¿Qué no podría dejar de enamorarse alguna vez?
Y es que desde la última vez que ella se sintió así y por enésima vez la lastimaron, se juró solemnemente que se enfocaría en las artes de la escritura y el dibujo... Éste último no es algo que le salga muy bien, pero ¿qué importaba?
La última pregunta rondaba su cabeza después de recordar que, gracias al bajista de cabellos enchinados, había roto su propia promesa. ¿Qué importaba? De todos modos no le hacía daño a nadie. Hasta ahora.
Se iba a meter en un problema si lo buscaba o si se dejaba encontrar. Hacía un mes que no hablaban. En las redes sociales no tenían conexión alguna. Era como de esos romances misteriosos con los que sueñas todo el tiempo, los que siempre son ilusiones, los que se estropearían si se quedaran así, o quizá no. En los que te llena la incertidumbre.
Lo había visto mal tras el efecto del alcohol esa misma noche en la que se conocieron. Lo había visto caerse en el pequeño y pobre escenario en el que se presentaron su banda y él, incluso se había dejado llenar la boca por el aliento alcohólico del propio bajista. Cinco años mayor que ella y aún así él se había comportado aquella noche como de 15. ¿Qué era esto, otro error irreparable en su vida, o qué?
Un beso húmedo y ya. Sólo uno. Sin importar el estado mental en el que él estaba. Sin importar el olor del sudor en su cabeza o las personas alrededor, o el poco tiempo que había pasado para sentirse así, o nada más que el brillo de sus ojos caídos. "El muchacho de los ojos tristes", había cantado una chica en aquél escenario después de que el bajista hiciera su aparición.
Tantos apodos puedo ponerle, pensó para sí.
Después de cortas y no muy comprometedoras caricias que él le regaló en secreto, la dejó. Se fue de la fiesta y la dejó exasperada, con ocho dígitos escritos debajo de la rodilla derecha con plumón indeleble.
"Ámame hasta que vuelva a ser yo"
¿Qué estaba haciendo esa noche? Nada. Y no se arrepentía.
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