Cuando tenía diez años, mis amigos y yo, solíamos jugar basquetbol en el mismo parque que yo visitaba de niña. Cuando tenía diez años, habían construido una buena cancha de basquetbol con excelentes canastas enormes que se alzaban hacia las nubes. Diego, Esteban, Axel, Miguel, Kenya y yo, jugábamos horas ahí. Inventábamos nuevas maneras de dar buenos tiros a las canastas a pesar de nuestra altura escasa.
Cuando era niña, visitaba a la abuela Ofelia. Ahí, jugaba con las que llaman “muñecas rusas”, pero mi abuela les decía “matrushkas”, porque ese es su nombre verdadero. Sacaba la primera de la más grande, la siguiente de la primera, la siguiente de la segunda y así, hasta sacar desde dentro del corazón de todas las muñecas, a la más pequeñita de todas. En la casa de la abuela Ofelia también había juguetes que jamás fueron míos, pero que siempre me habían sido prestados. Había una clase de muñeca de trapo que jamás tuvo nombre y un juguete de cuerda que planeaba a unos diez centímetros del suelo por unos segundos. Había una silla de madera en la que podía sentarme sin que colgaran mis pies. En la casa de la abuela, cuando llegaban mis primos, salíamos a jugar. A lado de la casa, había un jardín muy pequeño que cuidaba una vecina. De ahí, arrancábamos flores y nos hacíamos coronas las niñas mientras que los niños planeaban una buena broma para molestarnos. Pero nunca nos peleábamos. Sólo jugábamos a que el que encontrara la piedra más grande del lugar, ganaba. Discutíamos si el ladrillo que uno de ellos sacaba de una de las paredes que estaban tirando cerca de ahí, podía ser considerado la piedra ganadora. Al final, terminábamos jugando a las escondidas. El último en ser encontrado era siempre Juanito porque era el más pequeño y el más listo. Una vez se escondió en la azotea y se quedó ahí todo el día. Pero jamás se desesperó. Yo siempre le creí que las gotas que recorrían sus mejillas eran porque le había llovido un poco ahí arriba.
Cuando era niña, mis papás aún escuchaban música de una grabadora que reproducía casetes, o cintas. Solían reproducir melodías de grupos de rock clásico en versión instrumental. Canciones melódicas y bien estructuradas a comparación de lo que se escucha hoy día. A veces ponían las grabaciones de lo que decía cuando yo era más pequeña. A pesar de mi escasa edad, me gustaba regresar a mi no tan lejano pasado y acordarme de lo que sentía cuando tenía dos años.
Cuando era niña, veía el canal 5, donde pasaban a las ocho de la noche El Chavo del 8. Veía el canal once, donde pasaban Biz Birije a las cuatro de la tarde. Cuando era niña, mis papás nos compraban películas en VHS y las reproducían en una videocasetera. Cuando era niña, mi tío Juan decía que en un futuro no muy lejano, dejaríamos de poner los CDs en la grabadora y que nos encontraríamos escuchando música de chips pequeños. Técnicamente, no se equivocó. Cuando era niña, los nuevos robots me daban miedo. Yo no quería jugar Solitario en la computadora, quería columpiarme en los asientos rojos voladores. Quería ir a la feria y vivir ahí. Cuando era niña, no tenía perro porque mi hermana era asmática pero no me importaba. Cuando era niña, mis amigas y yo pensábamos que las mujeres se embarazaban cada vez que un hombre las besaba en la boca. Cuando era niña, mis rodillas siempre estaban manchadas de tierra, al igual que mis vestidos azules. Mi papá solía rebotar la pelota sobre el suelo, y mi hermana y yo mirábamos hacia el cielo para ver que tan lejos llegaba. Pero siempre quise ser grande de niña y me prometí que a los dieciocho...
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