portent
of a high percent of rain, he got me a strawberry home-made ice-cream and he
got some coffee for himself. Besides, this time, the promontory had to wait
because something had caught my ears. Not my eye, my ears. Right after we got
our ice-creams and left the shop, I heard the soft voice of an unknown instrument.
It was calling me from far away. My attention went from the conversation of a
pair of ladies, who loved to prate about the new mayor in town, to the
swift sound that ran through my eardrums. I sprint towards the main square,
ice-cream cone in hand, and Allan followed me, sipping his cup of coffee at
times. I ably followed my heart to the nucleus of this new mystery, and there
she was. A fair young woman was playing a prodigal cello in the center of the
square. The humming of the bow with the strings had a potent effect in
me. It made my smile, and feel sad, and feel angry, all at the same time. Allan
finally made it there. “Don’t ever do that again, Scarlet! I almost dropped my
coffee,” he said in a playful way, because he would never scold me for
anything. He had always said he loved my boldness. Then he stayed quiet, for a
new song had started. The cellist was so focused on the making of sound that
she didn’t seem to care about her bleeding fingers. She was so fair, so
delicate you’d ever imagine her being profane in any manner. I walked
around her with the music still humming in the air. I examined her every
movement, and that was when I found something interesting. She had hung a small
sign on her back that read, “Excuse if I interrupt your daily activities, all I
need is a little bit of money to pay for my music career. If you desire for me
to stop playing you may say so, but I won’t stop fighting for music until I
finish up school. Thank you for your attention. Enjoy.” Her dedication
captivated me. Fighting for what you loved seemed a great precept to
enjoy life by, and I asked Allan to help the young woman a little bit. When she
finally opened her eyes, Allan and I applauded her. My brother put a
fifty-dollar bill into her pocket with discretion, and I thanked her for being
beautiful and for showing me that beauty could exist in your ears as much as it
fits in your eyes. That is all I
remember. To this day I still don’t know what was of her, or if she ever
wondered what was of me, but all I know is that I am leading a concert with my
own cello, and I am playing for Allan and for her.
22 ago 2014
Ernesto
Sé que sigues aquí.
Aunque me fui y luego tú te fuiste
sigues conmigo.
Estás en la sal del mar al que fui a visitar el verano pasado
estás en el sol ardiente que brilla a millones de años luz
estás en las nubes que bailan en el cielo y lloran de contentas
estás en las estrellas que nos vigilan desde arriba
estás en el paisaje llano de Texas y en el valle del Distrito Federal
estás en el suelo que piso y en el aire que respiro
tu aliento se queda conmigo cuando huelo estas rosas en mi mano
tus pies me acompañan cuando camino descalza por la casa
tu voz e influencia se compacta en mis audífonos mientras camino a la escuela
el sonido de tu corazón lo escucho en los tambores
y aunque digan que no es cierto,
el sonido de tu torrente sanguíneo lo representa esa guitarra poderosa
imagino tu pulso en el bajo de las canciones
y tu voz sigue ahí, melodiosa como el teclado eléctrico que me hace estremecer.
Regresas cada noche a visitarme
no te has ido
no te vas a ir nunca
porque aunque no ya no te vea nadie
tu esencia se quedó para siempre.
Aunque me fui y luego tú te fuiste
sigues conmigo.
Estás en la sal del mar al que fui a visitar el verano pasado
estás en el sol ardiente que brilla a millones de años luz
estás en las nubes que bailan en el cielo y lloran de contentas
estás en las estrellas que nos vigilan desde arriba
estás en el paisaje llano de Texas y en el valle del Distrito Federal
estás en el suelo que piso y en el aire que respiro
tu aliento se queda conmigo cuando huelo estas rosas en mi mano
tus pies me acompañan cuando camino descalza por la casa
tu voz e influencia se compacta en mis audífonos mientras camino a la escuela
el sonido de tu corazón lo escucho en los tambores
y aunque digan que no es cierto,
el sonido de tu torrente sanguíneo lo representa esa guitarra poderosa
imagino tu pulso en el bajo de las canciones
y tu voz sigue ahí, melodiosa como el teclado eléctrico que me hace estremecer.
Regresas cada noche a visitarme
no te has ido
no te vas a ir nunca
porque aunque no ya no te vea nadie
tu esencia se quedó para siempre.
Me siento diferente
Ya no soy la misma.
Soy materia y soy un ser vivo.
Soy parte de la geografía del planeta
y también del poema del mundo.
Pero ya no soy lo mismo.
La química de mi cerebro trabaja diferente
y el lugar en el que vivo tampoco es igual.
El poema que yo era, tiene diferente titulo y contenido.
Y es raro.
Porque ni siquiera sé cuándo fue que empecé a cambiar.
Porque quizá nunca cambié y sólo me estoy dejando llevar.
Soy materia y soy un ser vivo.
Soy parte de la geografía del planeta
y también del poema del mundo.
Pero ya no soy lo mismo.
La química de mi cerebro trabaja diferente
y el lugar en el que vivo tampoco es igual.
El poema que yo era, tiene diferente titulo y contenido.
Y es raro.
Porque ni siquiera sé cuándo fue que empecé a cambiar.
Porque quizá nunca cambié y sólo me estoy dejando llevar.
8 jul 2014
Tiempo.
Voy a crecer.
Recuerdo que antes cuando decían la palabra 'crecer' me venían a la mente otras palabras como soñar, creer, anhelar, esperar, querer, confiar, sonreír, felicidad... Un sinfin de palabras positivas que me motivaban a seguir vagando por el mundo. Sentía que había nacido para vagar por el mundo.
Pero hoy es diferente. Hoy aún a veces escucho el eco de esas palabras, pero el sonido sólido de las palabras "miedo" e "intercidumbre" opacan al eco. El 'crecer' de antes se desvanece y el de ahora toma lugar y me hace temblar y detenerme. Me hace querer cerrar los ojos para siempre, o al menos hasta que pase. Me hace querer quedarme en cama todo el día, con las luces apagadas, como un Harry Potter de once años que hace como si no existiera.
Y tengo miedo.
Temo que todo aquello que parecían posibilidades sean sueños inexistentes que jamás voy a lograr. Tengo miedo de que todo lo que haga para lograr mis metas termine siendo parte de un baúl de cosas olvidadas en el mundo. Tengo miedo de que todo lo que he hecho no valga la pena. Entonces, me quedo callada y dejo de moverme. Vivo en la incertidumbre y dudo de todo, de todos, y hasta de mí. Olvido quién fui y quién quise ser, entonces, me estanco entre el tiempo, y el espacio de mi habitación se achica más y más hasta volverse tan estrecho como mi cuello, tan estrecho que me aprieta y me sofoca.
No tengo ataques de ansiedad, sólo tengo miedo de moverme. Por alguna razón, siento que si sigo haciendo lo que hago, no voy a llegar a ningún lado. Por otra razón, siento que si no hago lo que estoy haciendo, haré sufrir a mi yo interno y a los seres que me rodean, convirtiéndome en una bomba de tiempo.
4 may 2014
Mayo 3, 2014. Madrugada
Hoy soñé con las amaigas. Estaban conmigo, como antes, y las llevaba a todos esos lugares donde quise invitarlas desde que llegué aquí.
5 abr 2014
No me he ido
Empecé a desvanecerme un poco
Quizá me alejé físicamente de mi hogar
pero últimamente he pensado que
yo soy mi propio hogar.
No escribo haikús o poemas.
Nunca lo hice, y quizá nunca lo haga
Nunca lo hice, y quizá nunca lo haga
pero siempre me gustó ser yo en letras.
A veces era yo en letras y personajes,
los cuales existían en letras igualmente.
los cuales existían en letras igualmente.
Mi cabeza se mantenía cuerda y
no me dolía ni me daba vueltas
no me dolía ni me daba vueltas
Pero supongo que siempre hay un "clímax"
el cual te hace darte cuenta de algo.
el cual te hace darte cuenta de algo.
En la vida, supongo yo, hay más de uno
y, generalmente, se sienten como una cachetada
Y duelen. Te destruyen.
Te vuelven cenizas.
Pero esas cenizas, las cuales
mayor parte son tuyas,
vuelan en el aire y se transforman
mayor parte son tuyas,
vuelan en el aire y se transforman
Se mantienen en tu forma
pero hay un cambio.
Y es ahí cuando renacemos
cual fénix en plena juventud.
pero hay un cambio.
Y es ahí cuando renacemos
cual fénix en plena juventud.
Quizá no sea sociablemente aceptable
en cuanto a apariencia física
en cuanto a apariencia física
Pero al menos
sigo sintiéndome como yo misma
sigo sintiéndome como yo misma
Yo misma con la espalda erguida
y la sonrisa abarcándome el rostro entero
2 feb 2014
Historia corta.
Un mes después y aún así lo sueña. A pesar de las exigencias de sus padres. A pesar de saber que se convertirá en uno de esos brutos que le destrocen los sueños y "el corazón", ella sigue queriendo dibujar sus ojos. Sigue imaginando que contará ese romance a sus sobrinos, o incluso a cualquier persona que se le cruce en el camino.
¿Qué no podría dejar de enamorarse alguna vez?
Y es que desde la última vez que ella se sintió así y por enésima vez la lastimaron, se juró solemnemente que se enfocaría en las artes de la escritura y el dibujo... Éste último no es algo que le salga muy bien, pero ¿qué importaba?
La última pregunta rondaba su cabeza después de recordar que, gracias al bajista de cabellos enchinados, había roto su propia promesa. ¿Qué importaba? De todos modos no le hacía daño a nadie. Hasta ahora.
Se iba a meter en un problema si lo buscaba o si se dejaba encontrar. Hacía un mes que no hablaban. En las redes sociales no tenían conexión alguna. Era como de esos romances misteriosos con los que sueñas todo el tiempo, los que siempre son ilusiones, los que se estropearían si se quedaran así, o quizá no. En los que te llena la incertidumbre.
Lo había visto mal tras el efecto del alcohol esa misma noche en la que se conocieron. Lo había visto caerse en el pequeño y pobre escenario en el que se presentaron su banda y él, incluso se había dejado llenar la boca por el aliento alcohólico del propio bajista. Cinco años mayor que ella y aún así él se había comportado aquella noche como de 15. ¿Qué era esto, otro error irreparable en su vida, o qué?
Un beso húmedo y ya. Sólo uno. Sin importar el estado mental en el que él estaba. Sin importar el olor del sudor en su cabeza o las personas alrededor, o el poco tiempo que había pasado para sentirse así, o nada más que el brillo de sus ojos caídos. "El muchacho de los ojos tristes", había cantado una chica en aquél escenario después de que el bajista hiciera su aparición.
Tantos apodos puedo ponerle, pensó para sí.
Después de cortas y no muy comprometedoras caricias que él le regaló en secreto, la dejó. Se fue de la fiesta y la dejó exasperada, con ocho dígitos escritos debajo de la rodilla derecha con plumón indeleble.
¿Qué estaba haciendo esa noche? Nada. Y no se arrepentía.
¿Qué no podría dejar de enamorarse alguna vez?
Y es que desde la última vez que ella se sintió así y por enésima vez la lastimaron, se juró solemnemente que se enfocaría en las artes de la escritura y el dibujo... Éste último no es algo que le salga muy bien, pero ¿qué importaba?
La última pregunta rondaba su cabeza después de recordar que, gracias al bajista de cabellos enchinados, había roto su propia promesa. ¿Qué importaba? De todos modos no le hacía daño a nadie. Hasta ahora.
Se iba a meter en un problema si lo buscaba o si se dejaba encontrar. Hacía un mes que no hablaban. En las redes sociales no tenían conexión alguna. Era como de esos romances misteriosos con los que sueñas todo el tiempo, los que siempre son ilusiones, los que se estropearían si se quedaran así, o quizá no. En los que te llena la incertidumbre.
Lo había visto mal tras el efecto del alcohol esa misma noche en la que se conocieron. Lo había visto caerse en el pequeño y pobre escenario en el que se presentaron su banda y él, incluso se había dejado llenar la boca por el aliento alcohólico del propio bajista. Cinco años mayor que ella y aún así él se había comportado aquella noche como de 15. ¿Qué era esto, otro error irreparable en su vida, o qué?
Un beso húmedo y ya. Sólo uno. Sin importar el estado mental en el que él estaba. Sin importar el olor del sudor en su cabeza o las personas alrededor, o el poco tiempo que había pasado para sentirse así, o nada más que el brillo de sus ojos caídos. "El muchacho de los ojos tristes", había cantado una chica en aquél escenario después de que el bajista hiciera su aparición.
Tantos apodos puedo ponerle, pensó para sí.
Después de cortas y no muy comprometedoras caricias que él le regaló en secreto, la dejó. Se fue de la fiesta y la dejó exasperada, con ocho dígitos escritos debajo de la rodilla derecha con plumón indeleble.
"Ámame hasta que vuelva a ser yo"
¿Qué estaba haciendo esa noche? Nada. Y no se arrepentía.
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